viernes, 9 de enero de 2015

228. ¿Hasta cuándo?


Hay días en los que me levanto enérgico, optimista, creyendo que se puede cambiar el mundo, confiando en que la suma de buenas intenciones somo puede traernos un futuro más dichoso y prometedor. Supongo que esos días se impondrá mi niño, el Peter Pan que no me abandonará nunca, el educador que se resiste a que la esperanza penda de un solo hilo, el romántico que se equivocó de siglo.

Sin embargo, cada más veces empiezo a levantarme gris, de vuelta de casi todo, y es que no son pocas las muescas en el revólver que luce en mis cartucheras -más voluminosas si cabe después de las Navidades-. Precisamente sucesos como los asesinatos de los periodistas de Charlie Hebdo me hacen sentir así. Casi no he leído nada, no he escuchado más que lo justo y necesario y la televisión de mi hogar en el último lustro apenas conoce ora Clan TV, ora Disney Channel. Y sin embargo creo que no me hace falta ninguna para saberlo todo. Sin el menor atisbo de modestia por mi parte creo conocer todos y cada uno de los pasos a seguir, de las opiniones a manifestarse, de las filias y las fobias que nos rondarán.

Aventuro algunas semanas de psicosis en la que todo lo que tenga que ver con la babucha y la chilaba serán objeto de escarnio. No faltarán los paletos de turno que apelarán a la defensa de la cristiandad para expulsar desde al dueño del Kebab del barrio al obrero de la construcción que cada cierto tiempo se tira cuerpo a tierra en la obra y reza hacia Dios sabe dónde y Dios sabe qué. También levantarán la voz los de la cuadrilla de los comunistas reconvertidos en socialdemócratas, quienes desde su Iphone 6 con tarifa de datos tuitearán que la culpa es de Occidente, que ha alimentado un monstruo incontenible que ahora será difícil de aplacar.

Curiosamente la prensa, colectivo del que formaban parte las víctimas, se frotará ojos y estilográficas, pues sin comerlo ni beberlo ha encontrado un filón con el que rellenar portadas y telediarios durante las próximas semanas. Incluso la publicación concreta de la que formaban parte, en el caso de continuar su trabajo, alcanzará ventas históricas en los próximos números. Y si no al tiempo.

No faltarán las concentraciones de repulsa en plazas e instituciones donde se oigan manifiestos y opiniones de toda índole y condición. Como si las concentraciones -y en este sentido rozo cada vez más el escepticismo supremo- pudieran dar respuesta a según qué situaciones o dar la vuelta a una tortilla que por uno de los lados ya se ha quemado. En el caso de España concretamente los habrá incluso que esgriman desde que el atentado tiene que ver con el acuerdo de las Azores de Aznar hasta que la culpa no es sino de Zapatero y de su quimérica alianza de civilizaciones. Eso sin mencionar los que alegarán que barbaries de este calibre con Podemos no tendrían cabida de ninguna de las maneras, pues para perpetrar cualquier atentado terrorista se exigiría como mínimo una comisión asamblearia que lo respaldase en referéndum.

Veremos funerales de estado, detenciones varias -seguramente hasta más de la cuenta-, espero y deseo que ninguna muerte más, alarmas por doquier: esa mochila abandonada en el metro, tal vez aquella bolsa en el autobús, quién sabe si ese sospechoso del abrigo ingresando en el aeropuerto, para que progresivamente -cruzo los dedos y rezo a todos los Dioses en los que no creo- las aguas vuelvan a su cauce. ¿Hasta cuándo?

Almasy©


"Imagine" (versión del tema de John Lennon)

martes, 30 de diciembre de 2014

227. Cuarteto de poemas breves




DECIR

Rara vez se lo digo.
En ocasiones apenas lo musito,
casi entre dientes,
imperceptible,
amarrando las palabras
con todas mis cuerdas,
conteniendo cada uno de los alientos
que las cobijan.

MI MULETA

Y es que no te quiero tanto
por lo que sé que me quieres.
Ni por tus abrazos a destiempo,
ni por tus asaltos de caricias,
ni tan siquiera por tus besos húmedos
en noches secas.
Te quiero porque me sostienes,
mi muleta, muleta mía.

NO SORPRENDE YA

No sorprende ya
la lluvia de agosto,
el tráfico un martes,
las fresas en noviembre.
No sorprende ya
el viento de julio,
los eneros floridos,
los febreros hermosos.
Sorprende tan poco ya.

