
La Manga del Mar Menor, 40 años de diferencia
Tan abominables son las medias tintas que no podía hoy sino berrear a los cuatro vientos la siguiente proclama: la actual sociedad de consumo es incompatible con el respeto al medio ambiente. Así de sencillamente complicado. Y no miro para otro lado, ni acuso a nadie, es más, me postulo como el principal culpable del maltrato a la Madre Tierra, pues desde que me levanto hasta que me acuesto cometo contra esta un sinfín de variopintas tropelías de las que no me siento precisamente orgulloso.
Por ejemplo, soy el primero que rechazaría por activa, por pasiva y por perifrástica la instalación de cualquier antena de telefonía móvil en la cima de mi vivienda; sin embargo, clamo venganza a los dioses siempre que no tengo cobertura en el aparatito de marras, como si esta bajara del cielo por arte de birlibirloque.
Cuantas veces he hojeado también con denuedo los catálogos de fabricantes de coches posando mis ojos sobre los de mayor cilindrada y caballaje, mucho mejor si son de gasolina, pues como dicen los puristas del motor, los diésel no son coches sino tractores. No obstante, que cejen de insultar nuestra inteligencia, por favor, pues dudo solemnemente que automóvil alguno pueda alcanzar los 300 kms/h alimentándose de alfalfa.
También soy el primero de los perezosos que ha regateado al reciclaje en no pocas ocasiones. Mea culpa, sí señor, aunque me gustaría hacer alguna precisión en este sentido. En primer término coincidirán conmigo que cada vez resulta más complicado encontrar espacios en los que se den cita todos los contenedores de todos los desechos posibles: orgánicos, plásticos, papel y vidrio. Ahora suelen disponerlos por parejas, de tal manera que, como tu basura acumule restos de los otros dos restantes, estás jodido. Te toca entonces peregrinar en busca del contenedor perdido como si anhelaras ganarte el Jubileo. Otro tema adyacente son los receptáculos que tienes que ubicar en tu propia casa a fin de facilitar la recogida selectiva de tu propia mierda hogareña. No sé ustedes pero yo personalmente, para bien ser, necesito una cocina más grande para cumplir con el mandamiento del siglo XXI: “Reciclarás en el contenedor que corresponda”.
Y el caso es que todos proclamamos la defensa del medio ambiente, nos pensamos más verdes que la esperanza y reivindicamos un planeta limpio para nuestros herederos; pero ¿a qué estamos dispuestos a renunciar para conseguirlo? Porque el dilema resulta tal que así: ¿se pueden mantener las comodidades presentes sin violentar a la naturaleza? Se estarán oliendo desde el principio mi contundente respuesta, ¿verdad? No, no, no y cien mil veces no. Podría escribirlo con letra tamaño 26, subrayado y en negrita, pero no estaría más claro. La cosa se me antoja así por mucho que ahora nos proclamen las virtudes del biocombustible y nos bombardeen con panfletos pro-reciclaje a base de bien en nuestros buzones. Eso sí, me pregunto maliciosamente si todas las publicaciones sobre el cambio climático con las que se están forrando propios y extraños se manufacturan con papel reciclado. Apostaría el meñique de mi pie izquierdo, el malo obviamente, a que no. Nos hemos creado una serie de necesidades consumistas sin las que parece que no sabemos subsistir, y aquel que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Hemos olvidado lo poco que se necesita para vivir, lo gratificante que resulta una simple sonrisa, un suspiro a destiempo, el golpeo de la mera brisa contra tu rostro, la palmada en la espalda de tu amigo de siempre acompañados por una mísera cerveza. Ahora nuestras existencias apenas se reducen a los escasos momentos de felicidad que acontecen desde nuestra última compra hasta la siguiente. Hemos sustituido la visita dominguera a la sierra por la sabadera a los centros comerciales, pertrechados con el carrito del niño, la suegra y la paciencia que necesariamente debes desarrollar para sobrevivir por estos lares. Ya no se hacen paellas en el campo, ni siquiera nos lo permiten. Dicen las malas lenguas que es para evitar incendios, pero no sé si creerlas, pues son malas las lenguas que lo dicen. Lo que se lleva ahora es la impersonal comida basura un día sí y otro también. ¡¿Pero cómo coño podemos fiarnos de una carne a la que bautizan con nombres absurdos servidos por pobres diablos con trajes más absurdos aún?! Sin embargo, la palabra “Solomillo” no engaña a nadie. Yo me creo a todo aquel que la pronuncie. También suelo fiarme si se mienta a don “Chuletón” y/o a don “Entrecot”, y para de contar.
Empero, tampoco se trata de volver a la Edad de Piedra y vacacionarnos en “Tronco Móvil” y taparrabos a lo Pedro Picapiedra, ni de tornar a la caverna eremita, pues de todos es bien sabido que “no solo de pan vive el hombre”; pero créanme cuando les digo que el tan manido Desarrollo Sostenible solo será viable cuando todos a una, como Fuenteovejuna, empecemos a conjugar el verbo renunciar. ¿Quién se anima?
