viernes, 23 de noviembre de 2007

8. De compras con “Mon Amour”

     

     Como todo retoño engendrado en una sociedad de signo marcadamente consumista, el ir de compras era una actividad común en mi existencia y en la que frecuentemente había sido asesorado por dos mujeres. Primeramente por mi madre y en segundo término por “Mon Amour”, mi compañera de fatigas. Bien es cierto que en algunas ocasiones me había emancipado de ambas dos y acudido en solitario a las tiendas; pero esto era demasiado aburrido. A mí me iba la marcha y por este motivo me gustaba ir acompañado fundamentalmente por “Mon Amour”, que convertía todo acontecimiento aparentemente cotidiano en una experiencia única.
     Salíamos así dispuestos a adquirir unas prendillas con las que complementar mi ya de por sí imponente figura. Yo simplemente quería una camisa, jersey y pantalón. Vamos, una muda. Y quería que fuese rápido, sin dolor, entrar, comprar y salir. Veni, vidi, vici, como Julio César. No obstante, el acto de compra-venta solía discurrir por senderos más tortuosos y nada más avistar la tienda sonaban ya tambores de guerra. La primera batalla la librábamos en los escaparates, que “Mon Amour” contemplaba como si se trataran de obras de arte expuestas para los transeúntes. “El Corte Inglés” se convertía así por momentos en el Louvre, “Zara” en el Prado... Yo por mi parte, tan solo veía cristal con ropa detrás, pero “Mon Amour” diferenciaba a bote pronto dos términos curiosos: “Es ropa de temporada” o “Son segundas rebajas”. Este comienzo empezaba ya a desestructurar mi mente. “¿Ropa de temporada?” Me preguntaba. “Eso debe ser como pedir fruta del tiempo, ¿no?” Me respondía a mí mismo. “¿Segundas rebajas?” Me cuestionaba. “Vamos, que la primera vez no se lo llevó ni Dios y ahora insisten en una segunda vuelta para ver si se lo colocan a algún inepto como yo”. Concluía.
     Después de que “Mon Amour” analizara sistemáticamente cada prenda expuesta, cruzábamos el umbral de la tienda, aproximadamente 1 hora después de habernos parado delante de su puerta, y con los primeros signos de incipiente barba creciendo ya en mis mejillas tras la larga espera. En ese preciso momento de la entrada a mí me invadían dos impulsos antagónicos: o bien huir o bien liberar mis impulsos consumistas cual niño glotón que quiere empacharse de trapos. Cogía entonces a dos manos pantalones, camisas, jerseys, chalecos, cazadoras y me lanzaba como un poseso hacia el probador. “Mon Amour” me seguía y comenzaba a analizar aquello que yo portaba. “¡Uy, qué bonito es este jersey malva!” Señalaba. “¿Malva? ¿Eso qué e´ lo que e´? Morao, ¿no?” Preguntaba yo en jiennense. “No, malva”. Insistía ella provocando que yo me retorciera ante los escalofríos que me provocaba pensar en muertos y en cría de malvas. “Anda, y al final te decantaste por el pantalón verde pistacho”. Indicaba a continuación. “¿Verde pistacho? Eso no existe, cari”. Le intentaba corregir yo. “¡Cómo que no! ¡Anda hijo, que eres daltónico!” Solía contestarme. “En fin, si tú lo dices. A ver, pásame la camisa amarrillo kiko y ese otro pantalón gris pipa”. Requería yo siguiendo su moda lingüística del fruto seco. “¡Pero qué dices! ¡No tienes ni idea de colores!” Se enfadaba. “¡Cómo que no! ¡Está claro que hay únicamente once colores: rojo, verde, amarillo, azul, naranja, morao, rosa, marrón, blanco, negro y gris. Y todo lo demás es oscuro o claro, pálido o fosforito, mi amor!” Pretendía aclarar yo. “¡Pues no, paleto! A ver, ¿de qué color es esta camisa?”, continuaba el interrogatorio y se sucedían otras muchas preguntas y respuestas del estilo:

- Marrón claro
- No, es camel
- ¿Y este chaleco?
- Rojo puta
- No, es magenta
- ¿Y aquella corbata?
- Amarilla pálida
- ¡No, no y no! ¡Es mostaza!


