domingo, 15 de julio de 2018

267. Eres


Eres un número de teléfono, tres direcciones de correo electrónico, una cuenta de Instagram, una de Twitter y otra de Facebook. Eres seguido y seguidor. Eres amigo de tus amigos. Eres un like, un comentario, una mención, un compartido. Eres el recurrente target a deshoras de todas las empresas de telecomunicaciones del país. Eres cuatro pólizas de seguro: de vida, de hogar, de coche, de decesos. Eres un impuesto de matriculación y otro de bienes inmuebles. Eres un recibo de la luz y otro del agua. Eres una declaración de la renta, un crédito hipotecario, tres cuentas bancarias, dos fondos de inversión y un plan de pensiones. Eres un número de la seguridad social y otro de identificación fiscal. Eres un documento nacional de identidad y un pasaporte. Eres el ciudadano circunstancial convenientemente censado y empadronado de un país y una región. Eres propiedad de la cultura circunstancial de estos. Eres un afiliado del sindicato que no te defiende, un abonado del gimnasio al que no acudes, un cliente vip de cinco empresas de venta online donde compras todo lo que no necesitas. Eres una papeleta del voto que perpetúa el sistema en el que no participas. Eres un currículum en creciente progresión aritmérica, ocho horas, un uniforme, una taquilla, una mesa con ordenador, una hora para comer y tres semanas de vacaciones. Eres un apartamento en tercera línea de emjambre. Eres tanto y a la vez tan poco.

Almasy©️


IZAL: "Pausa"

domingo, 25 de febrero de 2018

266. El café Siria


Acudían puntuales a la cita en cuanto se ponía el sol. No importaban las bombas que hubieran caído. No importaban las calles revueltas por el estupor del conflicto. Ni tan siquiera las palabras disuasorias de los que les amaban bien para que no acudieran. La guerra iba a ser guerra mientras durase y el café era lo único que no les recordaba a sangre y a lágrimas.

Los días con suerte alguno hasta había conseguido reunir algo de tabaco para disfrutar durante la lectura. Nunca preguntaban de dónde lo habían sacado. En aquellos instantes, entre aquellas paredes maltrechas por los obuses, nadie hacía preguntas incómodas ni juzgaba otra cosa que no fueran los libros. Como si un conjuro mágico se hubiese apoderado del lugar para convertirlo en una isla entre tanta miseria, conseguían que el tiempo se parase. Que el dolor les pareciese ajeno. Que el hambre y la desesperación les resultase extraños. Que el miedo a morir se convirtiese en algo secundario frente al miedo a no disfrutar de la velada.

Rara vez degustaban algún café decente. La mayor parte de los días apenas unos sorbos de achicoria que enviaban en los paquetes humanitarios mensuales. Pero les sabía a gloria bendita. Lo paladeaban como si fuese el último. Dejaban que les recorriese la garganta saboreando cada sorbo, provocando incluso que la escasa porción de azúcar que podían añadirle se deshiciese tranquila en sus lenguas antes de tragarla. Bebían sin sed. Algunos coincidiendo con cada cambio de página. Casi como una rítmica liturgia milimétricamente orquestada. Otros preferían hacerlo como colofón a cada capítulo, sin importar en exceso si era largo o corto. No había pausa, pero tampoco urgencia. Tenían todo el tiempo del mundo que puede caber en las dos horas que solían pasar cada segundo día.

Hasta el momento de la tertulia reinaba un silencio sepulcral apenas interrumpido por alguno que preguntaba en voz alta el significado de alguna palabra desconocida. Ni siquiera los aquejados por la enfermedad parecían sentir la llamada de las toses y los estornudos que los acompañaban el resto del día.

Entre tanta desesperanza como la que les rodeaba eran capaces de volar, de conquistar territorios, de enamorarse y hasta de emprender quiméricas rutas con destino a ninguna parte.

