GRUPO ENCANTO: "Soy una taza"
domingo, 26 de octubre de 2014
222. La taza (nº 1 serie de microrrelatos)
domingo, 19 de octubre de 2014
221. El campo es ciudad
Y razón no le faltaba, pues la mayoría de los signos de identidad de los pueblos han ido perdiéndose a marchas forzadas en un manifiesto proceso de equiparación con la ciudad. Sin ir más lejos pienso en el mío y analizo cada uno de los indicadores que refuerzan esta teoría. Las calles, por ejemplo, ya no huelen a boñiga de vaca. De hecho, los pocos que conservan reses han tenido que convertirse prácticamente en ganaderos profesionales ajenos a la cuadra de antaño y adictos a las naves de explotación. De igual modo que los agricultores, que han tenido que elegir entre vender todas sus tierras o dedicarse cual latifundistas al negocio de la siembra y la cosecha. Y es que el siglo XXI no permite medias tintas. Como diría mi poeta de cabecera, Batania, "aquí se juega a trueno o no se juega a nada".
Evoco también la matanza en las casas, prácticamente extinguida por obra y gracia de las llamadas autoridades sanitarias. Ahora todo pasa por rigurosos controles veterinarios y mataderos debidamente legalizados en los que nos comentan que, a diferencia de los hogares particulares, el animal "no sufre" y "es convenientemente analizado". El caso es que yo fui testigo de matanzas en casa de mis dos parejas de abuelos y jamás me atrevería a afirmar que había saña asesina alguna en aquellos actos. Nadie disfrutaba con el sacrificio en sí mismo, simplemente se celebraba que se tenían viandas para llevarse a la boca durante buena parte del año y que amigos y familiares se reunían para llevar la empresa a buen puerto.
Y qué decir de la juventud, para la que los usos y costumbres populares pasaron a la historia. Los jóvenes de los pueblos visten como los de las ciudades, hablan como los de las ciudades, son adictos al móvil como los de las ciudades y se divierten con el mismo botellón que los de las ciudades. Si me apuran incluso más y mejor que los de las ciudades, pues aún sienten que tienen que demostrar un punto extra de civilización para quitarse el posible complejo de paletos que todavía sobrevuela sus cabezas. Complejo infundado, todo sea dicho, pues si yo he visto paletos de relumbrón ha sido en las urbes.
Sin embargo, a pesar de que las distancias se hayan estrechado hasta prácticamente su desaparición, todavía permanecen algunos vestigios del pasado que lo reconfortan a uno. Adoro por ejemplo seguir escuchando las campanas tocando a misa y que todo acto que se precie continúe rodeándose de algún tipo de ceremonia religiosa que lo oficialice y ampare. Y mira que no soy creyente, no tanto porque no quiera, que quiero, como que no puedo. No me sale.
Me atrapa también cómo se insiste en ir al caño a por agua pese a que se nos jure y perjure que la del grifo es perfectamente potable. Las calles vacías en invierno y concurridas en verano, el calor reconcentrado en las cocinas de las casas, el frío penetrante en cuanto septiembre expira, los humeros de algunos nostálgicos haciendo uso de la chimenea, los anuncios en papel para ser expuestos en la plaza mayor con rotundos "RAZÓN" de los anunciantes y las eternas tertulias a la salida de la iglesia, lugar que en los pueblos sigue siendo mucho más que un lugar de culto. Es también centro de socialización, de pasarela de moda y de aireo de chismes, de previa imprescindible al vermut que anticipa la comida del domingo y de más de uno y más de dos comentarios que deberían pasar a la posteridad: "Pa vender las tierras, las tienes que tener de fuelga, porque como las tengas arrendadas a lo mejor el paisano no quiere marchar y no te las compran".
Almasy©
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MARÍA OSTIZ: "Un pueblo es"
miércoles, 8 de octubre de 2014
220. El extremo opuesto
¿Qué me dicen por ejemplo del tradicional: "No ha sido nada. Sana, sana, culito de rana"? ¿Les suena, verdad? Habitual cuando el niño se ha podido meter una hostia de campeonato del mundo, de vídeo para petarlo en Youtube, o de las dos a la vez. Una hostia que si la sufrimos los adultos nos tendría una semana doloridos sobreviviendo a base de ibuprofenos previo paso por urgencias. Pecando además de manifiesto intrusismo profesional, pues a no ser que seas padre y médico al mismo tiempo, ¿quién cojones te crees que eres para determinar tal diagnóstico? ¡Y qué decir de lo de "sana, sana, culito de rana"!, que parece un hechizo satánico para invocar a Lucifer o los vestigios desordenados de aquellos cuentos en los que príncipes y princesas tornaban en semejante batracio. Si hasta pareciera que estuvieses insultando a la carne de tu carne dotándole de ancas. Eso te lo oyen en "Sálvame" y circulan las denuncias en los juzgados de Plaza Castilla como la pólvora (los famosos, famosillos y famosetes siempre van a Plaza Castilla, ¿verdad?).
