sábado, 22 de diciembre de 2007

12. Ante un fotógrafo



     Mi modesta fotogenia es probablemente otro de los complejos que más me aquejan, porque como buen narcisista, siempre anhelo salir con la pose perfecta. Algunos me han sugerido malintencionadamente que de donde no hay no se puede sacar, pero en este apartado soy especialmente cabezota e intento en todo momento figurar lo más favorecido posible para la posteridad o para lo que sea. No obstante, mis esfuerzos hasta la fecha han sido en vano y ni siquiera la fotografía digital ha solucionado mi problema: si me tiran 20 fotos salgo mal en 21.
     Cierto día, un fotógrafo de mi barrio me sugirió que la clave estaba en la naturalidad del gesto y esa indicación me hizo realmente plantearme si mi existencia no sería artificial, pues era incapaz de reunir en las facciones de mi rostro esa proclamada naturalidad a la que mi amigo el fotógrafo se refería.
     Concretamente mis estrategias de pose ante una cámara se reducían básicamente a dos: la opción seria y la opción sonriente. La opción seria era más adecuada para fotos de documentos oficiales y consistía en pretender poner los rasgos faciales sueltos, pero sin esbozar sonrisa alguna, hierático, pero creíble. El problema es que me costaba Dios y ayuda alcanzar este aspecto y las fórmulas para lograrlo eran preocupantemente extrañas. El modus operandi fundamental consistía en cerrar la boca, apretar los dientes por dentro, y pensar en algo lúgubre (también vale recrear mentalmente a la mujer u hombre de tus sueños defecando). Consecuentemente, el producto final de mi pose seria no era habitualmente el esperado, resultando en la mayoría de las ocasiones dos posturas muy características en todo documento oficial que porto: o cara de estreñido que se está muriendo del dolor abdominal, o bien rostro de cantaor flamenco emocionado contrayendo en exceso los pómulos por la “jondura” de la bulería que entona. En el mejor de los casos, simplemente parecía el terrorista más buscado sobre la faz de la tierra.
     Por otra parte, la opción simpática pasaba por esbozar esa quimérica “sonrisa natural” de la que todos hablan, girando unos grados el cuello a fin de parecer más distinguido y con las mejillas ligeramente elevadas como diciéndote mentalmente “si es que no me beso porque no me llego”. Indican los expertos en la materia que la clave radica en parecer sorprendido por el teleobjetivo, sin esperarte la instantánea, con la mirada perdida a lo James Dean (que por cierto de mirada perdida nada, lo que pasa es que era tremendamente miope y veía menos que un pichón por el culo, que decía Pedro Pipas, de tal forma que hacía ademán de apretar los ojos para intentar vislumbrar qué estaba ocurriendo al otro lado de sus dioptrías).
     En busca de la sonrisa perdida era por tanto mi meta final ante el objetivo de una cámara y nuevamente diseñé una calculada estrategia para su feliz consecución. En este caso, la idea era levantar sutilmente los huesos malares abriendo un poquito la boca para que asomaran mis graciosos piños-separados-carne-de-ortodoncia. Los resultados nuevamente no respondían a las expectativas y parecía verdaderamente como que alguien me hubiese atado un par de sogas en cada una de mis mejillas y tirase con insistencia para provocarme la sonrisa. ¡Y qué decirles del cuello, si al final parecía más el de un muñeco de nieve que el de un ser humano, escondiéndose como un resorte ante la presencia del fotógrafo cual tortuga en su caparazón!
     Pero lo peor de todo era cuando alguien sacaba a la luz tu discreta fotogenia, percibiendo la falsedad de tus gestos y tu difusa belleza. Concretamente ante el visionado de la foto de mi orla de licenciatura, por ejemplo, mi amiga Patricia me preguntó inocentemente que si no me habían dado a elegir entre varias. ¡Toma puñalada! Ciertamente sí lo hicieron, concretamente entre cinco. ¡Imaginen mi careto en las otras cuatro!

