viernes, 18 de abril de 2014

215. Gabo


Descubrí a Gabriel García Márquez en el colegio por mandato de mis profesores. Como a tantos otros (Delibes, Machado, Stevenson, Unamuno, Darío, Manrique, Clarín, Bradbury, Golding, Salinger...). Eran otros tiempos. Tiempos en los que un docente sencillamente te ordenaba -pongamos "invitaba" para los amantes de los eufemismos- leer un libro y a ningún anormal se le ocurría pensar que se estaba cercenando la libertad del individuo. Ni que la escuela secuestraba su creatividad. Porque para que esta surja y se desarrolle se necesitan unos mimbres sobre los que armar el cesto. Se tomaba como lo que es: un requisito para superar la asignatura y tal vez -como en mi caso- el descubrimiento de un universo repleto de recovecos maravillosos en los que adentrarse. No me duelen prendas en reconocer que me decidí a estudiar Historia por la influencia de uno de mis profesores. Tampoco en asumir que soy uno de esos docentes carcundas y despóticos que no invita sino que obliga a sus alumnos a abordar determinadas lecturas para la superación de las materias que imparte.
Recuerdo que la obra en cuestión fue Relato de un náufrago. Todavía tengo en la memoria el color, el tamaño y el tacto de aquel libro que hoy permanece en las estanterías de casa de mis padres -un ebook jamás podrá desatar esos recuerdos-. No es demasiado grueso y si a eso le añadimos que me sobrevino esa ansiedad por leer compulsivamente que hace acto de aparición cuando una obra te atrapa, me atrevería a afirmar que lo liquidé en una tarde. Supongo que al abordar las últimas líneas me invadirían dos de mis recurrentes impulsos siempre que un libro me toca el alma: por un lado la satisfacción del deber cumplido, la entrada en meta, la coronación de la cima -para los más lúbricos, si lo prefieren, el remanso postcoito- y por otro la avidez de leer más, de seguir adentrándome en los mundos recreados por los escritores. En el caso de Gabo siguieron, no recuerdo si por este orden, Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, El amor en los tiempos del cólera, El otoño del patriarca y, como no podía ser de otra manera, Cien años de soledad. Y tras él mi incursión en la literatura iberoamericana durante una buena temporada, en algunos casos, nuevamente, por invitación forzosa de mis profesores. Así, fui visitando a Rulfo, a Cortázar, a Borges, a Allende, a Neruda, a Galeano, a Vargas Llosa y a tantos otros. No pienso afirmar que todos me cautivaron de igual modo que Gabo, pues ese es otro vicio absurdamente extendido por esta sociedad de las apariencias en la que habitamos: no se puede criticar un clásico. Además, Gabo fue mi primer amor iberoamericano y eso, amén de por su grandeza, lo pondrá siempre por delante del resto. Descansa en paz, primer amor.

Almasy©


SHAKIRA: "Nunca me acuerdo de olvidarte"

miércoles, 2 de abril de 2014

214. Y luego dicen que la poesía no sirve para nada


Ayer martes 1 de abril estrenamos el musical "¡Y luego dicen que la poesía no sirve para nada!", escrito y dirigido por un servidor. Como es tradición, me gusta rematar con una entrega en la que se descarga todo lo vivido en los prácticamente 9 meses, un embarazo, que ocupa esta experiencia. En esta ocasión, y como no podía ser de otra manera, tirando de poesía, esa maravillosa arma de construcción masiva. Con cariño para las 122 almas que lo han integrado este año:

Que llegamos a puerto marineros,
que la travesía tocó a su fin.
Que atrás quedaron los oleajes bravos
y la calma chicha vuelve a reinar.

Que fue un placer marineros,
capitanear este barco,
sentir con vosotros la brisa,
remar juntos desafiando las aguas.

Que mereció la pena marineros,
todas y cada una de las jornadas a vuestro lado,
difíciles algunas, jubilosas la mayoría.
¡Vaya si mereció la pena marineros! ¡Vaya si mereció la pena!