¿Y el tradicional azote de después de un susto? Léase por ejemplo al cruzar un paso de cebra sin el pertinente permiso paterno. Llega entonces el fitipaldi de marras al volante, ese que debió aprobar el examen de conducir porque le dieron las respuestas punteadas para que solo tuviese que repasarlas con trazo continuo, y zas, casi se lleva al niño por delante. Este que se asusta por el coche que tras estar a punto de atropellarlo huye despavorido, por el grito que le hemos pegado al ver la que se cernía y finalmente porque nos contempla avanzar furibundos hacia él, con las venas del cuello marcadas, los ojos desorbitados, los dientes apretados, la salivilla asomando y el semblante torcido. El cerebro de la criatura debe de sufrir entonces una especie de colapso gravitacional, pues la lógica le dice: "Me tienen que venir a abrazar y dar besitos porque me acabo de llevar un buen susto", mientras que sus instintos proclaman: "El caso es que mi padre no tiene mucha pinta de querer consolar a nadie, sino que bien pareciera que me viene a dar una ensalada de hostias". Efectivamente la opción B es la correcta, siempre acompañada de un repetitivo mensaje al compás de cada azote: "Menudo susto me has dado", para finalmente, cuando la tensión se aplaca y el río vuelve a su cauce, tirar de nuestra formación psicopedagógica anclada en un Piaget de Wikipedia y aclarar: "Te he pegado para que no lo vuelvas a hacer".
Almasy©
EXTREMODURO: "Jesucristo García"
miércoles, 1 de octubre de 2014
219. Running
Empezó cuidadosamente la rutina dejando que sus dedos aterrizasen sobre los cordones de las zapatillas. Pese a que a primera vista le parecieron perfectamente atados no dudó en deshacer su obra para empezar de nuevo a la manera de los artistas insatisfechos. Con delicadeza, procedió a concretar el primer nudo, describiendo dos perfectas elipses. A continuación el segundo. Pausado, firme, apretando hasta el infinito con el fin de evitar sorpresas traicioneras durante el ejercicio. Y como los herretes colgaban todavía en exceso se atrevió con un tercero.
Comprobó de un vistazo que el calcetín impidiese cualquier tipo de contacto vicioso entre el talón y la parte posterior del calzado, pues siempre que estos dos se encontraban acababan engendrando una rozadura bastarda.
Continuó la liturgia llegándose hasta el pantalón. Aireado, fresco, sin ambages extraños. Apenas un trozo de tela ligera que le facilitase el vuelo. Se cercioró de que la vaselina aún estuviese latente. Solía echarse más cantidad de la necesaria, siempre temeroso de que incluso mucha fuese insuficiente.
Su camiseta de tirantes ondeaba todavía al viento en toda su extensión y se dispuso a introducirla por el pantalón. Al principio en compulsivo exceso, para seguidamente estirarla ligeramente hacia arriba, nunca permitiendo que rebasara el férreo elástico de tres centímetros de ancho que frenaba sus anhelos de libertad.
Sus brazos estaban sensiblemente tensos pese a que no recordaba haber realizado ningún ejercicio que lo motivase y las axilas y los pezones no paraban de rezumar restos de la misma vaselina lúbrica que había conocido a sus ingles.
El reloj cronometrador lucía ya dispuesto en su muñeca. No le acababan de convencer los modelos excesivamente complejos. Le bastaba cualquier ejemplar sencillo que le indicase tiempo y distancia. En alguna ocasión había intentado desprenderse de él, enfilar los caminos ajeno a su tiranía, pero jamás había superado los tres o cuatro episodios sin su fiel torturador recordándole su evolución.
