viernes, 12 de junio de 2015

238. Democracia anestésica


Ya empiezo a percibirlos de nuevo. Son los primeros signos que siguen a cualquier recesión. Aquellos que nos juramos esquivar en el futuro para no tropezar nuevamente. Yo los llamo signos de democracia anestésica. No son nada nuevos, pero aparecen y desaparecen con cierta frecuencia cíclica. Fueron muy llamativos los de los años ´20 en EEUU. Se orquestó entonces la democratización del consumo a plazos. Todo el mundo podía acceder en cómodas mensualidades al producto soñado. Era la consumación del gran sueño americano y por extensión del ser humano. El capitalismo se coronó entonces como el único sistema posible y en su versión menos salvaje -o quien sabe si todo lo contrario- pareció disponerse al alcance de todos. Y al fin y al cabo eso es lo único que nos importa. Que nos llegue nuestra porción de la tarta.

Con el tiempo el sistema se ha hecho más sutil, más ladino, la democratización anestésica ha dado un paso más. Presenta una versión mejorada. No solo se trata de poner la miel en los labios al alcance del común de los mortales, sino de inocularle mensajes esperanzadores muy frecuentemente apuntalados en la irrealidad. "Puedes hacerlo", "No te rindas", "Lucha por tus sueños", "Nada es imposible". El adocenamiento tiene la obligación de ser optimista. Además, de manera paralela, se activan los mecanismos para demonizar a todo el que ose poner en duda cualquiera de estas máximas. ¿Cómo que un ciego no puede conducir un autobús de la EMT? ¿Cómo que alguien que se marea cada vez que ve un hilo de sangre no podrá ser neurocirujano? ¿Cómo que el que reunió cuatro versos rimados en su libreta no alcanzará la gloria como poeta? ¿Quién se atreve a ponerlo en duda? ¿Quién se atreve a no luchar? ¿Acaso no ha leído usted el contrato? Hay que luchar aunque no se quiera. Hay que vivir aunque uno prefiera que lo desconecten.

Asistimos a un momento en el que la frustración, la derrota, no se contemplan, no se aceptan. Es algo que les pasa a otros. Como la muerte. Es más, no solo no se puede perder sino que resulta intolerable que te adviertan de que puedes hacerlo. El eterno perdedor -no necesariamente el eterno infeliz- se ha extinguido. La casilla de la calavera desapareció del tablero de la oca. La mamá de Bambi siempre resucita. El bondadoso capitalismo está disponiendo nuevamente las condiciones para que todos soñemos, para que todos ganemos. No voy a ser yo el que lo cuestione.

Almasy©


Fito & Fitipaldis: "Que me arrastre el viento" (asesorado por AGF)




lunes, 18 de mayo de 2015

237. ¿Podremos o no Podremos?

Como ya es tradición en esta bitácora, justo antes de algún proceso electoral cae una entrada de política. Y mira que suelo decir que no me gusta, pero siempre acabo sucumbiendo. Y no me gusta no tanto porque no me interese, sino porque en estos lares soy como con los afectos: me enamoro y me desenamoro rápido. Hay quienes en este terreno me acusan de frívolo, de tibio, de interesado, de ambiguo, de falto de posicionamiento. Nada más lejos de la realidad. Con ánimo de presumir, conozco bastante mejor todo lo que atañe al mundo de la política y de las ideologías -que no es lo mismo- que la mayoría de los que me invita a que "vote a..." o "no vote a...". De hecho, mi abstencionismo de los últimos años ha sido activamente consciente, ingenuamente poseído por la idea de que mi "no voto" podría contribuir a dejar escaños vacíos. En resumidas cuentas, que no es que prefiera emplear el domingo con los amigotes, sino que si no voto es porque mi escroto así lo ha determinado. Y mira que lo combato, mira que le repito que hay que tomar partido -nunca mejor dicho-, que hay que subirse a algún barco, navegar con un rumbo concreto. Pero me puede mi alma pirata. Ese espíritu libre -o esclavo, según se mire- que tampoco me deja creer en Dios ni en la bondad humana. No soporto habitar siempre la misma nave, recibir órdenes del mismo capitán, remar con los mismo marineros. Ese es mi sino y mi destino.