Almasy©


Marc Anthony: "Vivir mi vida"

jueves, 30 de enero de 2014

213. Amiga


Querida amiga:


Llevo tanto tiempo meditando dedicarte unas líneas. Tú que tanto te lo mereces. Tú que tanto sé que me quieres. Tú que me sigues incondicionalmente. Tú que me arropas y me defiendes anteponiendo siempre tu fe en mí por encima de cualquier otro atrezo. Había pensado regalártelas en algún momento especial. Tal vez cuando la cotidianeidad que nos unió de repente se quiebre. Tal vez cuando te fueses o me fuese, en cualquiera de las formas en que uno pueda irse. Sin embargo, he decidido no esperar a que llegue ese momento. He decidido que las escuches en la plenitud de nuestra amistad, sin que ningún acontecimiento particular, bueno o malo, las adelante ni justifique. Y lo he decidido así porque sin lugar a dudas la rutina es el estadio más natural de las cosas. Es cuando más pureza y verdad encierran las relaciones. No he querido pues que nada me distraiga de lo que hoy he venido a decirte. Me niego a que una despedida oficial las motive y de repente nos sobrevenga a todos los que te rodeamos una ficticia exaltación de la amistad. Un "chuparnos las pollas" gratuito. Así que he resuelto que las recibas hoy y aquí, donde nadie nos ve, donde nadie nos oye, en la intimidad digital de nuestra red, acompañada únicamente por ese café que te veo degustando en esa cocina mientras esbozas una sonrisa -tal vez incluso derrames unas lágrimas si te pillo con la guardia baja- al tiempo que lees. Solos tú y yo.

Recuerdo que nos conocimos en una mesa de trabajo en la que apenas necesitamos unos minutos para establecer una conexión que jamás podrá ya disiparse. De hecho, poco importaría que no volviésemos a vernos jamás, pues lo que me llevo de ti ya se impregnó por todo mi ser, ya campa a sus anchas por cada rincón de mi cuerpo y de mi alma. Solo hicieron falta un par de risas, apenas un cruce de miradas cómplices y una buena dosis de ese hablando en plata que tanto nos gusta. Porque otra cosa no, pero tú y yo a las cosas por su nombre. Y todo lo demás es humo que no nos interesa. Bueno miento, a ti sí había un humo que otrora te interesaba. El de ese eterno cigarrillo que consumías ansiosa mientras soportabas mis embestidas para que lo desterrases de por vida. Hasta que lo conseguí, hasta que lo conseguiste, hasta que lo conseguimos. Con tanto esfuerzo que estoy barajando devolverte el favor y ser yo el que empiece a fumar para que me persuadas del error. Eso sí, yo en pipa, ya sabes, porque uno será pobre y desgraciado, pero tiene clase para aburrir.

No tengo intención de traerte a la memoria ninguno de esos episodios de tu existencia que, con todo el amor que sabes que te profeso, me atreví a calificar en alguna ocasión como de película de Berlanga, ni tampoco los lamentos que nos hemos intercambiado por el camino que hemos recorrido juntos. Me quedo con los muchos y buenos momentos en los que nos hemos acompañado, a veces ni tan siquiera sobresalientes pero sí constantes, si me apuras casi diarios, lo que hace mucho más verdadero lo nuestro, pues al fin y al cabo las anécdotas no dejan de ser eso, simples anécdotas.

Sería tan injusto como incierto decir que te veo como una madre -salvo por los piropos imposibles que me regalas con frecuencia-, pues como de veras te siento es como una amiga. De esas que alguien acertó a bautizar como "del alma". Nunca importó la edad entre nosotros, ¿verdad? Jamás nos pedimos el carnet para construir lo nuestro. No me hiciste en ningún instante sentir "pequeño", no te hice -espero- sentirte "grande". O mejor, "mayor", porque "grande" lo eres a rabiar.

No podría precisarte si te quiero tanto como te admiro o te admiro tanto como te quiero. Ahí le andan. Que lo sepas. Que lo sepa todo el mundo. Que de mayor quiero ser como tú. Con tu valor, con tu saber hacer, con tu empuje, con tu pasión, con tu entrega, con tu verdad, con la dulce revolución que dejas a tu paso.

¡Venga, va, no llores, tonta, que te estoy viendo por el rabillo del ojo! ¿Cómo dices? ¿Que no te lo esperabas? Esa era la idea. ¡Sorpresa! ¿Que no te lo mereces? Esto y mucho más, te lo digo yo. ¡Hale, ahora a disfrutarlo, a digerirlo con calma, como las comilonas pantagruélicas con las que acostumbras a agasajarme!