No le gustaban el resto de abalorios que ofrecía el mercado. Había cientos y solía contemplar receloso a los demás corredores haciendo uso de ellos. Él prefería respetar la aparente simplicidad del ejercicio que había elegido. Correr le había cautivado por la escasa logística y equipamiento requeridos. Apenas algo de ropa de deporte y las ganas de quemar kilómetros. Así de sencillo, sin más preocupación que abordar un único propósito: moverse hacia adelante.
De repente, percibió que un remolino de gente se concentraba a su alrededor. Tan excitada como él, agitándose con extrema inquietud, estrechando las distancias y lanzando gritos ininteligibles de aliento. El aire se pobló de una calma tensa propia del momento inmediatamente anterior al pistoletazo de salida. Una voz de ultratumba se apoderó del ambiente:
Tres, dos, uno, fuego.
Almasy©
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Vangelis: "BSO Carros de fuego"
sábado, 27 de septiembre de 2014
218. Que nos detengan
El caso es que hoy se me antoja hablarles sobre educación. Tranquilos, no pienso abrumarles con ninguna arenga reivindicativa ni enarbolar la causa de la camiseta verde, la cual, no nos engañemos, ha perdido la mayoría de las batallas, por no decir la guerra: los docentes trabajamos más, en peores condiciones y por menos sueldo, los alumnos han visto reducidas sus becas, las huelgas y manifestaciones acaecidas hasta la fecha solo pasarán a los anales de la historia del postureo, las ratios se han disparado hasta límites en los que el problema no es tanto que te atiendan 40 alumnos como que te quepan en el aula, no se cubren bajas de profesores hasta pasados 15 días, los interinos se han visto avocados a la condición de mercenarios forzosos contratados por horas y en porciones de a tercio, a medio y a dos tercios, la asignatura de religión sobrevive al PSOE y al PP, los colegios e institutos públicos son obligados a prácticas propias de las compañías privadas entre las que sobresalen las fusiones mientras centros regidos por el Opus crecen como los níscalos entre pinares y si nadie lo remedia nos vamos a comer la LOMCE con papas fritas. De hecho en primaria ya le han pegado el primer mordisco a la manzana.
No, hoy no pienso hablarles de nada de eso. Hoy tengo una onda más filosófica. Y mira que es difícil arrancarle filosofía alguna a la canción que me ha hecho pensar en todo lo que hoy les traslado. Nada más y nada menos que esa que cantaba David Civera: "Que la detengan". ¿La recuerdan? No he necesitado ni escucharla, simplemente me ha sobrevenido en la cabeza y me ha dado por hacerle un arreglo a la letra: "Sí, eso, que nos detengan". A los buenos docentes, aclaro. Entre los que si me lo permiten me incluyo. Por temerarios, por kamikazes, por ir contracorriente y perseguir quimeras inalcanzables. Por alimentar el desorden exigiendo a nuestros alumnos actitudes y comportamientos de otro siglo tales como el esfuerzo, la superación, la disciplina, la constancia, los buenos modales, los "por favor" y los "gracias". Por contumaces empeñados en motivar, en ser algo más que oradores de conocimientos, por meter las narices en asuntos más allá de las verjas que delimitan los centros educativos.
¿Pero qué nos hemos creído que somos? ¿Braveheart? Con nuestro discurso facilón, demagógico, siempre cual Pepitos Grillos de cuarta división que osamos contravenir las normas, mostrar a nuestros discentes sendas que pudieran conducir a destinos ajenos a protagonizar el "Sálvame", "Mujeres hombres y viceversa" o "Gran Hermano", abanderar mensajes que releguen a un segundo plano vocablos de alto standing como "competitividad", como "excelencia".
¿Cómo se puede tolerar semejante despropósito a estos arengadores? ¿Cómo consentir que alguien quiera alterar la hoja de ruta? No y mil veces no. Este atentado manifiesto debe castigarse cuanto antes. Estos delincuentes de guante blanco no pueden seguir perpetrando estos actos vandálicos. Hay que ponerles en su sitio y repetirles hasta la saciedad las consignas que hacen que todo funcione como la maquinaria de un reloj suizo: "Martínez, cíñase a la programación", "Pérez, siga al pie de la letra el protocolo", "Ruiz, eso no es asunto de Comisión de Coordinación Pedagógica, a lo sumo de Reunión de Departamento y de ninguna de las maneras de Claustro", "Rodríguez, no puede usted redactar un parte de convivencia a ese alumno porque la fabricación de cóctels molotov en las clases de química no está recogida en nuestro Reglamento de Régimen Interno como susceptible de ser sancionada. Habrá que debatirlo en la próxima reunión del Consejo Escolar".