EL BOXEADOR

Baila el boxeador,
todavía fresco y rutilante,
cuadrilátero arriba,
cuadrilátero abajo.
Semidesnudo,
apenas sudoroso,
aferrado a su protector,
encajando, encajando,
anhelando encajar.

Almasy©


PEDRO GUERRA & ÁNGEL GONZÁLEZ: "Me basta así"


martes, 23 de diciembre de 2014

226. La chica nórdica


Recuerdo que estando en la universidad se adobó a nuestro grupo de amigos durante una temporada una tipa de Erasmus. Era de algún país nórdico -por aquel entonces yo no distinguía demasiado bien Noruega de Suecia y mucho menos de Finlandia- y aunque era más fea que pegarle a un padre yo me la quedaba mirando absorto cuando nos relataba sobre el funcionamiento de su nación. Y es que para un chico de Móstoles a finales de los ´90 una nórdica era algo tan exótico como el Yeti o el monstruo del Lago Ness. Nos hablaba de un régimen llamado socialdemocracia, que resumía diciendo que aunaba lo mejor del comunismo con lo mejor del capitalismo. "No es necesario ser pobre. Bien distribuido hay mucho para todos". Matizaba que el estado se encargaba de dar cobertura a la mayoría de las necesidades de los ciudadanos, dejando claro eso sí que casi el 50 % de los ingresos de estos se destinaba a impuestos que financiasen desde la educación a la sanidad pasando por el transporte. Nos preguntaba si no veíamos eso viable en España y la única vez que le dirigí la palabra fue para brindarle un categórico "no". "¿Por qué?", me preguntó con la inocencia de un crío. No pude sino responderle que sencillamente porque los españoles somos unos defraudadores natos. Todos. Sin excepción. Cada uno en la medida de sus posibilidades. Puede ser no declarando todos los ingresos que tenemos, cobrando en negro, pagando en negro, solicitando facturas sin IVA, descargándose cine, música y/o literatura pirata de internet, contratando personal sin darle de alta en la seguridad social, comprando falsificaciones, adquiriendo objetos de dudosa procedencia, metiendo la mano en la caja, colándose en el metro, saltándose el semáforo de turno simplemente porque no nos veía nadie, alegándole al picoleto de marras que no habíamos visto la señal y que nos deje continuar la marcha sin receta, no devolviendo a la cajera el excedente de vueltas que nos ha dejado caer en las manos...

Tanto es así que cuando nos hacemos cruces con los políticos corruptos que pueblan la escena a veces me pregunto si denunciamos su corrupción o lamentamos no haber estado nosotros en su lugar. A tiro de subvención, de concurso, de adjudicación que nos permitiera engordar la faltriquera. 

Lo mejor de todo, además, es que cuando nosotros lo practicamos tenemos la escopeta de las excusas bien cargada: "Es que el cine es carísimo, un robo", "Sí hombre, con lo que vale un libro, si la cultura debería ser gratis", "Si yo defraudo a Hacienda es porque se llevan mucho y no hay derecho", "Yo a la chica de la limpieza no le doy de alta porque a ella no le interesa. Y que conste que no es una postura clasista, que encima estoy creando empleo"... No hay por dónde pillarnos, la verdad, pues cualquiera de nuestras prácticas es absolutamente lícita y la de los demás fraudulenta.

Recuerdo también cómo la chica nórdica se sorprendía al encontrar barreras y tornos en el transporte público -no entendía que alguien pudiese pretender ingresar sin haber abonado el billete-, al escuchar por la megafonía del teatro que el público tenía que apagar sus dispositivos electrónicos, al observar impunemente tirar envases de cualquier signo y condición al primer contenedor que nos encontrásemos -en el mejor de los casos- o directamente a la vía pública, al toparse con fumadores en los ascensores, en los restaurantes, en los baños, que no le preguntaron jamás si le incomodaba el humo. Se sorprendía por tantas cosas la chica nórdica.

Almasy©

VETUSTA MORLA: "Copenhague"

martes, 25 de noviembre de 2014

225. Y una vez más... teatro


Y una vez más. Café a primera hora, y a segunda, y a tercera. Café todo el tiempo. Paradójicamente para apaciguar los nervios, o quién sabe si para desbocarlos de una vez por todas.

Y una vez más. En busca del sonido perfecto, de la silla en el sitio correcto, de la mesa en el lugar adecuado, de la marca que case a la perfección con el foco elegido.

Y una vez más. Componiendo ropajes, adecentando cabellos, disponiendo mejunjes imposibles sobre rostros que en días como hoy son lienzos.