Un beso, dos, tres, miles de besos. Siempre es mejor que sobren los besos.

Almasy©



ALEJANDRO SANZ: "Amiga mía"

viernes, 17 de enero de 2014

212. Los hijos de puta también fueron niños


Supongo que se habrán percatado de que los actuales telediarios siguen un esquema claramente cinematográfico: la trilogía. Así, presentan una primera parte de sucesos al más puro estilo "El Caso", aquel semanario de la segunda mitad del siglo XX que recreaba los diferentes episodios de casquería que jalonaban la geografía española. En segundo lugar el bloque de deportes, en el que, a falta de resúmenes de partidos de fútbol -única disciplina deportiva que parece existir en este país- todo vale. Desde si a Ronaldo se le ha roto una uña haciéndose la pedicura francesa y tendrá que estrenar nuevas botas en el partido de Champions a si Messi anda flojo de la tripa y deberá administrársele un Fortasec a fin de que no se vaya por la patilla en el próximo encuentro liguero. Y finalmente el tiempo, que de pasar antaño a decirnos únicamente temperatura media y probabilidad de precipitaciones, ahora nos fríe a una impresionante variedad de mapas en la que se alude a presiones, frentes, isobaras, tamaños de olas, oscilación térmica, cotas de nieve, rachas de viento, refranes ad hoc y un buen surtido de instantáneas de fotógrafos aficionados que buscan los quince minutos de fama de los que hablara Warhol.
Pues bien, precisamente en la primera parte de esta trilogía, la de sucesos, comenzó a gestarse esta entrega. El caso es que me paré a escuchar las noticias, tradicionalmente solo las oigo, y a intentar digerir la cantidad de desgracias que estaban refiriendo los estirados presentadores sin despeinarse. Reparé en las motivadas por la Madre Naturaleza pegando su regular puñetazo sobre la mesa, pero por encima de estas presté especial atención a las que llevaban la impronta humana. Puse así todos mis sentidos en acercarme a la cantidad de hijos de puta que las protagonizaban: asesinos, violadores, terroristas, ladrones, corruptos, mafiosos, pederastas, familias reales, banqueros, políticos. Intenté abordar sus acciones manejando diferentes prismas y abordajes. Primero juzgándolos a secas y ciscándome en sus muertos, he de reconocerlo; pero seguidamente también buscando cierta empatía que me permitiese comprenderlos. Tiré de mis escasos recuerdos de historia de la filosofía y rescaté tanto a Hobbes como a Rousseau. Aquello de si el hombre es malo por naturaleza o si se corrompe en sociedad, para finalmente enredarme en un pensamiento casi paranoico: toda la ralea de malnacidos, todos los hijos de mil zorras que pululan sobre la faz de la tierra, también fueron niños alguna vez. Porque aunque nos parezca mentira estas criaturas diabólicas no fueron el resultado de un abracadabrapatadecabra que habría permitido su aparición, sino que se gestaron en el vientre de una mujer que los trajo al mundo. Y tomaron biberones, cagaron pañales y a buen seguro aprendieron a andar en bicicleta sin ruedines en algún momento de sus primeros años de existencia. Tal vez incluso, y con esto me obsesiono sobremanera, habrían pasado por mis manos. Quién sabe si ya desde la más tierna infancia alguno de ellos podría haber sido aquel niño que le pegaba al resto de los compañeros en el recreo, que les quitaba el bocadillo, que especulaba con los cromos al término de las clases, que se arrancó a fumar a las primeras de cambio, que sin temblarle el pulso siempre le negaba al jefe de estudios la tropelía que había cometido, que desde su pupitre contemplaba al profesor con ojos vidriosos mientras pensaba: "¿Y qué me importará a mí lo que me está contando este gilipollas si yo lo que quiero ser es delincuente?". O probablemente al revés, que hubiese sido víctima de todos estos tempranos atentados y fuese planificando su venganza para servirla en plato frío en cuanto tuviese oportunidad. Y es entonces cuando quiero pensar que el factor educacional puede contribuir decisivamente a evitar que proliferen nuevos cafres, que padres y educadores tenemos mucho que decir y que hacer para no crear enemigos públicos. Y quiero creer que la probabilidad, el caos, el azar y la genética no juegan en esta partida. Y prácticamente me impongo el aferrarme a la idea de que un mundo mejor es posible pese a que los días grises todo apunte a que la maldad bien pareciera que viniese de serie en multitud de casos. Y puesto que no tengo fe en ningún Dios necesito confiar con cierta frecuencia en los seres humanos. Aunque solo sea para no sentirme también un hijo de puta más.