A prisión con ellos ya, hombre. A la trena, al trullo, al talego de una puta vez. Que sepan quién manda aquí y cuál es su sitio. ¡Que nos detengan!
Almasy©
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David Civera: "Que la detengan"
viernes, 15 de agosto de 2014
217. Las bicicletas no son para el verano
Hoy me he levantado con pretensiones bicicleteras. No en vano fueron muchos años delante del televisor alentando primero a Perico y luego a Indurain para que se coronaran vencedores en los Campos Elíseos. Tengo todo el equipo, desde la bici de marras hasta las calas, y es que el Decathlon ha hecho mucho daño haciéndonos creer que podemos darle a cualquier cosa. Siempre he preferido correr. Requiere menos logística, alcanzas cualquier rincón que te propongas y me permite sufrir más en menos tiempo, que al final es de lo que se trata. Sobre todo a los que tenemos buena boca y cuando llegamos a casa no tiramos de ensaladas precisamente.
Lo cierto es que la cosa casi acaba en tragedia griega. Y es que a falta de uno se me han tirado a las llantas hasta tres canes. El primero en el pueblo vecino, en plena petada hacia arriba. De esas cuestas en las que cualquier distracción puede suponer dar con tus huesos en las piedras. De esas cuestas en las que vas dando bandazos y cualquiera que pueda observarte pensaría: "Si va parado el cabrón, o borracho". Nada más y nada menos que un doberman. Casi sin tiempo para reaccionar, pie a tierra y tieso como un ajo para que me olfatease. A todo esto la dueña a más de 200 metros gritándome: "Tranquilo, no hace nada, solo es un cachorro". Lo cierto es que no me tranquiliza nada cuando me instan a que lo haga. Sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de un doberman. ¿Se imaginan ir en metro a hora punta, amarrado a una de las barras que impiden caerte con el traqueteo y de repente sentir que detrás tuyo tienes a Nacho Vidal con el badajo al aire? ¿Les tranquilizaría que este les susurrase al oído: "Tranquilo, no hago nada"?
El segundo ya en mi pueblo, a la vera del río, con la brisa del bosque golpeando mi rostro con suavidad y la velocidad de crucero instalándose en mi vehículo de dos ruedas. A punto casi de iniciarme en repetir consignas del tipo: "Joder, cómo mola la bici, podía combinarla más con la carrera a pie". En este caso una suerte de labrador macho, no estoy muy seguro porque yo de pedigrís lo justo y necesario. No soy racista. Entre el sudor acomodado en mis gafas de sol y los amables pensamientos que recorrían mi cabeza solo fui capaz de clavar el freno cuando él ya se disponía casi a clavarme el diente. El propietario gente conocida, del pueblo, así que me van a perdonar que no proclame aquí ningún exabrupto por aquello de respetar el feliz entendimiento entre vecinos. "Menudo susto, ¿verdad?". "Bueno, lo cierto es que más que el susto a mí me preocupaba la hostia que podía haberme dado".
Apenas recuperado del segundo impacto y enfilados varios caminos de concentración, detonaciones de escopetas a mi paso. Qué lindo trino el de los cazadores disparando apenas a diez metros de ti. No puedo expresar con palabras las emociones que me recorren. Como en este caso no eran conocidos permítanme que me despache a gusto pronunciándome: "Hijos de mil zorras, os ensartaba la escopetita por el orto".
Y finalmente de postre, mientras todavía maldecía lo sencillo que es hacerse con un perro en este país, el tercer can. En este caso apostado en una vaquería con unos ridículos alambres sin mallazo que dejaban pasar como poco a un ñu. Para más señas un mastín. ¿Saben ese dicho que sugiere no correr delante de un perro? Pues yo he corrido. Vaya si he corrido. Encendido hasta casa con la única pretensión de bajarme de una puta vez de la bicicleta. Pensando en las últimas pedaladas que en habiendo dueños con perros sueltos y cazadores a tu alrededor, quién necesita emprender aventuras más lejanas y costosas a fin de activar tu adrenalina. Como diría Sabina: "Pa abreviar el cuento... Que no disfruté. Que no vuelvo más".