Y una vez más. Comidas a deshora, siempre desproporcionadas, frecuentemente aderezadas con suculentas conversaciones que en ningún otro lugar podrían acontecer. 

Y una vez más. Sacos de tensión de última hora. Y ese texto que parece que abandona tu cabeza, y esos pasos que parece que se desdibujan, y esos acordes que parece que se vuelven turbios.

Y una vez más. El runrún del público impaciente, el incisivo soniquete del telón mientras se abre, los primeros pasos en las tinieblas hasta que una luz habilita el comienzo. Una vez más.

Almasy©


KUSO: "La poesía de tu cuerpo"

viernes, 21 de noviembre de 2014

224. Portabilizando


Voy a escribir sobre ello a modo de grito porque resulta más barato que pagarse un loquero y menos delictivo que hacerse con una recortada y emprenderla a tiros.

El caso es que hace cosa de un mes me llama una señorita comercial de la empresa de telecomunicaciones Botellón. El número tenía prefijo de León y yo todo lo que suena a León lo cojo. Da igual que sea cecina que una llamada. Craso error en esta ocasión. La tipa, tirando de rollito seductor -se lo juro- me convence de que mi actual compañía, Pornostar, es una ladrona desde sus tiempos como Telearmónica y que yo soy medio tonto por acceder a pagar los dinerales que piden. Finalmente me presenta una oferta irrechazable: hasta 20 MB de velocidad por casi la mitad de lo que pago. Fibra óptica ni más ni menos. Nada que ver con lo que tengo. Si no la acepto podría ingresar en el tradicional Libro Guinness engrosando la sección de los mayores estúpidos del planeta. Después del tradicional "llámame dentro de unos días que lo tengo que consultar con mi mujer que es la que lleva estas cosas" la tipa insiste hasta que le doy el sí quiero.

Todo parece rodar viento en popa al principio de la relación. El router que llega en apenas tres días y la portabilidad en no más de diez. Pero hete aquí que me pongo a instalar el router y que cuando meto el cable en la ranura de la fibra la cosa no chana. Tras unos cuantos "me cago en la puta que los parió" pruebo la opción de ADSL y entonces va a ser que sí. O sea que donde dijeron "fibra", ahora es "ADSL", o como diría el maestro Mota: "lo mismo que antes fibra, ahora ADSL".

Decepcionado con el hallazgo decido coger aire, aclarar mi garganta, acomodarme los cojones y tirar de teléfono para reclamar a quien corresponda. Inicialmente pruebo con el número de atención al cliente general, el 123 responda otra vez. Tras una buena montonera de mensajes grabados antes los que uno contesta con cara de anormal de carrito -"continuar", "sí", "sí", "problema con la fibra", "sí", "sí", "otros"- me atiende un operador que les juro por mis niñas que no hablaba mi idioma. Evoco entonces un portal de facebook que lleva por nombre "Se me saltan las lágrimas cuando la teleoperadora es española".

Excusa por aquí, excusa por allá, me acaba invitando a que contacte con el servicio de contratación en el 1444, pero la cosa tampoco torna de color. De hecho al final la única variable que se modifica es el teléfono al que recurrir para resolver mi problema, en este caso el 1704, responsable nada más y nada menos que de las contrataciones online. Y cuando todo parecía que no podía resultar más desesperanzador y absurdo va a ser que sí. Que sí podía. Porque el operario de marras me remite en este caso nuevamente al 123 responda otra vez del principio. La cuadratura del círculo. El vuelva usted mañana de Larra perfectamente adaptado al siglo XXI. Si ya lo dice el refrán: "más vale Pornostar conocido que Botellón por conocer".

Almasy©



MELENDI: "Lágrimas desordenadas"

domingo, 26 de octubre de 2014

222. La taza (nº 1 serie de microrrelatos)


Era zurdo, pero por alguna extraña razón le gustaba agarrar la taza con la derecha. Esa noche, tras un difícil día, aproximó su mano hacia ella con cierta desgana, sin reunir el brío necesario para aguantarla todo el trayecto que la separaba de su boca. La astenia que gobernó la acción le hizo perder el contacto con el minúsculo asidero de la taza. Esta se precipitó por los aires violentamente, ávida de toparse con tierra firme. Saltó en decenas de pedazos de todos los tamaños y formas. Lastimero, maldijo su flojera y se abalanzó sobre el fragmento de mayor tamaño. Su inquieto pulso le jugó una mala pasada. Un corte limpio en la muñeca motivó un considerable borbotón de sangre. Sin tiempo para alcanzar algo que detuviese la hemorragia un súbito apagón de luces se apoderó de la cocina. Con torpeza se dirigió hacia los interruptores. Clic. Clic. Sin éxito. De vuelta a la escena del crimen dejó salir un par de exabruptos. Los fragmentos más pequeños se habían clavado en sus pies descalzos. El último le provocó un espasmo casi instintivo que le hizo caer hacia atrás. Su yugular conoció entonces al pedazo más afilado. Clic. Clic. Con éxito.