Almasy©


JOHNNY CASH: "Folsom Prison Blues"

lunes, 30 de diciembre de 2013

211. Redes antisociales


Llevo tiempo barruntando esta entrada y casi a diario algún acontecimiento me recuerda que estaba pendiente ponerla en pie. Sin ir más lejos, cada vez que retiramos el dispositivo móvil a algún alumno en el centro. A modo de terapia de desintoxicación solemos proponerle al sujeto que lo deje en nuestras dependencias una noche, no llega a 24 horas, para evitar imponerles otro castigo. Pero no hay forma. "Castígame a lo que quieras, profe, pero devuélveme el móvil que no puedo vivir sin él". Y los adultos tampoco tenemos mucha mejor pinta. No les digo más que la semana pasada me llamó al teléfono fijo -creo que no lo hacía desde hace una década- un amigo desesperado: "¡Jaime, se me ha muerto el móvil y tardan un par de días en arreglármelo! ¡Estoy sin WhatsApp! ¿Cómo hacemos para quedar para comer?". "No sé, estamos hablando ahora y nos vemos casi todos los días, ¿en cualquier momento?".
Y es que desde que la telefonía móvil y las diferentes plataformas de comunicación hicieron acto de aparición y se asentaron en nuestras vidas para quedarse ya nada ha sido igual. Bien es cierto que han contribuido positivamente en diferentes áreas -no tantas como creemos-, pero cada vez me reafirmo más en que aquello de lo que presumen -su carácter social- es precisamente de lo que adolecen.
El primer pecado que cometemos los consumidores, entre los que me incluyo, es que no reconocemos nuestra dependencia. Así, cual incipientes fumadores, nos repetimos convencidos: "Yo lo dejo cuando quiera", "Yo puedo pasar bien sin ello". Mentira. Incluso tú, que estás sonriendo ahora mismo mientras lees estas líneas al tiempo que piensas: "No lo dice por mí". Pues sí, también lo digo por ti. 
No sé si serán conscientes, pero hemos cambiado hasta nuestra forma de caminar. Frecuentemente nos desplazamos cabizbajos, móvil en ristre, concentrados en todo menos en la barandilla con la que nos vamos a pegar la hostia como no levantemos la vista. Tampoco es extraño ver a los conductores consultando sus dispositivos en los semáforos, y en lo que no son semáforos también, o hablando solos con ese instrumento del demonio que si bien bautizaron como manos libres, convierte a nuestra atención en esclava.
Jóvenes y adultos apenas hablan con los que tienen cerca pese a que hayan quedado para reunirse. Uno puede pasarse por cualquier parque de ocio o zona de restauración y ver grupos enteros de personas que con sonrisas estúpidas hablan con cualquiera menos con el que tienen a su vera. De hecho, en mi última quedada con amigos acabé dudando si nos habíamos reunido para cenar juntos o para chatear en compañía de otros.
Ya apenas disfrutamos del momento, pues es mucho más urgente subir la foto o el comentario alusivo al mismo. No se concibe que hayamos viajado a ningún sitio si no colgamos alguna instantánea, aunque hayamos viajado. Sencillamente si no hay foto, no ha ocurrido. Radiamos minuto y resultado de cada una de nuestras operaciones. Tanto que -y no es por dar ideas- si yo me dedicase al arte del desvalije de hogares, lo primero que haría sería echar un ojo a las redes sociales para ver si tengo vía libre. Fundamentalmente a Twitter, que ha desatado una tormenta de exhibicionistas que ponen, que ponemos, al alcance de cualquiera, los entresijos de nuestro devenir. Algunos, por cierto, mucho más interesantes vía red que en carne y hueso. 
Hace unos días leí a alguien algo parecido a: "si nos ofrecieran diez minutos más de batería para nuestro móvil a cambio de diez minutos de nuestra vida, aceptaríamos". Y lo peor de todo es que es cierto. Que nos hemos subido a un carro del que ya va a ser difícil bajarse, pues nos ha generado una manifiesta relación de dependencia. Incluso a los que dicen, a los que decimos, eso de "tranquilos que yo controlo".
Seguramente hay un buen puñado de teorías que expliquen el fenómeno. Yo simple y llanamente pienso que nos sentimos tan jodidamente solos y faltos de cariño que buscamos que se nos tenga en cuenta, aunque sea a costa de desnudar nuestras intimidades. Anhelamos supuestos "amigos", aparentes "seguidores", ante los que reivindicar lo ocurrentes que somos, lo divertida que es nuestra existencia, lo mucho que se nos quiere o en su defecto lo hartos que estamos de lo mal que nos trata la vida y lo que vamos a hacer para remediarlo -propósitos que suelen quedarse en la red porque generalmente no tenemos el valor de ponerlos en marcha-, y todo ello aderezado con el correspondiente  puñado de material multimedia que dé buena prueba de ello.
Eso sí, al menos debe consolarnos que esta vorágine ha desatado una generosa relación de puestos de trabajo. Y no me estoy refiriendo únicamente a los informáticos y empresarios que estarán llenando sus bolsillos, sino también a profesiones desconocidas hasta la fecha. Verbigracia, la de "diseñador de paridas varias" para que circulen por las diversas plataformas. Yo al menos me resisto a creer que alguien tenga el tiempo y las ganas de idear tal cantidad de moñadas si no es a cambio de un salario. Aunque a todos ellos les recomendaría un buen curso intensivo de ortografía, pues cada vez me resisto más a reenviar/retuitear gran parte de lo que me llega fundamentalmente por la enorme suma de patadas que le pega al diccionario.
Les dejo, que llevó un buen rato escribiendo y el ardiente buzón de mi móvil ya reclama que me disponga a responder mensajes.

