jueves, 20 de enero de 2011

144. Hubo un tiempo en el que...


Cuentan que hubo un tiempo en el que dar la palabra de honor y estrecharse las manos tenían valor e iban a misa, sin necesidad de burocracias, jueces, notarios y leguleyos que dieran fe y certificasen los contratos.

En el que no necesitábamos el móvil para reunirnos, porque se quedaba donde siempre a la hora de siempre y si llegabas tarde sabías dónde encontrar a tu gente. En el que las lágrimas y los perfumes emborronaban las cartas hoy sustituidas por los correos electrónicos. Esas cartas que descubríamos en nuestros buzones al regreso de la faena y leíamos y custodiábamos con fruición. Un tiempo en el que empuñábamos con facilidad una pluma y nos arrancábamos con el apunte de turno en una añeja agenda hoy reconvertida en digital. En la que todos los caracteres son perfectos e iguales. En donde no se distingue al pesimista que baja el trazo del optimista que lo sube. Donde no hay rúbricas que dejen en el aire un soplo de tinta fresca que corra el riesgo de convertirse en borrón si no procedes con cautela.

Parece ser que hubo un tiempo en el que las cuentas se echaban en un cacho de cartón porque no existían las calculadoras y porque sabíamos sumar, restar, multiplicar y dividir, aunque fuese echando mano de los dedos. Les confieso que a mí ya me cuesta dividir y de raíces cuadradas mejor ni hablamos.

Dicen los ancianos del lugar que hubo un tiempo en el que los caballeros portaban sombrero y se descubrían al pasar frente a una dama. De igual modo que le abrían la puerta del coche, le acomodaban la silla antes de almorzar, le prendían el cigarrillo y la acompañaban a casa tras el beso en lo oscuro sin que se les tachara de contumaces machistas.

Casi no tuve oportunidad de vivirlo, pero parece que hubo un tiempo en el que las cosas se llamaban por su nombre, en el que el “sí” significaba “afirmativo” y el “no”, “negativo”, en el que a las “guerras” se les llamaba “guerras” y no “misiones armadas de paz” y a los muertos “cadáveres” y no “desafortunados daños colaterales”. En el que titulares como “un presunto caso más de violencia de género, doméstica y machista” se explicaban con un “esposo mata a esposa en casa”. En el que a los “blancos” se les llamaba “blancos” y a los “negros”, “negros”, y no torpezas del calibre de “morenos” o “de color”. ¿De qué color? Negro. Pues eso. En el que se estudiaban con denuedo el latín y el griego y eso permitía no patear alegremente nuestro idioma y conocerlo de una manera exhaustiva. Ahora estos se han visto reducidos a la categoría de lenguas muertas y así nos va. Para más inri nuestra querida Doña RAE, esa que debería limpiar, fijar y dar esplendor, ahora se ha amariconado y casi que lo asume y permite todo. Retiro lo dicho: se ha homosexualizado.

Un tiempo en el que el viaje en sí mismo no era un trámite, sino parte del viaje. Una aventura en toda regla especialmente romántica por las incomodidades y por las paradas intermedias para apretarte el bocadillo de casa y el café del bar.

Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en el que a los progenitores se les llamaba “padre”, “madre”, “papá” y/o “mamá” y no "Julián" y "Rosa". En el que si el profesor te había dado un soplamocos o una buena hostia, cuando arribabas a casa, la madre que te parió y/o el padre que te engendró te propinaban doble ración, por si te habías quedado con ganas y/o no te había quedado el asunto claro; sin que eso motivara tu temprana frustración ni que peligrase convertirte en un reprimido infantojuvenil carne de psicoanálisis.

Tal vez lo soñé, pero me atrevería a afirmar que hubo un tiempo en el que los políticos regalaban a la posteridad frases lapidarias. Con fatales o fabulosas consecuencias, pero lapidarias al fin y al cabo. En España las últimas que escuché las pronunciaron Alfonso Guerra y Julio Anguita, quienes podían ser mejores o peores políticos, pero al menos amenizaban el cotarro con sus frescas.

Comentan que hubo un tiempo en el que todo esto existió, pero yo no me lo acabo de creer.

Almasy©



Héroes del Silencio: "Hace tiempo"

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Como siempre los clásicos... y en este caso Jorge Manrique, con sus conocidas coplas a la muerte de su padre y el qué se hicieron y les neiges d´antan de François Villon y todos los ubi sunt que ha habido. Y, como diría el dios Shakespeare, siempre Naturaleza frente a las alambicadas argucias de los leguleyos.
Mariano

burgueblues dijo...

Mola, porque en ese tiempo se veía a los homosexuales como enfermos, a los testigos de Jehová como locos, a las mujeres como objetos. ¡Fijémonos en las cosas malas solamente! Que queda muy literario.
Aún así, la entrada es, en mi opinión, buena.

Gea dijo...

"...Ya llovió desde aquel chaparrón hasta hoy..."
No cabe duda que lo mejor sería:al pan, pan;al vino, vino y al Camacho...Marcelino.

Bonita entrada.

MARIBEL dijo...

Lo hubo. y ahora toca lo que toca, así que lo sensato es poner de nuestra parte todo lo que podamos para mejorarlo y disfrutarlo, porque con lamentaciones no se llega a ninguna parte.
No entiendo muy bien el comentario de "burgueblues".
Un abrazo

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