Ya empiezo a percibirlos de nuevo. Son los primeros signos que siguen a cualquier recesión. Aquellos que nos juramos esquivar en el futuro para no tropezar nuevamente. Yo los llamo signos de democracia anestésica. No son nada nuevos, pero aparecen y desaparecen con cierta frecuencia cíclica. Fueron muy llamativos los de los años ´20 en EEUU. Se orquestó entonces la democratización del consumo a plazos. Todo el mundo podía acceder en cómodas mensualidades al producto soñado. Era la consumación del gran sueño americano y por extensión del ser humano. El capitalismo se coronó entonces como el único sistema posible y en su versión menos salvaje -o quien sabe si todo lo contrario- pareció disponerse al alcance de todos. Y al fin y al cabo eso es lo único que nos importa. Que nos llegue nuestra porción de la tarta.
Con el tiempo el sistema se ha hecho más sutil, más ladino, la democratización anestésica ha dado un paso más. Presenta una versión mejorada. No solo se trata de poner la miel en los labios al alcance del común de los mortales, sino de inocularle mensajes esperanzadores muy frecuentemente apuntalados en la irrealidad. "Puedes hacerlo", "No te rindas", "Lucha por tus sueños", "Nada es imposible". El adocenamiento tiene la obligación de ser optimista. Además, de manera paralela, se activan los mecanismos para demonizar a todo el que ose poner en duda cualquiera de estas máximas. ¿Cómo que un ciego no puede conducir un autobús de la EMT? ¿Cómo que alguien que se marea cada vez que ve un hilo de sangre no podrá ser neurocirujano? ¿Cómo que el que reunió cuatro versos rimados en su libreta no alcanzará la gloria como poeta? ¿Quién se atreve a ponerlo en duda? ¿Quién se atreve a no luchar? ¿Acaso no ha leído usted el contrato? Hay que luchar aunque no se quiera. Hay que vivir aunque uno prefiera que lo desconecten.
Asistimos a un momento en el que la frustración, la derrota, no se contemplan, no se aceptan. Es algo que les pasa a otros. Como la muerte. Es más, no solo no se puede perder sino que resulta intolerable que te adviertan de que puedes hacerlo. El eterno perdedor -no necesariamente el eterno infeliz- se ha extinguido. La casilla de la calavera desapareció del tablero de la oca. La mamá de Bambi siempre resucita. El bondadoso capitalismo está disponiendo nuevamente las condiciones para que todos soñemos, para que todos ganemos. No voy a ser yo el que lo cuestione.
Escribo ahora, en caliente, porque es como mejor se grita. El frío es para los historiadores y para los que redactan sus memorias. Escribo ahora que prácticamente apenas he leído cuatro titulares y medio y a buen seguro me falte información de casi todo: profesor muerto a manos de un alumno de trece años en el instituto. Tocado con ballesta y rematado a cuchillo al parecer. Las primeras hipótesis apuntan a un "brote psicótico", aunque al mismo tiempo parece que la criatura llevaba tiempo planeando causar daño. Mucho daño. Que me corrijan los leguleyos y/o los loqueros si me equivoco, pero no acabo de entender muy bien cómo casa eso de planear algo y al mismo tiempo apelar a que se ha padecido un brote psicótico. ¿O se planea o se brota, no?
Lo primero y antes de cualquier otra cosa, lo fundamental, lo único fundamental hoy: mi más sentido pésame a la familia del ASESINADO. Así, con todas las letras, con brote psicótico o sin él de por medio. Lo digo sobre todo porque leeremos titulares del tipo "un profesor muerto", "un profesor fallecido"... que le resten premeditación y alevosía al asunto.
Pereza me da solo de pensar ahora en los artículos y los debates televisivos que se avecinan sobre el estado de la educación. Sobre si nuestra tarea podría considerarse o no una profesión de riesgo, sobre las posibles medidas que se deberían tomar para salvaguardarnos: detectores de metales, cámaras, psicotécnicos de todos y cada uno de nuestros alumnos... Oiremos a psicopedagogos -por norma general esos filósofos de la educación que de tanto estudiarla se olvidaron de entrar en el aula-, abogados, líderes sindicales, políticos -especialmente ahora que estamos en capilla electoral y que se pueden arañar votos prometiendo que se invertirá en educación-, defensores del menor y del adulto -que no los hay pero debería haberlos-, profesores, alumnos, representantes de asociaciones de padres, representantes de asociaciones de madres, representantes de asociaciones de padres y madres, periolistos y periolistas, y todo un conjunto de opinadores varios de esos que cada vez que abren la boca sube el pan.
Le daremos vueltas por enésima vez a la ley del menor. En gran medida inútilmente, sin duda, puesto que no hay nada que remedie el asesinato del docente y difícilmente se podrá reeducar un individuo que ha perpetrado semejante ejecución por mucho Freud y mucho Piaget que le echemos. El muerto al hoyo y el vivo al internamiento en unas instalaciones convenientemente equipadas con la correspondiente videoconsola, ordenador y conexión wifi -faltaría más-.