Almasy©



ROBBIE WILLIAMS: "Losers"

jueves, 5 de diciembre de 2013

210. Medidas de racionalización irracionales


Soy un fan de los comentarios de texto. Yo lo sé y mis alumnos lo saben. Cada uno disfruta con lo que puede, qué le vamos a hacer, y he decir que a mí los comentarios de texto me ponen. Me seduce tremendamente analizar lo que se dice, y también lo que no se dice. Lo que se insinúa, lo que se advierte, lo que se oculta. Las verdades y sobre todo las mentiras que encierran. De hecho, mi historiador fetiche, Marc Bloch, venía a decir precisamente que la mentira informa de muchos más asuntos que la verdad. Y razón no le faltaba. El abordar un comentario de texto es lo más parecido a meterse en la piel de un investigador privado que desgrana un hecho de principio a fin. Desde el autor que lo protagoniza, pasando por el contexto en que se sitúa hasta desenmascarar la finalidad que persigue. El abordar un comentario de texto es lo más parecido a tener una opinión propia de lo que se tiene entre manos. A no decir amén por sistema.
En el día de hoy, a caballo entre la técnica de comentario de texto y la literatura que suele hacer acto de presencia en mis escritos –poca y mala, dirán algunos, pero haberla hayla– me acerco a un texto jurídico de esos que a uno lo dejan frío y más específicamente al Real Decreto-ley 14/2012, de 20 de abril, de medidas urgentes de racionalización del gasto público en el ámbito educativo, o lo que viene a ser lo mismo y mucho más comprensible para los terrícolas: lo que yo he resuelto llamar “las medidas de racionalización irracionales”.
Tal vez algunos piensen que este decreto no es de su interés. Que no le afecta en la medida en que ni es profesor ni padre de colegiales. Se equivoca. Tarde o temprano le va a afectar. Ese joven colegial al que ahora le están recortando puede acabar siendo su cliente –difícilmente su jefe a este paso, no nos vamos a engañar, pero también pudiera ser– y deseará que le pague religiosamente en lugar de salir por patas con la mercancía o de que le aborde enfundado con una media en la cabeza y una recortada en las manos; o tal vez el chico que le acerque la pizza un día a casa montado en su ciclomotor, ese mismo del que espera que no la traiga fría, le dé las buenas tardes y le devuelva correctamente el cambio. Puede ser, vaya usted a saber, la joven que un buen día le ceda el asiento en el autobús –circunstancia mucho más probable si ha recibido una educación en valores, la cual, créanme, no depende exclusivamente de lo que venga de sus progenitores, por mucho que algunos se empeñen en afirmar que los profesores enseñamos materias pero no educamos–.
Pues bien, nuestros mandatarios, esos mismos a los que otorgamos el poder a través de las elecciones, han decidido que esto de la educación no es tan importante como parece. O como mínimo que se puede recortar indiscriminadamente sin que la “eficiencia y la calidad” se vean alterados un ápice. Y para muestra unos botones que, si me lo permiten –y si no me lo permiten les va a dar igual porque esta es mi bitácora y aquí mando yo– procedo a comentarles. Dicen así estos ingenieros educativos:

En la actual coyuntura económica se hace necesario mejorar la eficiencia de las Administraciones Públicas en el uso de los recursos públicos, con objeto de contribuir a la consecución del inexcusable objetivo de estabilidad presupuestaria derivado del marco constitucional y de la Unión Europea.

A esto en mi pueblo se le llama echar balones fuera. Es una especie de “si no es culpa nuestra, que es la Constitución y la Unión Europea las que lo dicen”. ¿Y quiénes somos nosotros para decirles que no a estas dos señoras, verdad? Total, únicamente somos un presunto pueblo soberano que debería tener la capacidad de escribir su historia inmerso en una gran mentira llamada Europa –no es vano Europa jamás estuvo ni quiso estar unida– en la que el ciudadano de a pie –pongamos un camionero– la única medida práctica que ha experimentado desde la llegada de la UE ha sido la de constatar que en los puticlubs de Francia se paga con la misma moneda que en los de España.

En materia de educación, el objetivo común perseguido es proporcionar a las Administraciones educativas un conjunto de instrumentos que permitan conjugar los irrenunciables objetivos de calidad y eficiencia del sistema educativo con el cumplimiento de los objetivos de estabilidad presupuestaria y su ineludible reflejo en la contención del gasto público y en la oferta de empleo público.

Sinceramente les diré que cada día que oigo el vocablo “calidad” siento como si mis gónadas hubieran sido atravesadas por el aguijón de una avispa y comenzaran raudas a inflamarse. Bueno y ya lo de “eficiencia” tiene tela, pues plantear que un sector como el educativo debe perseguir la eficiencia como meta me produce sarpullido –también en las gónadas, si me apuran–. Yo quiero que mis alumnos aprendan cosas –la mayor parte del tiempo simple y llanamente por el mero placer de aprender, sin perseguir mayores objetivos– y a poder ser que no se conviertan en unos auténticos hijos de puta el día de mañana. De hecho, si tuviese que elegir entre que aprendan cosas y que no se conviertan en unos auténticos hijos de puta me decantaría por lo segundo.

Cuando, por razones de limitación del gasto público, la Ley de Presupuestos Generales del Estado no autorice la incorporación de personal de nuevo ingreso mediante Oferta de Empleo Público o establezca, con carácter básico, una tasa de reposición de efectivos inferior al 50 por 100, las Administraciones educativas podrán ampliar hasta un 20 por 100 el número máximo de alumnos establecido en el artículo 157.1.a) de la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, para la educación primaria y secundaria obligatoria.

Esto me recuerda a mi madre y su famoso “donde comen 4 comen 5”. El problema es que mi madre no se conformaba con partir las mismas raciones si se personaba un comensal más, sino que tiraba de congelador y sacaba otro chuletón para el nuevo invitado. Estos hacedores de leyes, en cambio, expertos en convertir lo ilegal de ayer en lo legal de hoy y viceversa como por arte de birlibirloque –de hecho, la fina barrera que supera legalidad de ilegalidad se resume en un Real Decreto– quieren que comamos más gente las mismas tajadas.

La parte lectiva de la jornada semanal del personal docente que imparte las enseñanzas reguladas en la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, en centros públicos y privados sostenidos con fondos públicos será, como mínimo, de 25 horas en educación infantil y primaria y de 20 horas en las restantes enseñanzas, sin perjuicio de las situaciones de reducción de jornada contempladas en la normativa vigente.

