Llega un momento en la vida de un hombre en el que decide apuntarse al gimnasio. Suele ser al salir de la ducha. Uno se para frente al espejito espejito y el muy cabrón no le devuelve un "tú eres el más bonito", sino que tira de evidencias. Michelín por aquí, lorza por allá. Todo un acto de contemplación y a la vez de reflexión. Se le pasan a uno por la cabeza los centenares de parrilladas que se ha calzado. Las habituales incursiones a establecimientos de comida basura. El picoteo entre horas. Las visitas nocturnas a la nevera. Las peregrinaciones a la caza y captura de la mejor tapa. Iluso como pocos uno se repite: "eso lo soluciono yo apuntándome al gimnasio".
Lo primero que sorprende el día del estreno es que, pese al supuesto bajo nivel en idiomas que tenemos los españoles, los gimnasios son bilingües: el press, el curl, el body balance, el body pump, el body combat, el running... Lo bueno del inglés es que aunque sea una gilipollez como la copa de un pino australiano lo que se dice, la lengua de Shakespeare siempre le otorga un alto grado de sofisticación al asunto. Pongamos por ejemplo el "spinning", ahora también conocido como el "ciclo indoor". Vamos, la bicicleta estática de toda la vida monda y lironda, solo que aderezada con mariconadas varias. Si le dices a alguien que si se anima a clase de "Rotatorio" o de "Bici de salón" no se apunta ni el Tato. Pero en inglés suena a cosa gorda gordísima.
Ayer mismo tuve mi primera clase de ciclo indoor. No iba yo muy motivado, porque eso de dar pedales a lo cernícalo sin avanzar no lo acabo de ver. La primera en la frente de la mano del monitor: "¿alguien nuevo en la clase de hoy?". Uno se calla para no quedar mal. Fundamentalmente porque en la bici de al lado hay un pibón de categoría al que quieres impresionar. "Vale, perfecto, como no hay nadie nuevo hoy vamos a darle caña extra". Seguidamente veo que tira de mando a distancia y baja unos stores de color negro que dejan la sala en la más absoluta oscuridad. A continuación se iluminan unas bolas de discoteca en las que no había reparado. De verdad que no sabía si ponerme a pedalear o pedirme un gin tonic y cortejar a una fémina. Y finalmente la música. Que se supone que es para motivarte, pero en mi caso yo creo que me produce el efecto contrario. Suelen ser canciones que da exactamente igual dónde las pongas. No se reconoce ni principio ni final. Solo pretenden hacerte entrar en una especie de estado de trance completado a base de arengas que me recuerdan a las películas de marines estadounidenses: "¡Vamos equipo!", "¡Sigue conmigo!", "¡Una vuelta más!" (aquí reconozco que se agradece estar a oscuras, pues te escaqueas con mayor facilidad), "¡Hasta el final!", "¡Hasta la gloria!". Ojo, que también hay monitores con los pies en la tierra que en cuanto te ven adaptan sus consignas: "¡Vamos, que sé que luego te vas a tomar un montado de lomo y una cerveza!", "¡Quémalos antes!", "¡Las gallinas que entran por las que van saliendo!".