Almasy©



Fito y Fitipaldis: "Feo"


viernes, 14 de diciembre de 2007

11. El mi pueblín




Supongo que no somos ni más ni menos santos que en otros pueblos. Huelga decir que no tenemos mar y entiendo que los habrá monárquicos y republicanos. El caso es que nos hacemos llamar naturales de Santa Marina del Rey, provincia de León. ¿Quieren descubrirla a través de los sentidos? Pasen y vean:

LA VISTA

Embocando una vasta lengua de asfalto uno se llega a Santa Marina del Rey. La línea de salida, o de meta, según avance el caminante, viene marcada por una frontera natural: el río Órbigo, antaño cosido de esas truchas burlonas que ríen la torpeza de todos los pescadores que se jactan de la grandeza de sus capturas.
Inmediatamente numerosos chopos señoriales, cual lanzas velazqueñas, vigilan el cauce del río al tiempo que abren paso a la civilización.

EL OLFATO

Santa Marina olía a “moñica” de vaca; pero ya no huele. Pudiera parecer repugnante, pero al menos olía a algo y sobre todo sabías que llegabas allí. Ahora las cosas ni saben, ni huelen, ni suenan a prácticamente nada en casi ninguna parte.
En invierno huele también a matanza, a chichas, a humero, a orujo celebrando la grandeza que supone el comer. Y en verano se confunden con el aire los efluvios de los ajos dispuestos mañosamente en ristras para conmemorar una feria que todos los 18 de julio reúne a propios y extraños.

EL OÍDO

En el pueblo suena sobre todo la seca algarabía de sus gentes cotillas, esas a las que apenas se conoce si no es por el mote. Solo se libran curas, maestros y médicos, que siguen ostentando el título de Don. No importa quién esté, pues la distinción se hereda.
Repiquetean a su vez diariamente las campanas de la iglesia, que lo mismo conmemoran actos religiosos que despiertan a esos perezosos a los que todavía se les pegaron las sábanas.
No era tampoco extraño que te recibiera Pedro Pipas, nuestro Groucho particular, al son de sus rancheras cantadas desde una carreta que destilaba ebriedad vinatera y felicidad sincera.

EL TACTO

En Santa Marina las cosas se arreglan a voces o a hostias, como Dios manda, y después de la tempestad, las Polas lo mismo te colocaban una muñeca que te aparataban un tobillo. Desde que faltan ellas nos toca ir al ambulatorio, como a todos.
No nos besamos ni nos abrazamos mucho entre nosotros, somos paisanos del Norte, pero cuando lo hacemos créanme que son besos y abrazos de verdad.

EL GUSTO

El pueblo sabe a embutido y a vino barato con gaseosa. Los vasos de leche con galletas antes de dormir encuentran sustituto en un “cacho pan” con chorizo. Sabe también a agua del caño, a hogaza, a guisos en tartera “perigüela”, a sopas de ajo, a patatas viudas y a garbanzos. ¡Qué quieren que les diga!, hace frío y no entendemos de dieta mediterránea.

En Santa Marina no nos duele nada, nos “manca”; “marchamos” en lugar de irnos; las cosas no las hacemos ahora, sino “luego” y no concebimos solucionarlas despacio, sino “a modín”. Jamás se nos ocurriría coger un autobús teniendo el “coche de línea” y siempre nos escucharán presumir de que en “pendón, truchas y pan de harina, no hay como Santa Marina”.