Coño, pero si además de comer más gente recortamos camareros. Así, con los que ya estaban nos apañamos para sacar adelante el convite –los aspirantes a mamarla–, solo que en vez de una jornada que hagan dos por el mismo sueldo, si total ahora con esto de la crisis siempre nos quedará el “y no te quejes que tienes trabajo y has de dar gracias a Dios”. Ni a las horas de estudio, ni a las noches en vela, ni a las renuncias que hiciste, ni al trago de la oposición que pasaste. Ni más ni menos que al mismísimo Dios. O en su defecto a Nuestro Señor Jesucristo o al Espíritu Santo, que para el caso vienen a ser lo mismo.

En los centros docentes públicos, el nombramiento de funcionarios interinos por sustitución transitoria de los profesores titulares se producirá únicamente cuando hayan transcurrido diez días lectivos desde la situación que da origen a dicho nombramiento. El período de diez días lectivos previo al nombramiento del funcionario interino deberá ser atendido con los recursos del propio centro docente.

En cristiano viejo que pase lo que pase no se sustituye un profesor hasta pasados diez días lectivos, que así dicho queda medio mal, pero que con sus fines de semana de por medio vienen a ser quince, lo cual queda atroz. Eso sí, que nadie se ponga nervioso, toda vez que un profesor se cubre con los recursos del propio centro docente. ¿Qué recursos?, me pregunto yo. Me da en la nariz que llaman recurso a un profesor de guardia que se limita a llevar una hojita con ejercicios para cubrir el expediente –en el mejor de los casos– a fin de que los alumnos pasen el rato, o mejor dicho, los ratos que les esperan por delante en esos quince días. Dos semanas en las que, pongamos, el ausente puede ser el profesor de inglés. Ese que enseña esa lengua tan fundamental. Más incluso que la propia de esta nación –total, si apenas cuenta la pobrecita mía con 500.000.000 de hablantes–. La del bilingüismo, ¿les suena? Sí hombre y mujer, esa que nos duele la boca de decir que es de vital importancia, aunque parece que no lo suficiente como para que se considere oportuno cubrir cual centella la ausencia de un profesor con otro. Claro que con esto de la fe todo se arregla, porque a buen seguro que nuestras autoridades deben confiar en que la inspiración divina aterrice sobre los discentes para grabarles a fuego la lengua de Shakespeare. De hecho, bien pareciera a tenor de la medida que se defendiera la tesis de que los alumnos aprenden incluso a pesar de los profesores. Y por extensión, no nos engañemos, de echarnos a los pies de los caballos. Tanto como que los usuarios comienzan peligrosamente a malpensar que la culpa y responsabilidad final de la gaita en cuestión es de todos aquellos profesores débiles y quebradizos que se ponen enfermos, ingresan en quirófanos y/o les da por preñarse, casarse, parir, asistir a entierros de familiares o cualquier barbaridad similar. ¡Si fueran hombres y mujeres hechos y derechos verdaderos amantes de su profesión y su alumnado jamás faltarían a su puesto de trabajo! Ahora bien, ironías a la cuneta, se lo puedo decir más alto pero no más claro: dejar quince días a un cerro de alumnos sin profesor tal vez contribuya a racionalizar el gasto, pero sin lugar a dudas es antipedagógico, involutivo, inmoral, inhumano y atenta contra la seguridad del alumnado. Lo dicho, irracional. Más claro el agua.

Almasy©


DEPECHE MODE: "Wrong"