Mucho me llaman también la atención la variada fauna de usuarios que se dan cita. Los hay de todo tipo. Últimamente me cautivan los que portan dispositivos y atrezzo de toda índole y condición. Que si un pulsómetro, que si una pulsera de actividad, que si el móvil, que si los cascos para escuchar música, las calas de la bici, la toalla, un bidón de agua megachic, la tabla de ejercicios prescrita... ¡Coño si parecen el Inspector Gadget! Me impresionan también los que sudan a mares. Esta mañana sin ir más lejos en la elíptica un tipo a mi lado con tal charco en el suelo que he buscado con la mirada por si alguna jauría de perros estuviese marcando territorio. ¡Qué manera de sudar, oiga! ¡Me han dado ganas de ponerle una vía con suero! Sin olvidarme de los degollados, esos especímenes que gritan como si los estuvieran torturando cada vez que ejecutan un ejercicio. Es toda una oda al esfuerzo que solidariamente comparten con el resto de los mortales. Hay muchos más, tantos que se podría escribir un serial infinito: el jubilado que no para de hablarte, el que se mira los músculos en cuanto detecta un espejo, el que se atusa el tupé en cuanto detecta un espejo, el que se mira los músculos y se atusa el tupé en cuanto detecta un espejo, la socia de pasarela gimnasio (de peluquería, maquillada, con ropa y complementos último grito y siempre a juego), el gordo al que ves meterse en todas las clases y sigue igual de gordo (balanza de lípidos siempre positiva, como decía Van Gaal), el nudista (permanentemente en pelotas por los vestuarios), el que se marca día sí y día también un botellón de batidos de proteínas, el que tiene querencia a ocupar una taquilla al lado de la tuya (no puede ser casualidad, le gustas), el que te gasea con su penetrante desodorante en spray, los paseantes, los paseantes aguadores (rellenan la botella en la fuente del orden de quince veces cada media hora), los que siempre ves entrenando en la misma máquina (yo los llamo los déjà vu), el multitarea (acaba una clase y sale escopetado hacia otra), el freestyle (hace lo que le sale de los cojones, como le sale de los cojones y cuando le sale de los cojones), el peludo (como te duches detrás de él tendrás que emplear un machete para abrirte paso), el ausente (no aparece ni para darse de baja)... ¡Un zoo en toda regla!
P. D. Al me me robó unas zapatillas nuevas hace algunas semanas mientras me duchaba: solo te deseo cuatro esguinces, media docena de papilomas y sendos juanetes.
Casi siempre que me arranco a escribir es por alguna anécdota. La de hoy me lleva al aula, esa a la que me aferro diariamente apelando a Cicerón: "Si quieres aprender, enseña". El caso es que me encontraba instando a mis alumnos a confeccionar los tradicionales mapas de España física y política cuando me empiezan a llover dardos envenenados. El primero en la frente: "Profe, ¿para qué vale aprenderse los mapas?". "Evidentemente para que me recuerdes cuando en la pregunta final del rosco de Pasapalabra, esa en la que te juegas un bote de 345.000 eurazos, el amigo Christian Gálvez te pregunte por la "B": río cántabro que nace en Fresno del Río, y tú respondas Besaya". El segundo en el bajo vientre, cuando tras darles la relación de comunidades autónomas y provincias observo a uno frotándose las manos y con una amplia sonrisa en la cara. Son esos momentos en los que te preguntas:
a)Se está riendo de mí.
b)Se está riendo de mi padre.
c)Es un adolescente, así que las dos anteriores pueden ser correctas.
Ya empiezo a percibirlos de nuevo. Son los primeros signos que siguen a cualquier recesión. Aquellos que nos juramos esquivar en el futuro para no tropezar nuevamente. Yo los llamo signos de democracia anestésica. No son nada nuevos, pero aparecen y desaparecen con cierta frecuencia cíclica. Fueron muy llamativos los de los años ´20 en EEUU. Se orquestó entonces la democratización del consumo a plazos. Todo el mundo podía acceder en cómodas mensualidades al producto soñado. Era la consumación del gran sueño americano y por extensión del ser humano. El capitalismo se coronó entonces como el único sistema posible y en su versión menos salvaje -o quien sabe si todo lo contrario- pareció disponerse al alcance de todos. Y al fin y al cabo eso es lo único que nos importa. Que nos llegue nuestra porción de la tarta.
Con el tiempo el sistema se ha hecho más sutil, más ladino, la democratización anestésica ha dado un paso más. Presenta una versión mejorada. No solo se trata de poner la miel en los labios al alcance del común de los mortales, sino de inocularle mensajes esperanzadores muy frecuentemente apuntalados en la irrealidad. "Puedes hacerlo", "No te rindas", "Lucha por tus sueños", "Nada es imposible". El adocenamiento tiene la obligación de ser optimista. Además, de manera paralela, se activan los mecanismos para demonizar a todo el que ose poner en duda cualquiera de estas máximas. ¿Cómo que un ciego no puede conducir un autobús de la EMT? ¿Cómo que alguien que se marea cada vez que ve un hilo de sangre no podrá ser neurocirujano? ¿Cómo que el que reunió cuatro versos rimados en su libreta no alcanzará la gloria como poeta? ¿Quién se atreve a ponerlo en duda? ¿Quién se atreve a no luchar? ¿Acaso no ha leído usted el contrato? Hay que luchar aunque no se quiera. Hay que vivir aunque uno prefiera que lo desconecten.