Por ejemplo, soy el primero que rechazaría por activa, por pasiva y por perifrástica la instalación de cualquier antena de telefonía móvil en la cima de mi vivienda; sin embargo, clamo venganza a los dioses siempre que no tengo cobertura en el aparatito de marras, como si esta bajara del cielo por arte de birlibirloque.
Cuantas veces he hojeado también con denuedo los catálogos de fabricantes de coches posando mis ojos sobre los de mayor cilindrada y caballaje, mucho mejor si son de gasolina, pues como dicen los puristas del motor, los diésel no son coches sino tractores. No obstante, que cejen de insultar nuestra inteligencia, por favor, pues dudo solemnemente que automóvil alguno pueda alcanzar los 300 kms/h alimentándose de alfalfa.
También soy el primero de los perezosos que ha regateado al reciclaje en no pocas ocasiones. Mea culpa, sí señor, aunque me gustaría hacer alguna precisión en este sentido. En primer término coincidirán conmigo que cada vez resulta más complicado encontrar espacios en los que se den cita todos los contenedores de todos los desechos posibles: orgánicos, plásticos, papel y vidrio. Ahora suelen disponerlos por parejas, de tal manera que, como tu basura acumule restos de los otros dos restantes, estás jodido. Te toca entonces peregrinar en busca del contenedor perdido como si anhelaras ganarte el Jubileo. Otro tema adyacente son los receptáculos que tienes que ubicar en tu propia casa a fin de facilitar la recogida selectiva de tu propia mierda hogareña. No sé ustedes pero yo personalmente, para bien ser, necesito una cocina más grande para cumplir con el mandamiento del siglo XXI: “Reciclarás en el contenedor que corresponda”.
Y el caso es que todos proclamamos la defensa del medio ambiente, nos pensamos más verdes que la esperanza y reivindicamos un planeta limpio para nuestros herederos; pero ¿a qué estamos dispuestos a renunciar para conseguirlo? Porque el dilema resulta tal que así: ¿se pueden mantener las comodidades presentes sin violentar a la naturaleza? Se estarán oliendo desde el principio mi contundente respuesta, ¿verdad? No, no, no y cien mil veces no. Podría escribirlo con letra tamaño 26, subrayado y en negrita, pero no estaría más claro. La cosa se me antoja así por mucho que ahora nos proclamen las virtudes del biocombustible y nos bombardeen con panfletos pro-reciclaje a base de bien en nuestros buzones. Eso sí, me pregunto maliciosamente si todas las publicaciones sobre el cambio climático con las que se están forrando propios y extraños se manufacturan con papel reciclado. Apostaría el meñique de mi pie izquierdo, el malo obviamente, a que no. Nos hemos creado una serie de necesidades consumistas sin las que parece que no sabemos subsistir, y aquel que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Hemos olvidado lo poco que se necesita para vivir, lo gratificante que resulta una simple sonrisa, un suspiro a destiempo, el golpeo de la mera brisa contra tu rostro, la palmada en la espalda de tu amigo de siempre acompañados por una mísera cerveza. Ahora nuestras existencias apenas se reducen a los escasos momentos de felicidad que acontecen desde nuestra última compra hasta la siguiente. Hemos sustituido la visita dominguera a la sierra por la sabadera a los centros comerciales, pertrechados con el carrito del niño, la suegra y la paciencia que necesariamente debes desarrollar para sobrevivir por estos lares. Ya no se hacen paellas en el campo, ni siquiera nos lo permiten. Dicen las malas lenguas que es para evitar incendios, pero no sé si creerlas, pues son malas las lenguas que lo dicen. Lo que se lleva ahora es la impersonal comida basura un día sí y otro también. ¡¿Pero cómo coño podemos fiarnos de una carne a la que bautizan con nombres absurdos servidos por pobres diablos con trajes más absurdos aún?! Sin embargo, la palabra “Solomillo” no engaña a nadie. Yo me creo a todo aquel que la pronuncie. También suelo fiarme si se mienta a don “Chuletón” y/o a don “Entrecot”, y para de contar.
Empero, tampoco se trata de volver a la Edad de Piedra y vacacionarnos en “Tronco Móvil” y taparrabos a lo Pedro Picapiedra, ni de tornar a la caverna eremita, pues de todos es bien sabido que “no solo de pan vive el hombre”; pero créanme cuando les digo que el tan manido Desarrollo Sostenible solo será viable cuando todos a una, como Fuenteovejuna, empecemos a conjugar el verbo renunciar. ¿Quién se anima?
renuncio
renuncias / renunciás
renuncia
renunciamos
renunciáis / renuncian
renuncian
Almasy©
Mecano: "Hijo de la luna" (directo 1988)