En esta ocasión, sin embargo, la cosa pinta diferente. Estoy tentado a acudir a las urnas. Más tentado que nunca, lo reconozco. El panorama es más variado y esto necesariamente implica más divertido. Los responsables no son otros que los de Podemos, no se puede negar. Independientemente de que los ames, los odies o te resulten indiferentes son los que han meneado la coctelera. UPyD y Ciudadanos entre otros se reclaman también como neófitos agitadores, pero el caso es que el DNI les traiciona. Unos del 2007 y los otros del 2006. Y hasta la fecha, más bien poco que contar. En el caso de UPyD, algún feliz discurso de Savater, que a la vista del percal se ha especializado solo en conferenciar, alguna intervención cañera de la Díez en el parlamento y más de una y más de dos salidas de tono tuiteras del Cantó para darle sabor a la vida. Y por lo que se refiere a Ciudadanos el posadito de Rivera ligero de ropa en un cartel electoral y... el posadito de Rivera ligero de ropa en un cartel electoral. Vamos, que unos y otros deberían tatuarse las siglas de Podemos a modo de agradecimiento -entenderíamos que fuese en un lugar oculto de su anatomía-.

Podemos ha sido una formación vertiginosa en todos los sentidos. Hasta para sus crisis. Nació al rebufo del 15-M, movimiento con muchos aspectos positivos, pero también negativos. En torno a él no solo protestó gente que quería cambiar el sistema, sino también mucha a la que el sistema no le reportaba los beneficios esperados, lo cual es muy distinto. Tampoco nos engañemos pensando en que los fundadores de Podemos tienen algo que ver con las personas a las que pretenden atraer a la causa. Son profesores de universidad en su mayoría, y les aseguro que un profesor de universidad dista milenios de la realidad de un obrero de la construcción o una empleada del hogar. Digamos que en el mejor de los casos manejan convenientemente la empatía, pero no sería de justicia poner a generales y huestes en el mismo nivel de sufrimiento. Desconfío además, y esto no es privativo de Podemos, de aquellos políticos que insisten en las propiedades que no tienen, los ocios que no gastan, las excentricidades de las que se apartan. Los clásicos, que tenían una locución para casi todo, lo resumían a las mil maravillas: "Excusatio non petita, accusatio manifesta". Y es que una cosa es la transparencia y otra el contumaz anhelo por dar un supuesto ejemplo a todas horas del día. Yo personalmente no lo necesito.

Otro punto débil de Podemos es el viraje de su programa al hilo de los acontecimientos. Todos lo hacen, es cierto, pero le ha hecho confundirse con aquellos de los que decía apartarse. Aunque no me pondré especialmente exquisito en este terreno si intento imaginar el acto fundacional del partido: los Iglesias, Errejón, Monedero y compañía un día a la salida de la facultad tomando cervezas en una cantina y lanzando soflamas bolivarianas entre ronda y ronda hasta que en el caliente etílico alguno pronunció: "¿A que no hay cojones a presentarse a las Europeas?". Y vaya si los hubo. Y vaya si salió bien. Pero hete aquí que la cosa se pone seria y ahora se han encontrado con un juego en el que las normas son las que son. Y el panorama indica que va a tocar pactar. Siempre ha sido así, pero las malditas mayorías absolutas nos impedían recordarlo. ¿Y cómo pactas ahora con aquel que llamaste casta? O mejor, ¿cómo explicas a los que te abrazaron por tu autenticidad y tu bendito radicalismo que te subes al carro? El juego de la política es muchas veces sucio, hostil, invita a callar, a estrechar hoy la mano del que ayer maldijiste, a tomar decisiones impopulares. No siempre es conseguir la canasta ganadora en el último segundo, recibir el MVP y hacerse la foto. Toca robar balones y, llegado el caso, zafarse en la zona con la más fea.