La rutina era sencilla. Jamás elegían el libro del que hablarían en la tertulia. Aceptaban el que les correspondiera por turno y se encargaban de hacerlo único e irrepetible. A veces incluso con mayor devoción y fe que seguramente el propio autor. Analizaban cada detalle, anotándolo por insignificante que fuese en algún lugar de su cabeza.

En ocasiones el turno se alteraba porque alguno de sus lectores no conseguía llegar a la cita. Entonces los demás apenas musitaban unos versos en memoria del caído y automáticamente retiraban el libro que tenía entre manos. Una estantería venida a menos acogía a todos los abandonados. A cada ejemplar que decidían que se perdiese para siempre con la última alma que lo había acompañado.

Almasy©


THE DOORS: "The End"

sábado, 8 de octubre de 2016

265. Recursos humanos


-¿Por qué usted y no el anterior o el posterior? Dígame algo que le haga único. Y no me refiero a su experiencia profesional previa, ni a su currículum. Basta ya de todo ese apartado. Quiero algo que marque la diferencia. Intangible si me apura. O cuando menos que no pueda medirse con cifras. Necesito algo que me haga confiar en usted más que en ningún otro de los que ya se han sentado en esa silla y más que en cualquiera de los que restan por sentarse. 

Porque pienso dejarme la vida aquí. Créame que no estoy orgulloso de esta condición, pero es la que circula por mis venas. Todo culpa de mis padres, ya sabe. Solo sabían trabajar. Tenían la mirada de las mulas que agachan la cabeza y tiran del arado, ¿me entiende? Crecí viéndolos apretar los dientes, caer y levantarse. Sin rechistar, sin un mal gesto, sin una mala palabra. 

Porque no voy a mentirle. Y no me refiero a esos tipos recalcitrantes que se vanaglorian de ser como son y de decir siempre lo que piensan. La verdad está sobrevalorada y con frecuencia es maleducada, no respeta las formas, ni las convenciones sociales. Yo tengo la nariz grande, si se ha fijado, pero no entendería que ningún estúpido me lo recordase apelando a su sinceridad. Me refiero más bien a que no sería capaz de mentirle en algo que verdaderamente fuese importante. A buen seguro que tampoco podría confesarle lo que pienso, soy discreto y convivo con el miedo a perder mi empleo; pero mis ojos me delatarían. Se volverían inquietos, parpadeantes. Mis manos comenzarían a temblar y en apenas unos segundos el sudor llamaría a mi puerta. 

Porque sé obedecer. Nuevamente responsabilidad de mis padres, supongo. Pero créame que yo no lo entiendo como ningún acto de sumisión. Creo que sé reconocer a un buen líder y seguirlo hasta las últimas consecuencias. Tengo mi orgullo, claro está, pero no me importa dejarme guiar. La mayoría de las personas creen que el liderazgo forma parte de su ADN. Ya habrá visto que entre mi formación he estado en contacto con este tema. Sin embargo, siempre echo en falta cursos no tanto para saber liderar como para saber dejarse liderar. No es fácil tampoco. De hecho lo considero ciertamente complicado. Tomar conciencia de que alguien es más capaz que tú, tiene ideas más brillantes, gestiona mejor las avalanchas de problemas. En general solemos resistirnos a asumir que alguien es mejor que nosotros y que nuestro verdadero aprendizaje pasa por permitir crecer a su sombra. Llámelo orgullo, complejos, egocentrismo o como desee; pero no me negará que es así.

Porque sé guardar un secreto y jamás traiciono una promesa. No soy esos tipos que se ponen el traje de confesores para acabar cediendo a las primeras de cambio: "Es un secreto que me confiaron; pero te lo cuento con la condición de que no se lo cuentes a nadie". Siempre tienen en los labios frases de este tipo, ¿verdad? Y en cuanto a las promesas, no me refiero a que esté en disposición de cumplir todas cuantas formulo. Es evidente que en no pocas ocasiones prometemos cosas que no están a nuestro alcance; pero bien le digo que si existe la más mínima posibilidad de hacerlas cumplir sencillamente lo haré.