Asistimos a un momento en el que la frustración, la derrota, no se contemplan, no se aceptan. Es algo que les pasa a otros. Como la muerte. Es más, no solo no se puede perder sino que resulta intolerable que te adviertan de que puedes hacerlo. El eterno perdedor -no necesariamente el eterno infeliz- se ha extinguido. La casilla de la calavera desapareció del tablero de la oca. La mamá de Bambi siempre resucita. El bondadoso capitalismo está disponiendo nuevamente las condiciones para que todos soñemos, para que todos ganemos. No voy a ser yo el que lo cuestione.
Escribo ahora, en caliente, porque es como mejor se grita. El frío es para los historiadores y para los que redactan sus memorias. Escribo ahora que prácticamente apenas he leído cuatro titulares y medio y a buen seguro me falte información de casi todo: profesor muerto a manos de un alumno de trece años en el instituto. Tocado con ballesta y rematado a cuchillo al parecer. Las primeras hipótesis apuntan a un "brote psicótico", aunque al mismo tiempo parece que la criatura llevaba tiempo planeando causar daño. Mucho daño. Que me corrijan los leguleyos y/o los loqueros si me equivoco, pero no acabo de entender muy bien cómo casa eso de planear algo y al mismo tiempo apelar a que se ha padecido un brote psicótico. ¿O se planea o se brota, no?
Lo primero y antes de cualquier otra cosa, lo fundamental, lo único fundamental hoy: mi más sentido pésame a la familia del ASESINADO. Así, con todas las letras, con brote psicótico o sin él de por medio. Lo digo sobre todo porque leeremos titulares del tipo "un profesor muerto", "un profesor fallecido"... que le resten premeditación y alevosía al asunto.
Pereza me da solo de pensar ahora en los artículos y los debates televisivos que se avecinan sobre el estado de la educación. Sobre si nuestra tarea podría considerarse o no una profesión de riesgo, sobre las posibles medidas que se deberían tomar para salvaguardarnos: detectores de metales, cámaras, psicotécnicos de todos y cada uno de nuestros alumnos... Oiremos a psicopedagogos -por norma general esos filósofos de la educación que de tanto estudiarla se olvidaron de entrar en el aula-, abogados, líderes sindicales, políticos -especialmente ahora que estamos en capilla electoral y que se pueden arañar votos prometiendo que se invertirá en educación-, defensores del menor y del adulto -que no los hay pero debería haberlos-, profesores, alumnos, representantes de asociaciones de padres, representantes de asociaciones de madres, representantes de asociaciones de padres y madres, periolistos y periolistas, y todo un conjunto de opinadores varios de esos que cada vez que abren la boca sube el pan.
Le daremos vueltas por enésima vez a la ley del menor. En gran medida inútilmente, sin duda, puesto que no hay nada que remedie el asesinato del docente y difícilmente se podrá reeducar un individuo que ha perpetrado semejante ejecución por mucho Freud y mucho Piaget que le echemos. El muerto al hoyo y el vivo al internamiento en unas instalaciones convenientemente equipadas con la correspondiente videoconsola, ordenador y conexión wifi -faltaría más-.
Rescataremos debates sobre enfermedades mentales y meteremos en el mismo saco a todos y cada uno de los trastornos, reavivando sin despeinarnos su estigmatización. Surgirán teorías justificativas y explicativas. Asistiremos a una buena recua de defensores del "es un hecho aislado", así como a algún que otro enarbolador hasta de la pena de muerte para el sujeto en cuestión. Emergerán también futurólogos de toda índole y condición: "se veía venir" -cojones, pues si se veía venir haber avisado-. Pero tranquilos, no durará más de una semana. A lo sumo cerramos con los debates de la Secta y Telahinco del sábado y domingo. Es lo que sobrevive una noticia en la sociedad del siglo XXI. Se dará carpetazo con un estupendo montaje audiovisual y comentarios definitivos de cuatro contertulios de tasca televisiva.