Almasy©



Joan Manuel Serrat: "Mediterráneo"


domingo, 9 de diciembre de 2007

10. Mundo Viejuno



Amig@s me siento viejo. En fin, no seamos deterministas, me siento mayor. Y numerosos acontecimientos así lo atestiguan. ¿Me permitís que os vomite algunos encima? Esto es lo bueno que tiene internet y las distancias, que aunque me estéis diciendo que no me lo permitís, yo ni sé ni entiendo y procedo al relato que aquí me ocupa. Lo dicho, ya no soy el que era: ese joven vivaracho y a la última que se apuntaba a un bombardeo. Para muestra una ristra de botones:

     1. Encontrábame yo en la casquería de mi mercado favorito la semana pasada dispuesto a hacer acopio de vísceras varias, cuando de repente veo aproximarse hacia mí una chica espectacular. Unos 20 años, mulata, bien vestida hasta decir basta, con clase, glamourosa. Vamos, una diosa de ébano. Era evidente que venía a decirme algo. ¡Necesitaba de mí fijo! Yo me recoloco, me hago el interesante y superviso mentalmente mi zurrón de frases seductoras esperando el gran momento del encuentro. La muchacha articula entonces sus carnosos labios y me espeta:

-Señor, ¿es usted el último?

La vi hasta fea entonces oye. ¿Señor yo? ¿Almasy? Me sonó a caballero, a paraguas de cacha, a gabardina color caqui, a guantes de piel, a viejuno, que decimos los fans chanantes.

     2. Otra certeza del paso del tiempo es que ya hago gracias que solo entienden los mayores de 30 años. Por ejemplo, ante la evidencia de algo es bastante común recurrir a la famosa sentencia de “Blanco y en botella, leche”. Lo cierto es que haciendo gala de mi inagotable originalidad, feo está que yo me piropeé tanto, reconvertí hace tiempo esa frase por un “Blanco y en botella, Calcio 20”. ¿Veis cómo no miento? Ante la lectura de esta mi ocurrencia habrán acontecido dos posibles reacciones:

-Los mayores de 30 seguro que han esbozado una ligera sonrisa y se han confirmado mentalmente algo así como: “Calcio 20, no tomé yo ni nada de pequeño. Jartito me tenía mi madre a cucharadas soperas”.

-Los menores de 30, salvo estudiosos de la Transición y sus hábitos alimentario-vitamínicos, simplemente habrán puesto cara de póquer y necesitarán de un padre, un abuelo o de la World Wide Web si quieren coger el chiste. “Ni puta gracia”, habrán sugerido incluso los más críticos.

Por este y otros motivos que no vienen al caso me veo en la obligación de actualizar la chanza, la mojiganga, la chusca, la chilindrina, la befa (tremenda herramienta la opción sinónimos del Word ¿verdad?). Debo idear gracias atemporales que puedan pasar a la posteridad conservando un tono jocoso que active la sonrisa de todas las edades. ¿Qué tal un “Blanco y en botella, esperma”?

     3. Finalmente me referiré a una última muestra palmaria del devenir de los años: empiezo a contar batallitas de esas en las que siempre fanfarroneas multiplicando el pasado por dos o por tres respecto a la realidad actual:

-¿Frío esto? Vosotros no sabéis lo que es el frío hombre. ¡A menos 20 grados he estado yo con chaquetilla vaquera!

-¿Que llueve mucho? Hasta las rodillas me llegaba a mí el agua algunos días de escuela y salíamos al recreo.

-¿Cansado? 3 partidos me jugaba yo a tu edad.

-¿Mareado con 4 cañas? Hasta 20 me he tomado yo y sin dar positivo en un control de alcoholemia.

¿Veis como sí es preocupante amig@s? Necesito de vuestro consuelo, de vuestra comprensión, de vuestro aliento. Necesito que me recordéis que estoy a tope, como el primer día, que no he pasado todavía la ITV; pero sobre todo necesito que nadie vuelva a llamarme señor nunca más. ¿Acaso es mucho pedir?