Porque a pesar de todas mis actualizaciones conservo valores de la vieja usanza. Pido las cosas por favor, doy las gracias, estrecho la mano con firmeza cuando conozco a alguien, abrazo hasta las últimas consecuencias, soy puntual, miro a los ojos, sigo pensando que el mejor contrato es la palabra del otro y devuelvo el cambio de más que me dan en el supermercado simple y llanamente porque no quiero nada que no sea mío. 


Almasy©




FITO y FITIPALDIS: "La casa por el tejado"

lunes, 26 de septiembre de 2016

264. Ensayo sobre la fe


Me solivianta especialmente comprobar cómo las iglesias se han apropiado de la fe. Me refiero a esa pulsión casi irracional que te lleva a creer a alguien sin más. Dejando a un lado preguntas relacionadas con el cuándo, el cómo, el porqué. Siento la poderosa necesidad de que la fe baje del púlpito y que cuando alguien me diga: "este fin de semana estuve en la montaña", no necesitar que lo demuestre, ni rastrear en busca y captura de pruebas que lo certifiquen. Simplemente aceptar que ocurrió, asumir su vivencia única y exclusivamente porque me lo cuenta y yo confío en que es cierta. 

Pensemos, por ejemplo, en cuando enfermamos y no acudimos el trabajo. La enfermedad y sus padecimientos son secundarios. Lo que importa es que inmediatamente se activen todos los resortes para que lo demostremos. Centrarse en sanar para volver fuerte y lozano resulta irrelevante. También es absolutamente accesoria la gravedad del bicho que nos perturba. De lo que se trata es de documentar tu situación física. Por escrito. Detalladamente. Con fecha y hora. Con toda una batería de profesionales que acrediten tu estado. De ninguna de las maneras aceptaríamos un simple y llano telefonazo indicando: "estoy enfermo, no puedo ir, vuelvo cuando me encuentre mejor".

¿Han perdido alguna vez a algún familiar? Seguro que sí. Es ley de vida. O de muerte. Volvamos al trabajo. Con el cuerpo del finado todavía caliente la principal preocupación es nuevamente justificar el fallecimiento y al mismo tiempo el parestesco que te une a esa persona que se fue para no volver -salvo que se tenga fe en el reencuentro y en la vida eterna y entonces casi que se celebre la llegada de la parca-. Familiares y amigos se movilizan entonces a la caza y captura del documento expedido por el tanatorio y, a continuación, aprovechando algún descanso de los plañideros familiares más cercanos, de los correspondientes libros de familia que certifiquen cuánta sangre compartías con el difunto. Por supuesto, si el que se va solo se trata de tu mejor amigo, o tu mejor amante, o el profesor que te marcó o el ídolo de tu infancia, no eres bienvenido al sepelio. Al menos administrativamente hablando. Nadie te va a aceptar una explicación tan aparentemente comprensible como: "no voy a ir a trabajar en unos días. Se murió mi mejor amigo. Estoy realmente jodido. Cuando haya llorado hasta desarmarme volveré". 

¿Qué hemos hecho mal? ¿Por qué hemos desvirtuado el valor de la palabra? ¿Dónde quedaron las promesas que se cumplían a como diese lugar, el apretón de manos para cerrar un trato que sabías que no lo desharía ni el mismo Satán, la palabra de honor que valía más que la sentencia de un tribunal supremo? ¿Por qué le abrimos la puerta a los detectives, a los policías, a los periodistas, a los abogados, a los inspectores, a los políticos, a los jueces, a los notarios a los que conferimos la exclusiva potestad de otorgar fe de lo ocurrido?