Rescataremos debates sobre enfermedades mentales y meteremos en el mismo saco a todos y cada uno de los trastornos, reavivando sin despeinarnos su estigmatización. Surgirán teorías justificativas y explicativas. Asistiremos a una buena recua de defensores del "es un hecho aislado", así como a algún que otro enarbolador hasta de la pena de muerte para el sujeto en cuestión. Emergerán también futurólogos de toda índole y condición: "se veía venir" -cojones, pues si se veía venir haber avisado-. Pero tranquilos, no durará más de una semana. A lo sumo cerramos con los debates de la Secta y Telahinco del sábado y domingo. Es lo que sobrevive una noticia en la sociedad del siglo XXI. Se dará carpetazo con un estupendo montaje audiovisual y comentarios definitivos de cuatro contertulios de tasca televisiva.
Pasados siete días el asunto es historia y el muerto un finado más para la saca. Todo el mundo dejará de preguntarse si el estado de la educación es el que debería. Si los recortes de los últimos años contribuyen a que la atención de nuestros alumnos sea peor. Si el hecho de haber sumado horas y ratio nos permite conocer realmente el material humano con el que trabajamos. Si en mejores condiciones podríamos anticiparnos, prevenir, reconducir más y mejor, derivar a los profesionales más oportunos en el momento adecuado -hay multitud de jóvenes en servicios de salud mental que en el mejor de los casos tienen consulta una vez al mes-. Si estamos o no convenientemente formados para abordar la multiplicidad de situaciones anormales que se nos presentan a diario -por favor, no tomemos por normal lo que solo es habitual-. Si la sociedad reconoce o no nuestra tarea como merecemos. Y aunque suene frívolo en este momento de dolor insisto en que esta sociedad solo asocia reconocimiento con montante salarial. Olvidaremos también si habría que supervisar más y mejor la responsabilidad de ser padres -los controles a los propietarios de animales son francamente superiores a los que se realizan a un progenitor- y dejaremos de cuestionarnos sobre si el objetivo de la educación es crear buenos competidores o buenas personas.
Está mal que yo lo diga, pero lo cierto es que me considero un buen observador de la realidad. Tal vez por mis genes. Quién sabe si por mi educación. Desconozco si achacarlo a mi pasión por contar historias. A buen seguro que por una buena mezcla de todas ellas o sencillamente por obra y gracia del azar que nos gobierna. El caso es que la semana pasada encaminé mis pasos hacia uno de esos museos extraños en los que se exponen libros y la gente incluso los lee. Bibliotecas creo que los llaman. Suelen ser locales en los que se me despiertan sensaciones amables. La luz, el silencio contenido, el olor a celulosa y un sinfín de seres y estares tremendamente variopinto.
Está, por ejemplo, el opositor. Se le reconoce fácilmente. Bebe agua a sorbitos cada cinco minutos, dispone sus pilas de folios ordenadamente y se vale de cientos de etiquetitas y subrayadores fluorescentes con los que detectar los contenidos más destacados. Los contempla taciturno, seguramente vislumbrando más allá de la tinta china ese trabajo estable de por vida del que tanto le hablan papá y mamá. Unos clásicos son también los devoralibros. Especímenes adictos al papel impreso. Yonkis de historias para los que las bibliotecas de barrio pronto se quedan pequeñas. Necesitan más. Siempre necesitan más.
No pueden faltar tampoco las tontas del bote. Versión pijas o versión poligoneras según se ubique la biblioteca. Dejan su carpeta a primera hora de la tarde. Entran, salen, ríen, consultan el móvil. Consultan el móvil, entran, salen, ríen. Consultan el móvil. Consultan el móvil. Luego les cuentan a sus profesores que no entienden por qué suspenden si pasan tantas horas en la biblioteca. Y no mienten. Simplemente ignoran que pasar no es suficiente. ¡Y qué decir de los papás que deambulan detrás de sus niños! "Devuelve esa película a su estante. Deja ese libro en su sitio. No cojas tantos. Con cuidado que lo tiene que leer otro niño después de ti. De uno en uno, de uno en uno. No, ese no va ahí. Vamos cariño, a los deberes, que mañana la de mates seguro que te los pregunta. Para, para, para, para ya. Te va a regañar el señor como no te estés quieto".
Habituales también son los jubilados. Los menos inquietos se conforman con echar un vistazo al Marca y mirarle las piernas a la bibliotecaria. Los hay también sesudos consumidores de ejemplares que parecen querer recuperar el tiempo perdido. La novela que no leí aquel verano. El libro de poemas que no recité a mi enamorada. El ensayo para el que nunca encontraba el momento a la vuelta del trabajo.