Sin embargo, a pesar de todos estos peros creo que es de justicia rescatar sus virtudes. La primera que desde hace años no veíamos otra liga que no fuesen a ganar el Madrid o el Barcelona. No solo se ha convertido en un aspirante al título, sino que, como ya he referido, ha revitalizado a todos los que estaban en el banquillo. En los últimos meses hemos contemplado que algunos -si no muchos- se estén poniendo nerviosos, muy nerviosos. De lo contrario no se explica el revuelo mediático por temas que vistos en perspectiva no son comparables. A mí por lo menos no me lo parece. Por ejemplo, que Monedero acomode la declaración de la renta para su beneficio creo que está a tres mil millones de años luz de tramas como la Púnica, la Gurtel, la financiación irregular de un partido o los ERES. Sería una falta en el medio del campo sin trascendencia frente a un hachazo dentro del área de penalti, roja directa e inabilitación de por vida, por aquello de seguir con el símil deportivo. Eso sin mencionar que todos los españoles, como es bien sabido, declaran religiosamente sus bienes, proceden en todo momento a facturar con IVA y jamás han recibido un solo euro en negro por ninguno de sus trabajos. Ni siquiera cuando ejercían de canguro de los niños de la vecina. Lo cierto es que algunos presentan estos deslices como la que se nos puede avecinar si estos gobiernan, pero eso es solo porque estaban en la inopia cuando su profesor de filosofía explicaba cómo allá en tiempos de Aristóteles se formulaba aquello de la potencia (lo que puede ser) y el acto (lo que es). Hablando en plata, que el PPOE son acto (consumado, para más señas) y Podemos sería potencia (lo que puede ser pero todavía no es). De hecho, y poniéndonos en el peor de los casos: que roben como los anteriores, creo que tenemos derecho a dejar que nos roben otros. Aunque solo sea por higiene facial. Vamos, que los miembros del PPOE serían como los jugadores de toda la vida y los de Podemos el mercado de verano, esos que engordan portadas del Marca e ilusionan al aficionado de turno.

Para terminar concluyo con una anécdota de la que en cierta medida también es responsable Podemos. El pasado domingo visitando los Madriles -los de provincias aterrizamos alguna que otra vez por la capital para sentir que viajamos- pegué la oreja a una conversación de tres parejas que consumían algo en una terraza de esas que te soplan 5 euros por un café -a los habituados al 1´10 nos entra hasta cierto mareo-. Comentaban su intención de voto y me llamó poderosamente la atención la de la mayoría: Cifuentes a la Comunidad y Carmena al Ayuntamiento. Lo que podría parecer una contradicción a mí sin embargo me resultó conmovedor. Tal vez Podemos también sea responsable de hacer tambalear las filias vitalicias e inalterables. De que no entendamos el terreno de la política como el del fútbol. Del Madrid seré toda mi vida, pero en ningún sitio está escrito que no pueda alterar mi voto, cambiar de opinión, votar hoy PP, mañana Podemos y pasado el Frente Popular de Judea si se me antoja. En determinados foros se vende como una virtud lo de "militante de toda la vida" y qué quieren que les diga, a mí, amén de aburrido, me parece hasta peligroso. Yo soy yo y mis contradicciones, suelo decir, y no ha nacido ni el guapo ni la guapa que me vaya a imponer un kit completo del que no me pueda salir. 

Una de historia para terminar, que es lo mío: siempre comento a mis alumnos que inmediatamente después de la IIGM Winston Churchill, el gran héroe británico, el defensor de las islas de la amenaza nazi, la persona que habrá dado nombre a cientos de plazas y miles de calles en el Reino Unido, no ganó las elecciones. El electorado debió entender que había sido un gran dirigente para la guerra, pero que para la paz convenía introducir aires renovados.