Almasy©


GRUPO ENCANTO: "Soy una taza"

domingo, 19 de octubre de 2014

221. El campo es ciudad


Sentenciaba un profesor mío del doctorado experto en mundo rural durante la etapa franquista que en la actualidad toda diferencia entre pueblos y urbes se había difuminado hasta prácticamente desaparecer. En resumidas cuentas, apuntaba casi ofreciendo un titular periodístico, que hoy el campo es ciudad.

Y razón no le faltaba, pues la mayoría de los signos de identidad de los pueblos han ido perdiéndose a marchas forzadas en un manifiesto proceso de equiparación con la ciudad. Sin ir más lejos pienso en el mío y analizo cada uno de los indicadores que refuerzan esta teoría. Las calles, por ejemplo, ya no huelen a boñiga de vaca. De hecho, los pocos que conservan reses han tenido que convertirse prácticamente en ganaderos profesionales ajenos a la cuadra de antaño y adictos a las naves de explotación. De igual modo que los agricultores, que han tenido que elegir entre vender todas sus tierras o dedicarse cual latifundistas al negocio de la siembra y la cosecha. Y es que el siglo XXI no permite medias tintas. Como diría mi poeta de cabecera, Batania, "aquí se juega a trueno o no se juega a nada".

Evoco también la matanza en las casas, prácticamente extinguida por obra y gracia de las llamadas autoridades sanitarias. Ahora todo pasa por rigurosos controles veterinarios y mataderos debidamente legalizados en los que nos comentan que, a diferencia de los hogares particulares, el animal "no sufre" y "es convenientemente analizado". El caso es que yo fui testigo de matanzas en casa de mis dos parejas de abuelos y jamás me atrevería a afirmar que había saña asesina alguna en aquellos actos. Nadie disfrutaba con el sacrificio en sí mismo, simplemente se celebraba que se tenían viandas para llevarse a la boca durante buena parte del año y que amigos y familiares se reunían para llevar la empresa a buen puerto.

Y qué decir de la juventud, para la que los usos y costumbres populares pasaron a la historia. Los jóvenes de los pueblos visten como los de las ciudades, hablan como los de las ciudades, son adictos al móvil como los de las ciudades y se divierten con el mismo botellón que los de las ciudades. Si me apuran incluso más y mejor que los de las ciudades, pues aún sienten que tienen que demostrar un punto extra de civilización para quitarse el posible complejo de paletos que todavía sobrevuela sus cabezas. Complejo infundado, todo sea dicho, pues si yo he visto paletos de relumbrón ha sido en las urbes.

Sin embargo, a pesar de que las distancias se hayan estrechado hasta prácticamente su desaparición, todavía permanecen algunos vestigios del pasado que lo reconfortan a uno. Adoro por ejemplo seguir escuchando las campanas tocando a misa y que todo acto que se precie continúe rodeándose de algún tipo de ceremonia religiosa que lo oficialice y ampare. Y mira que no soy creyente, no tanto porque no quiera, que quiero, como que no puedo. No me sale.

Me atrapa también cómo se insiste en ir al caño a por agua pese a que se nos jure y perjure que la del grifo es perfectamente potable. Las calles vacías en invierno y concurridas en verano, el calor reconcentrado en las cocinas de las casas, el frío penetrante en cuanto septiembre expira, los humeros de algunos nostálgicos haciendo uso de la chimenea, los anuncios en papel para ser expuestos en la plaza mayor con rotundos "RAZÓN" de los anunciantes y las eternas tertulias a la salida de la iglesia, lugar que en los pueblos sigue siendo mucho más que un lugar de culto. Es también centro de socialización, de pasarela de moda y de aireo de chismes, de previa imprescindible al vermut que anticipa la comida del domingo y de más de uno y más de dos comentarios que deberían pasar a la posteridad: "Pa vender las tierras, las tienes que tener de fuelga, porque como las tengas arrendadas a lo mejor el paisano no quiere marchar y no te las compran".

Almasy©


MARÍA OSTIZ: "Un pueblo es"