Precisamente el otro día coincidí con dos que parecían discutir en lenguaje de sordos. Me volví a topar con ellos a la salida y pegué la oreja mientras abandonábamos el recinto. Ya sin un silencio que respetar se despachaban a gusto:
-¿Que por qué hizo Dalí lo que hizo? ¡Porque no le hizo ni puto caso ni a su padre ni a sus maestros!
-Claro que sí, hombre, el tutelaje mata la creatividad.
-Verá, la señora me ha dicho que limpie los estantes
superiores de la librería. Siempre se acumula polvo en los estantes superiores.
-Claro, claro, a mí no me interrumpe en absoluto.
Ingresó timorata en el cuarto. Extrañamente al señor no
le gustaba la luz natural. Las persianas estaban completamente bajadas y solo
el albor que despedía la pantalla del ordenador iluminaba la escena.
-Si quiere puede encender la luz. Ya sabe que a mí me
gusta escribir casi a oscuras, pero entiendo que usted la necesite.
-Será solo un instante, se lo prometo. No tardo nada.
Sin embargo, procedió con calma, sorteando con el plumero
los marcos de fotografías hasta alcanzar los libros. Recorrió con la mirada
cada uno de ellos, subiendo y bajando cada ejemplar como si de una montaña rusa
se tratase. Agradecía que no estuviesen ordenados por tamaño. Iba contra
natura. Solo se mostró esquiva con un pequeño ejemplar de tapas blandas que se
escondía en la última balda. Cada vez que acababa de desempolvar una hilera
completa suspiraba discretamente y echaba un vistazo al ordenador. Todo
apuntaba a que el señor había dejado de advertir su presencia. Parecía
cautivado por las diecisiete pulgadas del equipo. De reojo alcanzó a contemplar
un documento prácticamente en blanco. Apenas una frase en mayúsculas. A buen
seguro que un título. El señor no reaccionaba. Sus dedos inmóviles, posados
sobre el teclado. Inertes, contenidos y al mismo tiempo deseosos de echar a
correr. Pasó un paño ligeramente húmedo por la mesa y dio por concluida su
labor.
Cada año me fijo el reto de aprenderme todos y cada uno de los nombres y apellidos de los alumnos del instituto. Al fin y al cabo creo que es parte de mi trabajo. Nunca lo consigo, aunque apostaría a que alcanzo las tres cuartas partes al menos. Se me suelen resistir los alumnos de clase media. Esos que no destacan ni por arriba ni por abajo. Que no sacan dieces ni unos. Que no ganan concursos escolares pero tampoco engrosan las estadísticas de conductas contrarias a la normas de convivencia. Que no visitan mi despacho para nada bueno. Que no visitan mi despacho para nada malo.
A veces me los encuentro por la calle y acostumbran a saludarme calurosamente. Sus miradas parecen decir: "¿Sabes quién soy?". Es entonces cuando me esfuerzo en aprenderme sus nombres, sus apellidos, en preguntar a sus tutores cómo les van las cosas, en poner cara a unos padres que a buen seguro son tan invisibles como ellos. Reconozco que me siento hasta culpable. Por no haber hecho el esfuerzo antes. Por no haberlo hecho mejor. Por permitir que los extremos hayan secuestrado toda mi atención.
Con evidente cansancio dejó apoyado su bastón junto a las escaleras que
daban acceso al desván y tomó aire. Llevaría no menos de veinte años sin subir
allí. Con paso desigual ascendió cada uno de los peldaños hasta llegar a la
trampilla. Dispuso las palmas de las manos sobre esta y la deslizó hacia
arriba. A punto estuvo de caerse cuando una nube de polvo aterrizó en su
rostro. Sin embargo, consiguió cerrar los ojos y resistir el envite. Lentamente accedió a
un habitáculo en el que reinaba la oscuridad. Solo a unos cuatro metros de
distancia se adivinaban una especie de hojas de madera que parecían cobijar un
ventanuco. Casi a tientas llegó hasta ellas y las abrió con dificultad. Fue
entonces un haz de luz el que volvió a incomodar su visión. Liberado de las
tinieblas echó un vistazo general y descubrió multitud de objetos que le traían
grandes recuerdos. Empero, una pequeña maleta de apenas dos cuartas de longitud
cautivó su atención. Se acercó hasta ella titubeante y se arrodilló con
parsimonia hasta que asió con sendas manos sus dos hebillas
oxidadas. Suavemente las liberó de sus correas de cuero ennegrecido y levantó
la tapa. Esbozó una sonrisa inquieta y con sumo cuidado paseó sus manos por el
interior. Su primera parada fue una deshilachada peluca que se llevó hasta
tapar su despoblada cabellera. A continuación reparó en su vieja narizota roja
de látex. Todavía conservaba una casi imperceptible goma que apenas incomodó
sus orejas. Seguidamente tomó el lápiz de labios y el diminuto estuche de maquillaje.
Con asombro descubrió que retenían aquellos vivos colores de las grandes noches.
Por último, cogió su eterno espejo de mano y al tiempo que se incorporaba sintió el enérgico bombeo de su corazón.