Almasy©




PIERO: "Mi viejo"



viernes, 30 de noviembre de 2007

9. Todo sobre su madre



     Corría un viernes cualquiera, de un mes que no viene al caso, de un año que recordar no hubiese querido. Diego se acababa de despertar de la siesta vespertina, todavía absorto en sus sueños adolescentes. Reaccionó con un buen chorro de agua fría y se dispuso a realizar los preparativos correspondientes para salir de fiesta con la cuadrilla. Se atavió con sus mejores galas y atusó su pelo con un enorme puñado de gomina barata. Todo estaba casi listo para marcharse cuando sonó el teléfono. Maldita la hora. Rápidamente reconoció la voz de su tía Carmen, no hicieron falta presentaciones inútiles:

-Oye mira, que he ido a hacerle una visita a tu madre y me la he encontrado muerta. Avisa a tu padre cuando vuelva del trabajo – le espetó sin más la que era hermana de la ya cadáver y tía de Diego.

     Colgó el teléfono con suavidad y no reaccionó a la noticia con prontitud. Al cabo de 5 minutos se obligó a evocar la figura de su madre. La verdad, pensó, que no le tenía demasiada simpatía. Para ser sinceros confirmó que sus sentimientos hacia ella siempre estuvieron cercanos a la indiferencia, algo más terrible que el odio, según dicen las malas lenguas. Recordó sus excesos alcohólicos, el abandono permanente al que le había sometido, las mentiras, las continuas infidelidades a su padre, los golpes que con asiduidad le propinaba tras sus excursiones nocturnas; no obstante, ni siquiera por todas esas traiciones maternas sentía una especial antipatía hacia su figura.
     Sus encuentros tras la retirada de la tutela habían sido siempre fugaces, unos días en verano y algunos fines de semana en el centro de desintoxicación en el que había estado ingresada. Además, todos ellos forzados por su padre, quien se empeñaba en recordarle el tan manido “hijo, sea como fuere, es tu madre y no puedes obviar ese detalle”. Sin embargo, para Diego esas visitas no hacían sino confirmar que su progenitora era simplemente un lastre consanguíneo.
     Mientras dilucidaba mentalmente la mejor forma de dar la buena nueva a su padre repasó un pequeño álbum de fotos en el que apenas conservaba media docena de fotos de ella. Desenterró los momentos más importantes de su vida y confirmó que esa que se decía su madre había faltado en todos ellos. Vino por ejemplo a su memoria el día de su primera comunión. Por supuesto ella no acudió, pero cuando se reencontraron y se lo hizo saber le dio la despreciable cantidad de 50 pesetas como propina. “A diez miserables duros el sacramento”, pensó Diego, y eso a una edad en la que evalúas a tus parientes por las gratificaciones que te dan lo consideró imperdonable. “Buena mierda me das”, llegó a decirle sin rubor al tiempo que confirmando que un niño de nueve años, amén de inocente, ingenuo, indefenso, imberbe y todo lo que ustedes quieran es, ante todo, un pedacito de capitalismo viviente e insultantemente atrevido.
     Después de rememorar brevemente su infeliz trato con ella se puso en la tesitura de si salir de fiesta o guardar el luto que no sentía e intentar sumirse en un llanto que sabía que no iba a fluir por mucho que lo intentara. Estaba exactamente igual que antes de que sonara el teléfono, solo tenía un fragmento de información más que no acababa de procesar; pero sus esquemas anímicos seguían intactos. Decidió finalmente que no se iba a estropear el viernes ni tan siquiera porque su madre se hubiera ido para siempre. Se hizo con lápiz y papel y dejó constancia de la noticia a su padre con una nota. Fue escueto, directo y frío, como el frigorífico en el que la colocó: “Ha llamado tía Carmen para decir que ha encontrado muerta a tu exmujer”. Cogió algo de dinero y se fue sin remordimiento alguno a disfrutar del comienzo de su ansiado fin de semana.
     La verdad es que no fue una noche memorable, una más en la que practicó los dos deportes favoritos del adolescente tipo: malemborracharse e intentar flirtear sin éxito. Durante el tiempo que pasó en los bares no pensó demasiado en lo ocurrido, simplemente se le dispararon algunos flashes que le recordaban que no volvería a verla. Lo peor llegó cuando regresó a casa y empezó a sentirse como una especie de cabrón insensible que no solo no se apenaba por el fallecimiento de su madre, sino que parecía haber estado celebrándolo saliendo de copas.
     Tenía la cabeza un poco aturdida por el alcohol, pero no quería irse a la cama todavía, así que se sentó en el sofá y puso un rato la televisión para acabar de atontarse del todo. Meditó entonces nuevamente sobre su relación con ella. Mejor dicho, sobre su no relación. Lo cierto es que notó cómo le recorría el cuerpo y el alma una especie de envidia asquerosamente intensa hacia todos los parientes o amigos que conocía y que sabía que se llevaban bien con sus madres. Sus pensamientos volvieron a remontarse hasta los albores de su existencia y continuó sin aflorar en su mente imagen alguna en la que compartieran algo juntos. Supo entonces que conocía mejor a Pepa, la mujer a la que le compraba el pan los días lectivos, que a su propia madre. Ciertamente tampoco él había hecho mucho por conocerla, ni siquiera aquella temporada en que parecía rehabilitada; pero seguramente ella debió haber dado el primer paso. Su conciencia estaba tranquila en ese sentido. “Tengo 16 años joder, no soy yo el adulto”. Se consoló.
     Poco antes de acostarse derramó un par de lágrimas. Era un llanto de dolor. Dolor porque no había sentido dolor. Y lo que era aún peor, seguía sin sentirlo. “Descanse en paz madre”. Fue su última consigna antes de caer derrotado por el sueño y la embriaguez.