Almasy©




ALASKA & DINARAMA: "A quién le importa"



lunes, 20 de abril de 2015

236. #Jesuisprofesseur


Escribo ahora, en caliente, porque es como mejor se grita. El frío es para los historiadores y para los que redactan sus memorias. Escribo ahora que prácticamente apenas he leído cuatro titulares y medio y a buen seguro me falte información de casi todo: profesor muerto a manos de un alumno de trece años en el instituto. Tocado con ballesta y rematado a cuchillo al parecer. Las primeras hipótesis apuntan a un "brote psicótico", aunque al mismo tiempo parece que la criatura llevaba tiempo planeando causar daño. Mucho daño. Que me corrijan los leguleyos y/o los loqueros si me equivoco, pero no acabo de entender muy bien cómo casa eso de planear algo y al mismo tiempo apelar a que se ha padecido un brote psicótico. ¿O se planea o se brota, no? 

Lo primero y antes de cualquier otra cosa, lo fundamental, lo único fundamental hoy: mi más sentido pésame a la familia del ASESINADO. Así, con todas las letras, con brote psicótico o sin él de por medio. Lo digo sobre todo porque leeremos titulares del tipo "un profesor muerto", "un profesor fallecido"... que le resten premeditación y alevosía al asunto. 

Pereza me da solo de pensar ahora en los artículos y los debates televisivos que se avecinan sobre el estado de la educación. Sobre si nuestra tarea podría considerarse o no una profesión de riesgo, sobre las posibles medidas que se deberían tomar para salvaguardarnos: detectores de metales, cámaras, psicotécnicos de todos y cada uno de nuestros alumnos... Oiremos a psicopedagogos -por norma general esos filósofos de la educación que de tanto estudiarla se olvidaron de entrar en el aula-, abogados, líderes sindicales, políticos -especialmente ahora que estamos en capilla electoral y que se pueden arañar votos prometiendo que se invertirá en educación-, defensores del menor y del adulto -que no los hay pero debería haberlos-, profesores, alumnos, representantes de asociaciones de padres, representantes de asociaciones de madres, representantes de asociaciones de padres y madres, periolistos y periolistas, y todo un conjunto de opinadores varios de esos que cada vez que abren la boca sube el pan.

Le daremos vueltas por enésima vez a la ley del menor. En gran medida inútilmente, sin duda, puesto que no hay nada que remedie el asesinato del docente y difícilmente se podrá reeducar un individuo que ha perpetrado semejante ejecución por mucho Freud y mucho Piaget que le echemos. El muerto al hoyo y el vivo al internamiento en unas instalaciones convenientemente equipadas con la correspondiente videoconsola, ordenador y conexión wifi -faltaría más-.

Rescataremos debates sobre enfermedades mentales y meteremos en el mismo saco a todos y cada uno de los trastornos, reavivando sin despeinarnos su estigmatización. Surgirán teorías justificativas y explicativas. Asistiremos a una buena recua de defensores del "es un hecho aislado", así como a algún que otro enarbolador hasta de la pena de muerte para el sujeto en cuestión. Emergerán también futurólogos de toda índole y condición: "se veía venir" -cojones, pues si se veía venir haber avisado-.

Pero tranquilos, no durará más de una semana. A lo sumo cerramos con los debates de la Secta y Telahinco del sábado y domingo. Es lo que sobrevive una noticia en la sociedad del siglo XXI. Se dará carpetazo con un estupendo montaje audiovisual y comentarios definitivos de cuatro contertulios de tasca televisiva.