     Tras las aclaraciones de color llegaban las de tejidos. Yo creo que únicamente distinguía hasta que nos conocimos, la lana, la pana y el vaquero. Sin embargo, “Mon Amour” me hablaba del poliéster, del lino, del algodón mezclado con poliamida, del canalé, de la limpieza en seco, de los lavados a 20 grados, y yo, atónito, me preguntaba si habíamos ido de compras o a construir una fábrica textil con energía nuclear. Todo aquello me sonaba a la cría del berberecho salvaje en Wisconsin. Yo pensaba que había ido por un par de simples trapitos y descubría ante mis pupilas un universo de colores y materiales.
     Nos centrábamos finalmente en el probado mismo de las prendas. “¿Qué tal estos pantalones, cielo?” Le preguntaba con asiduidad. “Te quedan justos de tiro”. Me soltaba tan pancha. Yo, perplejo, analizaba fríamente la respuesta para acabar concluyendo “¡Ah, sí, que me marcan mucho el paquete!, tráeme una talla más porfi”.
     La decisión final sobre el atuendo que adquirir no era sencilla, ya que yo era más bien tirando a fashion (hortera según “Mon Amour”) y ella más bien pijita (conjuntada según “Mon Amour”), así que teníamos discusiones cuando ella pretendía que me llevara el típico uniforme de chico Empresariales con casa en la sierra, dientes perfectos (complicado en mi caso), caballo para montar los fines de semana de nombre Doroteo y que siempre huelen asquerosamente bien. Tras una serie de tiras y aflojas, salía por fin orgulloso con un par de nuevas adquisiciones de vestuario y, de camino a la caja para pagar, “Mon Amour” me descubría otras muchas prendas de vestir. Me enteraba así de que las chaquetas de vestir también se llamaban “bleisers” o “americanas” independientemente de si estaban hechas en Estados Unidos o en Logroño; que había abrigos de “paño”; camisetas para llevar tope prietas que se denominaban “entalladas”; jerseys de “cuello caja”; chupas de aparente cuero molón que no eran sino cazadoras de “ante” y, por encima de todo, que los calzones cortos o gallumbos eran “slips” y los largos “boxers”.
     Ante este cúmulo de datos que adquiría, cuando llegaba la hora del pago no era extraño que el dependiente de turno, en lugar de devolverme el ticket de compra, me hiciera solemne entrega de un diploma acreditativo de mi participación en el “Máster en Corte y Confección” que la dulce “Mon Amour” acababa de impartirme.

Almasy©




RADIO FUTURA: "Enamorado de la moda juvenil"


11 comentarios:

María dijo...

Exacto! jejeje! Según leía, ya pensaba yo en el master y al final, lo has aclarado. Y, para la próxima, ya puedes aplicar los conocimientos adquiridos. Buen fin de semana para arreglar tu difícil semana.

Espero que ya estés mejor.

Oscar, te saluda.

Anónimo dijo...

Reflejas fielmente el mundo materialista y consumista dentro de unos parámetros rigurosamente objetivos.Esos matices que nacen desde la esencia más profunda del alma y que exteriorizamos razonablemente.
Una pequeña observación a la frase latina: Es "Veni,Vidi, Vici.
Son infinitivos y por lo tanto se traduce en " llegar,Ver, Vencer"

Almasy dijo...

Gracias por el apunte latino, mi querido/a anónimo/a, que como verás he corregido raudo y veloz nada más indicármelo.Son las fatales consecuencias de solo haber cursado latín en 2º de BUP. No obstante, me consuela saber que "Mala grammaticam non vitiat chartam".¿Verdad?

Javier dijo...

Tias y ropa... Mezcla explosiva, pero esta demostrado que uno come mas colines sabiendo de estas movidas mas que ellas, al menos me ha servido para tirarme el royo mil cuando perdi mis 40 kilos de lastre adicional y ligaba con las dependientas y la de los probadores con un "como me queda por detras"

El saber no ocupa lugar, y siempre que se quiera saber de ropa, la mejor eleccion de maestra particular es una mujer

Kloud dijo...

Pues yo no aguanto ir de compras Jaime :( Si tengo que comprar ropa, miro, compro lo que me gusta, y me voy, no voy mirando miles y miles de prendas en miles y miles de tiendas!!!! Me vuelvo loco :( Y lo peor es que alguna vez lo tengo que aguantar -.-

Gea dijo...

Jaime:¡genial, sencillamente genial!, esto se llama soltar lastre,analizar desde la ironía el tedio sobre el consumo obligatorio y ,sobre todo, un ejercicio de salud mental.¡Genial!

¡Ah!,sugiero que el enmascarado se descubra, sólo sugiero,porque evadirse, agazaparse, ocultarse..., es lícito pero, no es valiente.

Gea dijo...

Para el anónimo.
Efectivamente ,la frase latina es " "Veni, Vidi,Vici", de lo que no estoy tan segura es que sean infinitivos,siempre creí que la traducción era "Llegué, vi, vencí", por lo tanto pretérito perfecto simple, cuando Franco era corneta se le llamaba pretérito indefinido.

Clara dijo...

Bueeeeno. ¡Qué nivel!. Cualquiera se atreve a decir que a mí sí me gusta comprar ropa. He dudado un montón sobre si debía/podía ponerlo aquí, teniendo en cuenta que mi nivel de latín (que lo tuve) no da para estar a la altura de quienes escriben estos comentarios. Pero como también he visto que por ahí se escapa alguna tilde castellana, me he animado a comentar.Como veis, en plan vulgaris (que seguro tampoco se escribe así, ¿no?)

Rals dijo...

Si es que...todo lo malo se pega.

Sofi dijo...

¡¡Enamorado de la moda juvenil!! yeah que pegadiza jajaja, grande Jaime si señor...la terminología al estilo fruto seco está muy bien XD...y lo de "Veni, Vidi,Vici" yo siempre lo he oido: llegué, vi y vencí... y aunque no tengo ni idea de latín estoy de acuerdo con gea...no sería en infinitivo: venire,videre y vincere?.Pero que anónimo a lo mejor tiene razón , no te sientas ofendido/a tampoco.Un saludo!! y espero que sigáis la moda juvenil...y aprendáis nuevos términos,porque...¿hay alguna manera de evitarlo? JAJA.

Pablo dijo...

Estas compras, jaja. Creo que soy de los pocos hombres que les gusta ir de tiendas.

Un saludo!

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