Almasy©
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Popurrí Vuelta Ciclista a España 1978-89
jueves, 14 de agosto de 2014
216. Mi niño
Vivimos en la sociedad de la
urgencia y la educación de nuestras criaturas no podía ser una excepción. Con
frecuencia además combinada con una manifiesta obsesión competitiva. No,
nuestro hijo no puede empezar a caminar más tarde que el del vecino. Hay que
vencerle, tenemos la obligación de demostrarle que estamos por encima de él,
que su aliento nos queda lejano, que solo puede aspirar a vislumbrar allá
remotamente nuestra matrícula mientras nosotros lo contemplamos sobrados por el
espejo retrovisor.
Apenas se tiene en pie, incluso
aunque todavía el vástago tenga complejo de mopa y se arrastre serpenteante por
los suelos apañando polvo, debe saber nadar, no sea que lo precise para cruzar el Estrecho en
pos de un nuevo continente o en su defecto para circunnavegar el planeta a
bordo de un catamarán con la firme intención de inscribir un televisivo récord
Guinness. Y por supuesto no nos vale un nado de supervivencia, modo remojón de
can. Su estilo debe ser depurado, weissmulleriano como poco, dominando todos y
cada uno de los estilos. De lo contrario nos dirigiremos al correspondiente
monitor para reclamarle más nivel. Más nivel, más nivel. Mi niño necesita más
nivel.
Tampoco conviene descuidar que
aprenda a andar en bicicleta sin ruedines cuanto antes. Algunos niños son capaces con apenas dos
años, así que por encima de los 24 meses vamos con retraso. Sobre
todo si queremos llegar a tiempo para disputar el Tour de Francia. Apúrate que
ya vas a contrarreloj. Apúrate.
Cuando ni siquiera domina el
castellano básico debe arrancar presto con el inglés. No puede pillarnos el
toro, pues corremos el riesgo de que no sea bilingüe como poco y eso no
podríamos tolerarlo bajo ningún concepto. Antes el ébola.
Por otra parte, aunque proyectamos
que acabará convirtiéndose en ingeniero o médico, nos gustaría presumir delante
de nuestros congéneres de su hartón de talento artístico. El conservatorio de
música siempre es la mejor opción. Hasta la fecha el crío solo ha destacado por
tocar los cojones, así que ya va siendo hora de aprovechar ese filón para que
se inicie en algún otro instrumento. Ya sabemos que serán un montón de horas
entre clases y estudio, pero no cabe otra alternativa. Y lo bien
que va a quedar luego en los congresos de medicina cuando entre ponencia y
ponencia deleite a los colegas con alguna suite para violonchelo del maestro
Bach. Eso sin mentar las visitas, que quedarán encantadas cuando después de
comer pasemos al salón e invitemos al niño a que demuestre de lo que es capaz.
Ya tenemos en el mueble bar esperando unas deliciosas pastas de té
especialmente seleccionadas para la ocasión.
Y por supuesto todo ello sin
olvidarnos de la máxima latina: “Mens sana in corpore sano”. No nos
perdonaríamos relegar a un segundo plano la práctica deportiva. Fútbol y judo
son las opciones más consistentes. Cualquier otra cosa que nos demande nos hará
sospechar que pueda ser afeminado y en ese caso habría que consultar a un
psicólogo o a un sacerdote. Sí, sabemos que después de llegar del conservatorio
tendrá que coger raudo la bolsa de deporte para irse a entrenar y con suerte
cenar antes de la medianoche; pero ya se sabe, el que algo quiere algo le
cuesta.
Las urgencias no cierran, ejercen
las veinticuatro horas gracias a inefables turnos de trabajo. Y nosotros
debemos hacer lo propio. Debemos tomar ejemplo. Tomar ejemplo. Poco importa que
en no pocas ocasiones no haya sido nada y nos manden para casa pasadas unas
horas. “Solo ha sido un susto, no hemos encontrado ninguna anomalía, puede
irse”. ¿Y qué? Eso no significa absolutamente nada. Conviene estar alerta y
optar siempre por la vía rápida para quedarse tranquilo cuanto antes. No hay
tiempo para consultas externas más serenas, más focalizadas en el problema en
cuestión, más en la línea de respetar los tiempos, más receptivas a que en
multitud de asuntos ni siquiera es de recibo disponer un plazo. No, corresponde
examinarlo todo a la mayor brevedad. Ya mismo. Ayer a veces ya es tarde. Corre Forrest, corre.
Almasy©
Extremoduro: "La carrera"