Pasados siete días el asunto es historia y el muerto un finado más para la saca. Todo el mundo dejará de preguntarse si el estado de la educación es el que debería. Si los recortes de los últimos años contribuyen a que la atención de nuestros alumnos sea peor. Si el hecho de haber sumado horas y ratio nos permite conocer realmente el material humano con el que trabajamos. Si en mejores condiciones podríamos anticiparnos, prevenir, reconducir más y mejor, derivar a los profesionales más oportunos en el momento adecuado -hay multitud de jóvenes en servicios de salud mental que en el mejor de los casos tienen consulta una vez al mes-. Si estamos o no convenientemente formados para abordar la multiplicidad de situaciones anormales que se nos presentan a diario -por favor, no tomemos por normal lo que solo es habitual-. Si la sociedad reconoce o no nuestra tarea como merecemos. Y aunque suene frívolo en este momento de dolor insisto en que esta sociedad solo asocia reconocimiento con montante salarial. Olvidaremos también si habría que supervisar más y mejor la responsabilidad de ser padres -los controles a los propietarios de animales son francamente superiores a los que se realizan a un progenitor- y dejaremos de cuestionarnos sobre si el objetivo de la educación es crear buenos competidores o buenas personas.
Está mal que yo lo diga, pero lo cierto es que me considero un buen observador de la realidad. Tal vez por mis genes. Quién sabe si por mi educación. Desconozco si achacarlo a mi pasión por contar historias. A buen seguro que por una buena mezcla de todas ellas o sencillamente por obra y gracia del azar que nos gobierna. El caso es que la semana pasada encaminé mis pasos hacia uno de esos museos extraños en los que se exponen libros y la gente incluso los lee. Bibliotecas creo que los llaman. Suelen ser locales en los que se me despiertan sensaciones amables. La luz, el silencio contenido, el olor a celulosa y un sinfín de seres y estares tremendamente variopinto.
Está, por ejemplo, el opositor. Se le reconoce fácilmente. Bebe agua a sorbitos cada cinco minutos, dispone sus pilas de folios ordenadamente y se vale de cientos de etiquetitas y subrayadores fluorescentes con los que detectar los contenidos más destacados. Los contempla taciturno, seguramente vislumbrando más allá de la tinta china ese trabajo estable de por vida del que tanto le hablan papá y mamá. Unos clásicos son también los devoralibros. Especímenes adictos al papel impreso. Yonkis de historias para los que las bibliotecas de barrio pronto se quedan pequeñas. Necesitan más. Siempre necesitan más.
No pueden faltar tampoco las tontas del bote. Versión pijas o versión poligoneras según se ubique la biblioteca. Dejan su carpeta a primera hora de la tarde. Entran, salen, ríen, consultan el móvil. Consultan el móvil, entran, salen, ríen. Consultan el móvil. Consultan el móvil. Luego les cuentan a sus profesores que no entienden por qué suspenden si pasan tantas horas en la biblioteca. Y no mienten. Simplemente ignoran que pasar no es suficiente. ¡Y qué decir de los papás que deambulan detrás de sus niños! "Devuelve esa película a su estante. Deja ese libro en su sitio. No cojas tantos. Con cuidado que lo tiene que leer otro niño después de ti. De uno en uno, de uno en uno. No, ese no va ahí. Vamos cariño, a los deberes, que mañana la de mates seguro que te los pregunta. Para, para, para, para ya. Te va a regañar el señor como no te estés quieto".
Habituales también son los jubilados. Los menos inquietos se conforman con echar un vistazo al Marca y mirarle las piernas a la bibliotecaria. Los hay también sesudos consumidores de ejemplares que parecen querer recuperar el tiempo perdido. La novela que no leí aquel verano. El libro de poemas que no recité a mi enamorada. El ensayo para el que nunca encontraba el momento a la vuelta del trabajo.
Precisamente el otro día coincidí con dos que parecían discutir en lenguaje de sordos. Me volví a topar con ellos a la salida y pegué la oreja mientras abandonábamos el recinto. Ya sin un silencio que respetar se despachaban a gusto:
-¿Que por qué hizo Dalí lo que hizo? ¡Porque no le hizo ni puto caso ni a su padre ni a sus maestros!
-Claro que sí, hombre, el tutelaje mata la creatividad.