Necesito volver a creer en alguien porque sí. Y a que ese alguien jamás sienta la presión de demostrarme lo que me narra. A otorgarle a algo la categoría de verdadero solo porque un ser humano articuló las palabras necesarias para trasladármelo. Ajenos a las fotografías en esas redes sociales que se han convertido en notarías para pobres. Donde todo pasa porque se publicite con todo lujo de detalles lo acontecido. Desnudando intimidades, sin filtros, presumiendo del falso o el verdadero júbilo que acompañó la imagen de marras con frases para la posteridad preferiblemente en inglés, que parece que otorgan más categoría y credibilidad al suceso. Ignorando verdades tan palmarias como que a los amantes que se devoran les tiembla el pulso para proclamar su pasión a los cuatro vientos. I do need to believe again.

Almasy©


BON JOVI: "Keep the faith"

viernes, 16 de septiembre de 2016

263. Hilo


Poco importa que
apagues la luz o que
me saques los ojos.
Sigues en mí cuando cierra la noche.
Permaneces hasta en tinieblas.
Soy el escultor que te moldeó sin molde.
La arcilla de tu boca todavía rezuma humedad.
Tengo hambre, tengo sed.
Mis manos la buscan para saciarse.
Me amamantas hasta que caigo rendido.
Dormito en tu pecho.
No se ha hecho todavía
la campana que pueda despertarme.
Rompiste mis tímpanos con tu gemir desenfrenado.
No puedo sino volver a tu boca.
Leer tus labios.
¡Ciego como estoy!
Adivinarte desde la saliva que me trasvasas.
No acierto a oírte,
y sin embargo te escucho.
Tengo envasado el almizcle que despedías
en frascos de 50 mililitros.
Anestesian mi dolor cuando aprieta.
Insisto en desangrarme
sobre tu vientre hinchado.
Sabes eternamente a barro.
Lo intuye la lengua que me arrancaste aquella noche sin reglas.
Te presupuse incluso mutilado.
¿Recuerdas?
Tu sexo no acertó a esconderse.
No supo. No pudo. No quiso.


Almasy©

(A mis pequeñas truchas M-P-J y muy en especial a nuestra gurú I)


CARMEN BOZA: "Delirios y de éxtasis"

martes, 23 de agosto de 2016

262. Observatorio


Los viernes a media tarde acostumbro a llegarme hasta la estación de trenes. Es un buen rato caminando. Casi siete manzanas. Las últimas dos abarrotadas de comercios. Me gusta pararme delante de los escaparates y soñar con todo lo que poseeré algún día. No soy como el resto de muchachos pobres que conozco. La mayoría ni siquiera levantan la vista. No solo no tienen dinero sino que carecen de sueños. Yo en cambio me detengo ante cada objeto que me llama la atención y lo hago mío. En el fondo los compadezco. Renunciar a soñar no debe ser fácil.

Siempre elijo la misma hora porque es cuando llegan decenas de trenes procedentes de todos los rincones del país. Aunque jamás busco a nadie en concreto me suelo parar junto a las puertas automáticas por las que tienen que salir todos los pasajeros. Dos enormes hojas de metacrilato que nunca dejan de moverse. Lo cierto es que el que las diseñó merece estar pudriéndose de placer en alguna playa paradisiaca, porque no recuerdo haberlas visto averiarse en todo el tiempo que las conozco. Sin duda un trabajo de una vez, como diría mi padre.

Me coloco perfectamente centrado y observo. El señor Andersen siempre me dice que si quiero ser un buen escritor tengo que aprender a observar. Así que es lo que hago. Me fijo sobre todo en los reencuentros e imagino las historias que llevarán detrás. El universitario al que aguardan unos padres tan orgullosos como arruinados. La enfermera que recibe a su novio militar con un beso de película. Los chiquillos repletos de mocos que abrazan al padre que regresa de algún trabajo lejano. La mochilera que vuelve de no se sabe qué selva amazónica para asistir únicamente a la boda de su prima del alma.

