
Resulta que me cuenta un amigo mío de esos con horario laboral a capricho – vamos, un autónomo – que a principios de esta semana se desplaza hasta su IKEA más próximo a fin de adquirir uno de esos muebles montafácil que finalmente te llevan toda una tarde y parte de una mañana. Me narra que se persona apenas recién abierto el recinto por eso de ahorrarse aglomeraciones, mas cual sería su sorpresa cuando vislumbra riadas de gente atropelladas en pasillos y línea de cajas. “Joder con la crisis, si era lunes y había que esperar”, que decía Sabina.
El caso es que la anécdota ve viene al pelo para reflexionar sobre la supuesta crisis económica que se cierne sobre nosotros. E incido en lo de supuesta porque a pesar de que nos machaquen el melón a diario con lo mal que están las cosas, yo personalmente sigo viendo los centros comerciales llenos. Y podríamos pensar que la gente va de visita, a darse un mero garbeo, pero lo cierto es que seguimos consumiendo que da gusto vernos. Precisamente esta misma semana le ha tocado indefectiblemente al que suscribe personarse en el Decathlon el sábado al mediodía y si mi colega se asustó con la manada de peña el lunes, yo ni les cuento. Todos como borregos agolpados en colas infinitas suspirando frases como “Esto está petado”, “Menudo agobio”, “Joder, y eso que hay crisis”. ¡Coño pues haberte quedado en casa rico, que sabías a lo que venías! No obstante, si lo piensas fríamente es para mear y no echar gota esto de la sociedad de consumo: esperar para pagar, para ser cobrado, para ver reducirse tu poder adquisitivo. ¡Manda huevos!
Pero en fin, cada cual con su dinero hace lo que le place, que para eso lo ha ganado honrada o corruptamente, faltaría más. Y precisamente el gasto desmedido es lo que personalmente les recomiendo en estos momentos de recesión. Abandonemos definitivamente nuestra devoción por la Virgen del Puño Cerrado y hagamos uso de una vez por todas del único servicio que puede ofrecernos el dinero: gastarlo. Olvídense de ahorrar, de amortizar, de reducir la letra de la hipoteca o el tiempo de pago y aboguen por el lema renacentista: CARPE DIEM. Deshagan el doble forro de su ajado colchón y saquen hasta el último céntimo de su cuenta de ahorros para ponerlo en circulación con el exclusivo fin de disfrutar hedonistamente hasta la extenuación. Adquieran ese deportivo que siempre soñaron conducir y cálcense una comilona de las que te disparan el colesterol por las nubes en ese restaurante del que tanto les hablaron. No lo duden: saquen a pasear ese manirroto que todos llevamos dentro, dilapiden, que mañana nos atropella un mascachapas o se nos estrella un meteorito y sería muy triste que nos sorprendiera con el buche vacío. De veras, háganme caso y sigan mi suicida recomendación, que en cualquier momento peta esto y los billeticos que guardan dobladines en la faltriquera valen lo mismo que los del Monopoly. Espúrranse pues damas y caballeros, vivan el momento tendiendo al desmelene y olvídense de una vez por todas del Euribor, de Solbes, del Banco Central Europeo, del IBEX 35 y de la madre que los parió a todos ellos. He dicho.
Almasy©
JOAQUÍN SABINA: “Como te digo una co te digo la o”