Pasados siete días el asunto es historia y el muerto un finado más para la saca. Todo el mundo dejará de preguntarse si el estado de la educación es el que debería. Si los recortes de los últimos años contribuyen a que la atención de nuestros alumnos sea peor. Si el hecho de haber sumado horas y ratio nos permite conocer realmente el material humano con el que trabajamos. Si en mejores condiciones podríamos anticiparnos, prevenir, reconducir más y mejor, derivar a los profesionales más oportunos en el momento adecuado -hay multitud de jóvenes en servicios de salud mental que en el mejor de los casos tienen consulta una vez al mes-. Si estamos o no convenientemente formados para abordar la multiplicidad de situaciones anormales que se nos presentan a diario -por favor, no tomemos por normal lo que solo es habitual-. Si la sociedad reconoce o no nuestra tarea como merecemos. Y aunque suene frívolo en este momento de dolor insisto en que esta sociedad solo asocia reconocimiento con montante salarial. Olvidaremos también si habría que supervisar más y mejor la responsabilidad de ser padres -los controles a los propietarios de animales son francamente superiores a los que se realizan a un progenitor- y dejaremos de cuestionarnos sobre si el objetivo de la educación es crear buenos competidores o buenas personas. 

Amo mi profesión sobre todas las cosas. Creo que es lo único que sé hacer bien. Y lo voy a seguir haciendo con entusiasmo. No sé hacerlo de otra manera. He tenido, tengo y espero tener en el futuro alumnos maravillosos. La inmensa mayoría. De los que se dejan enseñar y de los que aprendo. Me siento respetado la mayor parte del tiempo -es cierto que he trabajado mucho para que así sea- y afortunadamente la mayor parte de mis días como docente son fascinantes. Pero hoy estoy dolido. Y enfadado. Sé que a diario ocurren atrocidades varias en la mayoría de los lugares del planeta con los que aterrizar en el lecho inundado en lágrimas, pero hoy mi escudo se ha resquebrajado. Pienso en ese interino feliz porque le llegaba la oportunidad de trabajar. Pocos conocen las penurias de este colectivo, sobre todo en los últimos 5 años. Lo veo acudiendo al rescate y encontrándose inesperadamente con la muerte. Contemplo las caras de esos alumnos asistiendo a la masacre, así como las del resto de los profesores. Todos preguntándose que les podía haber tocado a ellos. Escucho los móviles de los padres, enloqueciendo con las noticias turbias que llegarían en los primeros compases, agonizando solo de pensar que podía ser su hijo: "Que no le toque a nadie, pero si tiene que ser alguno, que no sea el mío. Que no sea el mío, por favor". 

Almasy©



Chopin: "Marcha fúnebre"

miércoles, 18 de marzo de 2015

235. En el museo de libros


Está mal que yo lo diga, pero lo cierto es que me considero un buen observador de la realidad. Tal vez por mis genes. Quién sabe si por mi educación. Desconozco si achacarlo a mi pasión por contar historias. A buen seguro que por una buena mezcla de todas ellas o sencillamente por obra y gracia del azar que nos gobierna. El caso es que la semana pasada encaminé mis pasos hacia uno de esos museos extraños en los que se exponen libros y la gente incluso los lee. Bibliotecas creo que los llaman. Suelen ser locales en los que se me despiertan sensaciones amables. La luz, el silencio contenido, el olor a celulosa y un sinfín de seres y estares tremendamente variopinto. 

Está, por ejemplo, el opositor. Se le reconoce fácilmente. Bebe agua a sorbitos cada cinco minutos, dispone sus pilas de folios ordenadamente y se vale de cientos de etiquetitas y subrayadores fluorescentes con los que detectar los contenidos más destacados. Los contempla taciturno, seguramente vislumbrando más allá de la tinta china ese trabajo estable de por vida del que tanto le hablan papá y mamá.

Unos clásicos son también los devoralibros. Especímenes adictos al papel impreso. Yonkis de historias para los que las bibliotecas de barrio pronto se quedan pequeñas. Necesitan más. Siempre necesitan más.

