viernes, 26 de octubre de 2007

4. "Tribulaciones de peluquería"

     Mis miedos al peluquero puede que tuvieran su origen ya en mi más tierna infancia, cuando un hito marcó mis cabellos durante una temporada, al menos durante ocho días, porque como todos saben “burro bien o mal esquilado, a los ocho días igualado”. Dicho primer episodio traumático lo viví de manos de mi tía Lucinda, que un buen día (lo de bueno hasta que ella empuñó las tijeras), decidió practicar el noble arte de la esquila con mis cuidados bucles rubios, dignos de un semental escandinavo. Se aburría, o le había visitado una difícil y dolorosa menstruación, o tal vez tenía una tarde artística. El caso es que mi queridísima tía (no tan querida desde entonces, por cierto) sugirió cortarme el pelo “para que me ahorrara unos durillos”. Así, agarró el instrumental podador y se inició con decisión al desarrollo de su “obra”. Desafortunadamente, no contaba yo con un espejo a mano que me fuera reflejando el devenir del proceso y por ende el desenlace fue fatal. Cuando dijo haber terminado, la cantidad de pelo que poblaba mi sesera era ciertamente irregular, por utilizar un eufemismo. “Un poco más largo por delante y más cortito por los lados” fueron mis indicaciones; no obstante, “cara de loco” era lo más amable que se me podía llamar en aquel momento, observando la enorme montera de pelo rubia en la parte delantera de mi cabeza y el “rapunceo” de los laterales, como si hubieran sido las fauces de las Siete Pirañas del Apocalipsis las que me hubiesen rasurado.
     Desde aquel episodio fatídico en mi historia capilar, mi aversión a toda relación con el mundo de la peluquería sería una constante en mi adolescencia. Recuerdo así todas las reticencias y objeciones que le ponía a mi madre cuando esta me instaba a acudir a mi cita con Loli, la peluquera oficial del barrio. Loli era una mujer entrada en años, rubia de botes, ya que con uno solo hubiera sido imposible alcanzar aquel amarillo canario que portaba en la testa, y que, además, desprendía un agudísimo tufo a laca barata. Vamos, una joya la tal Loli. Su casa hacía las veces de hogar y peluquería al unísono, así que era frecuente encontrarla en albornoz o en bata de poliéster taiwanés llena de cotones. Nos hacía pasar a su “maravilloso salón de trabajo”, como ella lo llamaba, que consistía básicamente en una silla harto incómoda, espejito mágico, un secador encineracabellos, unas tijeras y un par de peines que parecían de regalo en alguna promoción de jabones de mano. Nos sentaba y comenzaba entonces a rajar como una desesperada. Eran verdaderas terapias las que nos daba la querida Loli, hasta el punto que mi hermano y yo, ante nuestra capacidad de aguante, nos llegamos a plantear la posibilidad de meternos a curas o a psicólogos, según nos decantáramos por la vía religiosa o laica. Pero lo peor de todo era “su toque final”, que consistía en rociarnos de gomina y achulaparnos el pelo para atrás siguiendo su canon de belleza Espinete. Era entonces cuando no veías el momento de salir de allí y revolverte el pelo para quitarte el look Borja Mari que te plantaba la Loli, y ya en casa, corrías raudo a lavarte el cráneo con el fin de sacarte el fijador, seguramente corrosivo e inflamable, que la hortera profesional del cabello había utilizado para rematar su criatura.
     Eran, como observáis, terribles los momentos vividos en mi relación pelo-corazón-tijeras, plagados de manifestaciones trágicas que no tenían solución alguna, ya que la cita se podía posponer, pero nunca eludir, puesto que tu padre siempre te recordaba la hora de acabar con “tus asquerosas greñas”. Y lo cierto es que en mi caso no se podía hablar de greñas, sino más bien de melena leonina. Sí, sí, tal como suena y como pude comprobar en aquella ocasión en que me decidí con enorme voluntad a dejarme crecer el pelo hasta que me “molestase para descomer”, en palabras de algunos de mi aldea. El lado más salvaje de la naturaleza hizo entonces su aparición en mí, pudiendo entonces constatar que yo no descendía del mono, craso error amigo Darwin, sino de Simba, el rey de la jungla, primo segundo por parte de madre del león de la Metro. Fueron muchos los que entonces me preguntaban con regularidad, a la vista del volumen que iba adquiriendo mi cabeza, que si acaso tenía yo parientes afroamericanos o que si era el doble rubiales de Michael Jackson en alguna película durante su época en los Jackson Five. Al final, opté por acabar con la ilusión de alcanzar un look-pelo largo al más puro estilo Légolas en el Señor de los Anillos, y no tanto por las sugerencias de la gente, sino porque básicamente ya empezaba a pegarme contra los techos debido a la magnitud que la bestia capilar había alcanzado.

Almasy©









BEE GEES: Stayin´ alive


7 comentarios:

Pedro dijo...

Simplemente hilarante

María dijo...

Es que la adolescencia es "mu mala" y mira los estragos que hace y a todos os/nos da/dió por cambiar de look. En fin.. todo pasa y todo llega o llegará ¿no crees?. Besos

Oscar dijo...

wenas jaime
1º situarte en qien soy, instituto los rosales, cuarto de la eso, clase cn xino, sara, colo(cristian).....
weno ya colocaos na decirt q m alegro muxo d tu ascension de tutor nuestro a jefe d estudios, escritor, un poco de filosofo, vams un crack.
weno ya nos pasaremos ha hacerte una visita de cortesia, que nos invites a algo, etc.
un abrazo
ciao

Javier dijo...

Hay que oscura es la transicion de la infancia a la adolescencia...

Yo me acuerdo le las interminables horas de scador y gomina para hacerme mi "corona de espinas" rojo ferrari.

Luego al final pase de potinngues y me deje melena, eso si que era la caña.

De nuevo volvi a cortarme el pelo, la gomina fallecio dando paso al jabon de lagarto, sencillo, barato, comodo y resistente a las manos imprudentes de amigos curiosos.

Un abrazo profe

Rober dijo...

De toda la vida, el mejor peinado es "a lo que salga".

Anónimo dijo...

¡Fantástico!
Me encanta tu blog; original, divertido y siempre sorprendente!
un abrazo:
María

DeGali dijo...

Dios...peluquerias de barrio...aun me estremezco cuando paso por delante de la mia...Ahora cada vez que me voy a cortar el pelo lo hago en una distinta, total, si alguna me estropicia, ya crecera...Ese es el consuelo que mas he usado, incluso cuando me llege a cortar un cacho de dedo pensando que era una ampolla...

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