A todos se les ve exhaustos pero felices. Tanto que me pregunto por qué se fueron. Si yo saliese alguna vez de esta ciudad estoy seguro de que no retornaría jamás.

También hay pasajeros a los que no espera nadie. A lo sumo un conductor ojeroso que los recibe con un letrero en el que suele figurar algún nombre que parece inventado, como Westbay, Rumbold o Prenatt. No conozco a nadie que se apellide así. Son encuentros fríos. Apenas un saludo formal y el conductor le toma la maleta al viajero. Me llama la atención que nunca le piden que se identifique. Simplemente confían en que sea quien dice ser.

Pero con los que verdaderamente me identifico es con los viajeros a los que no espera ni siquiera un triste conductor. Llegan silenciosos, casi invisibles. Conozco esa sensación. A mí nunca me ha esperado nadie. Me sabe tan mal que me dan ganas de abalanzarme sobre ellos y fundirme en un sentido abrazo. No me importaría que me tomaran por loco. Todo el mundo merece que alguien lo aguarde. Al menos una vez en la vida.


Almasy©


THE POLICE: "Message in a bottle"

jueves, 18 de agosto de 2016

261. Western


Al amanecer vendrán a por nosotros. ¿Me oyes, Pucho? Y habrá que estar preparados. Ellos vendrán preparados. Sin duda se presentarán con sus pistolones largos y su maleta de odios. Querrán sorprendernos. Pensarán que somos como esos holgazanes que duermen hasta el mediodía. No se esperan que el primer rayo del sol también nos pertenece. O bien creerán que como somos hombres decentes no nos defenderemos. Que podrán pasarnos por encima sin que presentemos batalla. Pero se equivocan, Pucho, se equivocan. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí, tener lo que tenemos. Una buena mujer, lindos hijos, nuestro pedacito de tierra y un hogar al que deseamos regresar cada noche. Pensarán que pueden arrebatárnoslo de un plumazo. Que somos como esas moscas estúpidas que se posan delante de la mano de su asesino. Estarán convencidos de que agacharemos la cabeza y les abriremos la puerta para que tomen lo que no se ganaron con el sudor de su frente. ¿Me oyes, Pucho? Pero se equivocan, vaya si se equivocan. ¿O acaso tú no estás dispuesto a pararlos? ¿No te ves capaz de acabar con ellos? ¿De disparar a sus estómagos para que se desangren lentamente? ¿De estrangular sus cuellos hasta extinguir su aliento? ¡Claro que puedes, Pucho! Solo tienes que pensar en lo que tienes, en lo que amas y decidir si quieres conservarlo o prefieres dejar que se te escape de las manos. ¿Serías capaz? ¿Serías capaz de ceder sin más? Porque yo no, ¿me oyes? Yo he llorado demasiado como para dejar que todo lo que me gané a pulso, mañana se evapore porque esos hijos de mil zorras lo hayan decidido azarosamente. Podrían haber sido otros, pero nos eligieron a nosotros. Para ellos es un simple juego; pero para nosotros no. Sí, ya sé, Pucho, me dirás que para ellos es pura rutina y que nosotros somos hombres de paz, y no te falta razón. Nunca imaginamos que este momento podría llegar. Seguimos las leyes, obedecemos el código, trabajamos honradamente. Pero el momento está por llegar en unas horas y yo no pienso quedarme quieto. Tienes que ser optimista, Pucho. No siempre ganan los malos. De hecho mi papá me decía que todo hijo de puta pasa alguna vez delante de la escopeta. Solo tenemos que ser nosotros los que la amarremos fuerte y apretemos el gatillo. Sin titubeos, sin remordimientos. Todo el cargador en su barriga. Con los ojos abiertos, para que antes de irse al otro barrio vean el rostro del hombre que les quita la vida. ¿Entendiste Pucho? ¡Los ojos bien abiertos ante todo!

Almasy©


PEARL JAM: "Animal"