No pueden faltar tampoco las tontas del bote. Versión pijas o versión poligoneras según se ubique la biblioteca. Dejan su carpeta a primera hora de la tarde. Entran, salen, ríen, consultan el móvil. Consultan el móvil, entran, salen, ríen. Consultan el móvil. Consultan el móvil. Luego les cuentan a sus profesores que no entienden por qué suspenden si pasan tantas horas en la biblioteca. Y no mienten. Simplemente ignoran que pasar no es suficiente.

¡Y qué decir de los papás que deambulan detrás de sus niños! "Devuelve esa película a su estante. Deja ese libro en su sitio. No cojas tantos. Con cuidado que lo tiene que leer otro niño después de ti. De uno en uno, de uno en uno. No, ese no va ahí. Vamos cariño, a los deberes, que mañana la de mates seguro que te los pregunta. Para, para, para, para ya. Te va a regañar el señor como no te estés quieto".

Habituales también son los jubilados. Los menos inquietos se conforman con echar un vistazo al Marca y mirarle las piernas a la bibliotecaria. Los hay también sesudos consumidores de ejemplares que parecen querer recuperar el tiempo perdido. La novela que no leí aquel verano. El libro de poemas que no recité a mi enamorada. El ensayo para el que nunca encontraba el momento a la vuelta del trabajo.

Precisamente el otro día coincidí con dos que parecían discutir en lenguaje de sordos. Me volví a topar con ellos a la salida y pegué la oreja mientras abandonábamos el recinto. Ya sin un silencio que respetar se despachaban a gusto:

-¿Que por qué hizo Dalí lo que hizo? ¡Porque no le hizo ni puto caso ni a su padre ni a sus maestros!

-Claro que sí, hombre, el tutelaje mata la creatividad.

-Yo lo tengo claro. Si quieres ser feliz, si quieres llegar lejos, no le tienes que hacer ni puto caso a nadie.

Almasy©


HÉROES DEL SILENCIO: "La chispa adecuada"


sábado, 14 de marzo de 2015

234. La fámula


-¿Molesto?

-No, no, pase Elsa, por favor.

-Verá, la señora me ha dicho que limpie los estantes superiores de la librería. Siempre se acumula polvo en los estantes superiores.

-Claro, claro, a mí no me interrumpe en absoluto.

Ingresó timorata en el cuarto. Extrañamente al señor no le gustaba la luz natural. Las persianas estaban completamente bajadas y solo el albor que despedía la pantalla del ordenador iluminaba la escena.

-Si quiere puede encender la luz. Ya sabe que a mí me gusta escribir casi a oscuras, pero entiendo que usted la necesite.

-Será solo un instante, se lo prometo. No tardo nada.

Sin embargo, procedió con calma, sorteando con el plumero los marcos de fotografías hasta alcanzar los libros. Recorrió con la mirada cada uno de ellos, subiendo y bajando cada ejemplar como si de una montaña rusa se tratase. Agradecía que no estuviesen ordenados por tamaño. Iba contra natura. Solo se mostró esquiva con un pequeño ejemplar de tapas blandas que se escondía en la última balda. Cada vez que acababa de desempolvar una hilera completa suspiraba discretamente y echaba un vistazo al ordenador. Todo apuntaba a que el señor había dejado de advertir su presencia. Parecía cautivado por las diecisiete pulgadas del equipo. De reojo alcanzó a contemplar un documento prácticamente en blanco. Apenas una frase en mayúsculas. A buen seguro que un título. El señor no reaccionaba. Sus dedos inmóviles, posados sobre el teclado. Inertes, contenidos y al mismo tiempo deseosos de echar a correr. Pasó un paño ligeramente húmedo por la mesa y dio por concluida su labor.

-Es con “b”.

-¿Cómo dice Elsa?

-Digo que “rebelión” es con “b”.