viernes, 15 de noviembre de 2013

209. Cocineando


Hoy me llego hasta esta bitácora para hablarles de alimentación, gastronomía y cocina, asuntos íntimamente relacionados en los que he evolucionado sobresalientemente en los últimos años. De hecho, me atrevería a decir que hasta no hace más de 365 días yo era un ser absolutamente carnívoro que en la actualidad ha sido inclinándose hacia el omnivorismo. Más vale tarde que nunca, ¿verdad? Pero créanme que la falta de voluntad y la carga cultural del paisano en cuestión son poderosas y en mi caso el hecho de haberme criado rodeado de primos que antes de acostarse se metían para el cuerpo media tripa de chorizo con la correspondiente media hogaza de pan en detrimento del vaso de leche con galletas han hecho mella en mí. Y no, no soy argentino -por lo de la carne-, soy de León. Palabras mayores, háganme caso. 
Precisamente en busca y captura de ese omnivorismo me he ido cultivando en materia gastronómica y culinaria, descubriendo así parajes hasta entonces desconocidos. Fíjense que hasta hace bien poco la única maquinaria de cocina de cuya existencia era consciente era del microondas -a lo sumo el horno para meter la correspondiente pizza y la freidora ochentera de la mía mamma para las patatitas crujientitas de rigor-. Pero hete aquí que en este peregrinar se me han ido apareciendo sartenes, cazuelas, perolas, tarteras, planchas y hasta la maravillosa, excepcional, poderosa e inigualable... (redoble de tambor y arpegio de guitarra)... ¡Olla! De igual manera que en los supermercados he descubierto secciones más allá de la de los congelados, tales como la de ¡productos frescos!, que hasta la fecha para mí habían pintado menos que el pasillo de la comida para mascotas.
Pero la cosa no se ha quedado ahí, pues otra cosa no, pero ávido de conocimiento e inquieto por naturaleza lo soy un rato -bueno, tengo hasta una amiga que opina que soy superdotado, pero yo creo que es la manera cariñosa de llamarme TDH-. He ido más allá, hasta el punto de comprarme algún libro de cocina, trastear en alguna web y de acercarme incluso hasta algún programa de televisión sobre la materia en cuestión. He escuchado a los grandes, algunos de los cuales, admitiendo que puedan ser unos fieras en lo suyo, no me negarán que dejan bastante que desear en otros terrenos. Sin ir más lejos, ¿han oído hablar a Ferrán Adriá? ¡Un genio de la cocina, un revolucionario, no me cabe duda; pero cuando se trata de hablar en público eso de las frases con sujeto y predicado se le complican un rato! ¿Y Arguiñano? Un tío listo sin discusión, pues no en vano creo que haya pasado por el primetime de todas las cadenas pese a que unos días sí y otros también lo mínimo que parece que haya consumido antes del programa sea media arroba de setas alucinógenas, cuarto y mitad de peyote mexicano y siete pintas de caldo riojano. Pasando por Arzak -que me recuerda a los abuelitos entrañables que se atiborraban a orujo y se les ponían los ojillos tiernos- y llegando hasta el mismísimo Chicote, de rabiosa actualidad por programas en los que con delantales de Ágata Ruiz de la Prada que hacen bueno el refrán -aunque la mona se vista de seda mona se queda- se planta en cocinas varias para regalar sabias y medidas observaciones: "esto está más duro que el martillo de Thor", "mantenerlo caliente debajo del culo de una gallina" o "eres más guarro que la Potitos".
Precisamente de los top chef me sorprenden algunas técnicas y vocablos que, cuando menos, son carne para chiste fácil. Por ejemplo lo de "reducción", que viene a ser el proceso de concentración o espesamiento de una sustancia líquida mediante evaporación o ebullición. ¡Coño, como que se queda en nada, cómo no se va a llamar reducción! Aunque si les soy sincero el que me chifla con locura es el de "deconstrucción", que viene a ser simple y llanamente cambiarle la textura a un alimento conservando su sabor: "mira, ¿ves este helado de cucurucho?, ¿lo ves? Pruébalo, ¿a que te sabe a lubina con guarnición de pimientos del piquillo?". Fabuloso esto de "deconstruir" y un rato sofisticado, no me negarán. Tanto como si a "cagar" lo llamamos "descomer", ¿no les parece? Bueno y ya cuando te mientan que han utilizado el "nitrógeno líquido" para la elaboración de un plato se te queda el body para mear y no echar gota. ¿Cómo que nitrógeno líquido? ¿Eso no es con lo que la podóloga me quemaba el papiloma? ¿O lo de las pelis de "A todo gas"? ¿Lo que permite que el coche lo pete y salga despedido cual cohete?
Eso sí, a mí no me engañan estos cabrones con mandil vendedores del humo de la degustación que, por otra parte, de comer ensaladas no se les ve, pues cuando algún entrevistador les pregunta por su plato favorito no se la juegan y van a lo seguro: "huevos fritos con chorizo", "tortilla de patatas", "bocadillo de sardinas con cebolla". ¡Acabáramos! ¡Haber empezado por ahí!

Almasy©


CHISPITA Y SUS GORILAS: "Comer comer"