JOAQUÍN SABINA: "Princesa"


viernes, 23 de noviembre de 2007

8. De compras con “Mon Amour”

     

     Como todo retoño engendrado en una sociedad de signo marcadamente consumista, el ir de compras era una actividad común en mi existencia y en la que frecuentemente había sido asesorado por dos mujeres. Primeramente por mi madre y en segundo término por “Mon Amour”, mi compañera de fatigas. Bien es cierto que en algunas ocasiones me había emancipado de ambas dos y acudido en solitario a las tiendas; pero esto era demasiado aburrido. A mí me iba la marcha y por este motivo me gustaba ir acompañado fundamentalmente por “Mon Amour”, que convertía todo acontecimiento aparentemente cotidiano en una experiencia única.
     Salíamos así dispuestos a adquirir unas prendillas con las que complementar mi ya de por sí imponente figura. Yo simplemente quería una camisa, jersey y pantalón. Vamos, una muda. Y quería que fuese rápido, sin dolor, entrar, comprar y salir. Veni, vidi, vici, como Julio César. No obstante, el acto de compra-venta solía discurrir por senderos más tortuosos y nada más avistar la tienda sonaban ya tambores de guerra. La primera batalla la librábamos en los escaparates, que “Mon Amour” contemplaba como si se trataran de obras de arte expuestas para los transeúntes. “El Corte Inglés” se convertía así por momentos en el Louvre, “Zara” en el Prado... Yo por mi parte, tan solo veía cristal con ropa detrás, pero “Mon Amour” diferenciaba a bote pronto dos términos curiosos: “Es ropa de temporada” o “Son segundas rebajas”. Este comienzo empezaba ya a desestructurar mi mente. “¿Ropa de temporada?” Me preguntaba. “Eso debe ser como pedir fruta del tiempo, ¿no?” Me respondía a mí mismo. “¿Segundas rebajas?” Me cuestionaba. “Vamos, que la primera vez no se lo llevó ni Dios y ahora insisten en una segunda vuelta para ver si se lo colocan a algún inepto como yo”. Concluía.
     Después de que “Mon Amour” analizara sistemáticamente cada prenda expuesta, cruzábamos el umbral de la tienda, aproximadamente 1 hora después de habernos parado delante de su puerta, y con los primeros signos de incipiente barba creciendo ya en mis mejillas tras la larga espera. En ese preciso momento de la entrada a mí me invadían dos impulsos antagónicos: o bien huir o bien liberar mis impulsos consumistas cual niño glotón que quiere empacharse de trapos. Cogía entonces a dos manos pantalones, camisas, jerseys, chalecos, cazadoras y me lanzaba como un poseso hacia el probador. “Mon Amour” me seguía y comenzaba a analizar aquello que yo portaba. “¡Uy, qué bonito es este jersey malva!” Señalaba. “¿Malva? ¿Eso qué e´ lo que e´? Morao, ¿no?” Preguntaba yo en jiennense. “No, malva”. Insistía ella provocando que yo me retorciera ante los escalofríos que me provocaba pensar en muertos y en cría de malvas. “Anda, y al final te decantaste por el pantalón verde pistacho”. Indicaba a continuación. “¿Verde pistacho? Eso no existe, cari”. Le intentaba corregir yo. “¡Cómo que no! ¡Anda hijo, que eres daltónico!” Solía contestarme. “En fin, si tú lo dices. A ver, pásame la camisa amarrillo kiko y ese otro pantalón gris pipa”. Requería yo siguiendo su moda lingüística del fruto seco. “¡Pero qué dices! ¡No tienes ni idea de colores!” Se enfadaba. “¡Cómo que no! ¡Está claro que hay únicamente once colores: rojo, verde, amarillo, azul, naranja, morao, rosa, marrón, blanco, negro y gris. Y todo lo demás es oscuro o claro, pálido o fosforito, mi amor!” Pretendía aclarar yo. “¡Pues no, paleto! A ver, ¿de qué color es esta camisa?”, continuaba el interrogatorio y se sucedían otras muchas preguntas y respuestas del estilo:

- Marrón claro
- No, es camel
- ¿Y este chaleco?
- Rojo puta
- No, es magenta
- ¿Y aquella corbata?
- Amarilla pálida
- ¡No, no y no! ¡Es mostaza!


     Tras las aclaraciones de color llegaban las de tejidos. Yo creo que únicamente distinguía hasta que nos conocimos, la lana, la pana y el vaquero. Sin embargo, “Mon Amour” me hablaba del poliéster, del lino, del algodón mezclado con poliamida, del canalé, de la limpieza en seco, de los lavados a 20 grados, y yo, atónito, me preguntaba si habíamos ido de compras o a construir una fábrica textil con energía nuclear. Todo aquello me sonaba a la cría del berberecho salvaje en Wisconsin. Yo pensaba que había ido por un par de simples trapitos y descubría ante mis pupilas un universo de colores y materiales.
     Nos centrábamos finalmente en el probado mismo de las prendas. “¿Qué tal estos pantalones, cielo?” Le preguntaba con asiduidad. “Te quedan justos de tiro”. Me soltaba tan pancha. Yo, perplejo, analizaba fríamente la respuesta para acabar concluyendo “¡Ah, sí, que me marcan mucho el paquete!, tráeme una talla más porfi”.
     La decisión final sobre el atuendo que adquirir no era sencilla, ya que yo era más bien tirando a fashion (hortera según “Mon Amour”) y ella más bien pijita (conjuntada según “Mon Amour”), así que teníamos discusiones cuando ella pretendía que me llevara el típico uniforme de chico Empresariales con casa en la sierra, dientes perfectos (complicado en mi caso), caballo para montar los fines de semana de nombre Doroteo y que siempre huelen asquerosamente bien. Tras una serie de tiras y aflojas, salía por fin orgulloso con un par de nuevas adquisiciones de vestuario y, de camino a la caja para pagar, “Mon Amour” me descubría otras muchas prendas de vestir. Me enteraba así de que las chaquetas de vestir también se llamaban “bleisers” o “americanas” independientemente de si estaban hechas en Estados Unidos o en Logroño; que había abrigos de “paño”; camisetas para llevar tope prietas que se denominaban “entalladas”; jerseys de “cuello caja”; chupas de aparente cuero molón que no eran sino cazadoras de “ante” y, por encima de todo, que los calzones cortos o gallumbos eran “slips” y los largos “boxers”.
     Ante este cúmulo de datos que adquiría, cuando llegaba la hora del pago no era extraño que el dependiente de turno, en lugar de devolverme el ticket de compra, me hiciera solemne entrega de un diploma acreditativo de mi participación en el “Máster en Corte y Confección” que la dulce “Mon Amour” acababa de impartirme.