Almasy©


Vetusta Morla: "Fuego"

sábado, 28 de febrero de 2015

233. La clase media


Cada año me fijo el reto de aprenderme todos y cada uno de los nombres y apellidos de los alumnos del instituto. Al fin y al cabo creo que es parte de mi trabajo. Nunca lo consigo, aunque apostaría a que alcanzo las tres cuartas partes al menos. Se me suelen resistir los alumnos de clase media. Esos que no destacan ni por arriba ni por abajo. Que no sacan dieces ni unos. Que no ganan concursos escolares pero tampoco engrosan las estadísticas de conductas contrarias a la normas de convivencia. Que no visitan mi despacho para nada bueno. Que no visitan mi despacho para nada malo.

A veces me los encuentro por la calle y acostumbran a saludarme calurosamente. Sus miradas parecen decir: "¿Sabes quién soy?". Es entonces cuando me esfuerzo en aprenderme sus nombres, sus apellidos, en preguntar a sus tutores cómo les van las cosas, en poner cara a unos padres que a buen seguro son tan invisibles como ellos. Reconozco que me siento hasta culpable. Por no haber hecho el esfuerzo antes. Por no haberlo hecho mejor. Por permitir que los extremos hayan secuestrado toda mi atención. 

En ese preciso instante en el que me invade la desazón, intento recordar momentos en los que me los haya cruzado en algún pasillo, camino de alguna clase, abandonando el centro cuando la campana determina el final de la jornada. Reparo en lo poco que he pensado en ellos. En cómo su suerte podría mejorar sensiblemente si les diésemos el protagonismo oportuno. Me pregunto si estarán sufriendo. Si necesitarán algo. Barajo hasta la hipótesis de que se mueven en el cinco tal vez porque nadie los ha dinamitado hasta el siete. Total, si no van a quejarse. Nunca lo hacen. Se dedican a contemplar en silencio cómo entregamos todo nuestro tiempo a los moradores de cielos e infiernos. Siempre en silencio.

Almasy©
Quique González: "Clase media"

domingo, 22 de febrero de 2015

232. La habitación de la infancia


Con evidente cansancio dejó apoyado su bastón junto a las escaleras que daban acceso al desván y tomó aire. Llevaría no menos de veinte años sin subir allí. Con paso desigual ascendió cada uno de los peldaños hasta llegar a la trampilla. Dispuso las palmas de las manos sobre esta y la deslizó hacia arriba. A punto estuvo de caerse cuando una nube de polvo aterrizó en su rostro. Sin embargo, consiguió cerrar los ojos y resistir el envite. Lentamente accedió a un habitáculo en el que reinaba la oscuridad. Solo a unos cuatro metros de distancia se adivinaban una especie de hojas de madera que parecían cobijar un ventanuco. Casi a tientas llegó hasta ellas y las abrió con dificultad. Fue entonces un haz de luz el que volvió a incomodar su visión. Liberado de las tinieblas echó un vistazo general y descubrió multitud de objetos que le traían grandes recuerdos. Empero, una pequeña maleta de apenas dos cuartas de longitud cautivó su atención. Se acercó hasta ella titubeante y se arrodilló con parsimonia hasta que asió con sendas manos sus dos hebillas oxidadas. Suavemente las liberó de sus correas de cuero ennegrecido y levantó la tapa. Esbozó una sonrisa inquieta y con sumo cuidado paseó sus manos por el interior. Su primera parada fue una deshilachada peluca que se llevó hasta tapar su despoblada cabellera. A continuación reparó en su vieja narizota roja de látex. Todavía conservaba una casi imperceptible goma que apenas incomodó sus orejas. Seguidamente tomó el lápiz de labios y el diminuto estuche de maquillaje. Con asombro descubrió que retenían aquellos vivos colores de las grandes noches. Por último, cogió su eterno espejo de mano y al tiempo que se incorporaba sintió el enérgico bombeo de su corazón.

Almasy©


Alegría (Circo del Sol)