viernes, 7 de octubre de 2011

171. A mis 34 años

(Circunstancias: algo falla cuando hace un par de semanas mi retoño de dos años y medio llega a casa entonando esta canción: “Ser amigos, ser amigos, es mejor, que pelearse sin razón. Si algún día, si algún día, vas a pelear, vas a pelear, manos al bolsillo que hay que hablar, nunca pelear”–prueba evidente de que los profesores educan en valores– y a mí, cerca de los treinta y cuatro años y medio, me sobrevienen mensajes mucho más oscuros).

A mis 34 años estoy descubriendo que no soy muy listo; pero que tampoco soy idiota. Que no se puede dar gusto a todo el mundo. Incluso que a veces no se puede dar gusto a nadie. Que los amigos se cuentan con los dedos de la mano de un manco y que conviene tener enemigos para estar siempre ojo avizor y colmillo en ristre. Que cuando la senda se torna abrupta, incluso los que considerabas amigos, te dejaron solo ante el peligro. Estoy aprendiendo a pararle los pies al personal, a no devolver siempre sonrisas, sino también exabruptos, silencios incómodos y hasta alguna que otra hostia. A mirar torvo, a responder que ni respeto la opinión de mi interlocutor ni tan siquiera lo respeto a él. A espetarle que a lo máximo a lo que podemos aspirar es a que él siga su camino y yo el mío. ¡Y mucho ojito con cruzarse! A devolver gritos si es que los he recibido, incluso a devolverlos sin haberlos recibido previamente. A reunir el arrojo necesario para que cuando un mierda me cuenta su mierda responderle con un “me importa una mierda tu mierda”. A pensar en cómo quiero ser yo y no en cómo quieren los demás que sea. A estar de vuelta de unas cuantas cosas y permitirme el lujo de acercarme solo a aquello que me seduce. A convencerme de que aquí cada uno va a lo suyo y tal vez ya sea hora de que yo vaya a lo mío. A mofarme de dioses, banderas e himnos. A rogar lo justo y necesario. A dejar de contenerme diplomáticamente siempre que alguien me suelta lo que se le pasa por la cabeza y empezar a largar también lo que pasa por la mía. A creerme el amo y señor de mi vida y milagros. A pensar más y mejor en mí y en los míos y en asegurar las condiciones que garanticen su bienestar. A estar preparado para llevarme a alguien por delante si osa amenazar mi integridad o la de mi prole. A comprender en toda su extensión el significado del verbo “odiar” (Tener odio: Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea) y no sentir remordimiento de conciencia ninguno por ello. A pedir menos disculpas de las que solía tras dilucidar que tres cojones me importan aquellos a los que se las demandaba. A saber vivir sin el saludo de muchos. A relativizar tanto las cosas que ríome yo de Einstein y su teoría. A cagarme cien veces en la puta madre de alguno por si acaso él solo alcanzó a cagarse en la mía noventa y nueve. A mis 34 años.

Almasy©




Gnarls Barkley: "Crazy"

4 comentarios:

Anónimo dijo...

En cambio a mis 57 sufro cuando a mi alrededor alguien se altera.
Cada vez más me gusta enarbolar la bandera de la sonrisa, tan poderosa y formidable.
A mis 57 no me gusta que nadie me gane en amabilidad y me gustaría llegar a ser tan generoso como un amigo que tengo.
Y me molesta que me digan "por qué das tantas explicaciones?" Nunca son suficientes y nunca es bastante la paciencia.

Ya ves, Jaime, mi ideal se parece mucho a ti, que a mí no me engañas. Pero qué te pasa, hombre? Anda, cuéntanoslo. -tomando un café, por supuesto.-

Silv dijo...

Pero bueeeeno; tu, modelo de templanza, de mano izquierda, de empatía, de aguante, asertivo como el q mas...Seguro q has tenido un mal día (semana o mes). Si fueras chica, pensaría q te ha venío la regla.
So, que te han hecho???
Dime quien ha sido y, y, y les pego.

P.D.: el iPhone no escribe algunos acentos, como el del tu inicial.

Clara dijo...

En todo tu derecho.
Con toda justicia.
¿Y por qué no?
Una excepción (a mi juicio): si raspa más mientras sale, que cuando está dentro.
Otra: si deja peor que lo que un@ estaba.
Y, a veces, así y todo.
¡Estaría bueno!

MARIBEL dijo...

¿Uf! Alguien te había tocado bien las narices antes de esta desahogo...
La verdad es que algunas veces dar un buen berrido le deja a uno la mar de descansado: Yo lo practico, aunque muy de tarde en tarde para que el cuerpo no se acostumbre y deje de surtir efecto.
Un abrazo.

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