Almasy©




RADIO FUTURA: "Enamorado de la moda juvenil"


viernes, 16 de noviembre de 2007

7. "Decálogo de desmentidos razonables"

1. Las apariencias engañan; pero no mucho.
2. Todos somos iguales ante la ley; si bien la ley no es igual ante todos.
3. Hablando se entiende la gente; siempre que se hable el mismo idioma.
4. El racismo y la xenofobia se superan leyendo y viajando; dependiendo en cualquier caso de lo que leas y a donde viajes.
5. Es una niña bien maja; eso es que es fea.
6. Todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario; aunque mi abuelo siempre que te veía torcerte, primero te daba una chuleta y luego preguntaba por si acaso.
7. La vida son cuatro días; y teniendo en cuenta que dos tercios te los pasas durmiendo ¡menuda mierda de vida!
8. La belleza está en el interior; de hecho ¡tienes un hígado y unos riñones preciosos!
9. El tamaño no importa; excepto cuando importa.
10. El dinero no da la felicidad; no obstante, me arriesgaré a ser rico.

Almasy© (Dedicado a Groucho Marx y a Ramón Gómez de la Serna)


-Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente. Groucho Marx


-Era tan moral que perseguía las conjunciones copulativas. Ramón Gómez de la Serna




MANO NEGRA: "Mala vida"


domingo, 11 de noviembre de 2007

6. "Matrix"

34.568.914-X se despertó ante el insistente estruendo de su despertador. Lo maldijo como cada día y se levantó. Tras la meadita de rigor, encaminó sus pasos hacia la cocina, donde degustó un bollo con fecha de caducidad desconocida y malbebió un café recalentado de varias semanas. Raudo, se enfundó en el traje de la empresa y ajustó el nudo de su corbata. Al jefe le gustaba que estuviera bien apretado. Se dirigió al garaje y salió a la M-90. Los mismos ruidos de todas las mañanas, los mismos atascos en los mismos sitios, los mismos semáforos en verde y en rojo. Al cabo de 1 hora y 53 minutos alcanzó su puesto de trabajo. “Estupendo”, se dijo, “aún me sobran 7 minutos para tomar un café decente y un donut en el bar de la esquina”. Pasados esos 420 segundos entró finalmente en la oficina, donde el movimiento era ya abrumador. Observó los rostros de sus compañeros, muchos de ellos delante de una pantalla de ordenador que parecía tenerlos hipnotizados. Cuadraban balances, elaboraban presupuestos, calculaban riesgos, evaluaban pérdidas. En fin, trabajos serios y necesarios para la sociedad. Él mismo se enfrascó en su quehacer diario, que consistía en revisar lo que otros habían hecho. La empresa básicamente se dividía en dos grandes grupos: productores y revisores de los productores. En alguna ocasión se había preguntado quién coño revisaba a los revisores, pero pronto se le pasaba esa detestable tendencia a pensar que le sobrevenía de vez en cuando. Estaba así escrito y así era como debía ser. “No tiene sentido protestarle al árbitro cuando ya te ha expulsado”, se decía para autoconvencerse. Al cabo de 9 horas, con una para comer, 914-X, que era como le llamaban sus allegados, apagó la luz de su habitáculo y salió a la calle. Aflojó el nudo de su corbata, había permanecido ajustado exactamente 660 minutos. “¿Acaso esto es vida?”, pensó por un instante; pero inmediatamente corrigió su atrevimiento y volvió a repetirse: “está así escrito y así es como debe ser”.


Almasy©








RADIOHEAD: "Street Spirit (fade out)"