jueves, 6 de septiembre de 2012

199. Atención al cliente


Justo antes de iniciar mis merecidas vacaciones caniculares se me ocurre llegarme hasta el Carrefour, otrora Continente, para comprarme una máquina barbero con la que rebajarme el vello facial. Primer error. Confiando en que el personal que colocan en cada sección ha sido convenientemente formado en el uso y disfrute de los productos de los que está encargado se me ocurre buscar el asesoramiento de un dependiente. Segundo error. “Buenas tardes, ¿me puede recomendar alguna máquina específica para arreglar mi díscola barba?”. “Llévese esta que es la repera. Crema, cremita, crema. Yo tengo una igualita y me va de cine”. 

En llegando a casa me dispongo presto a la tarea a fin de comenzar mi descanso estival más bonito que un San Luis. Cuando saco el aparato en cuestión de la caja compruebo que no abulta más que un lapicero a medio uso. Me acuerdo del dependiente y frunzo el ceño, mas persisto en mi tarea apurando las últimas gotas de confianza en el género humano que me restan – pocas, créanme, muy pocas –. Sin embargo, mis sospechas se confirman. El achiperre de marras no es capaz de avanzar frente a mi tupida barba. Se queda. Miro el tamaño de las cuchillas y efectivamente resuelvo que el trasto a lo sumo sería capaz de retocar entrecejos, pelos de napias o ingles brasileñas – por cierto, que siempre me ha llamado la atención que a estas se les llame ingles cuando en realidad de lo que falamos es simple y llanamente del parrús femenino; pero bueno, ese es otro tema y estamos en horario infantil –. 

Raudo y veloz regreso el cacharro a su emplazamiento original y me dispongo para ir a cambiarlo. En Atención al Cliente vislumbro a lo lejos un par de jambas con cara de padecer incontinencia urinaria y de haber dejado atrás verbos como “sonreír”. “Hola, mire venía a devolver este producto”. “¿Le pasa algo?”. “Le pasa que no responde a mis expectativas”. “¿Lo ha utilizado usted?”. “Sí claro, para decidir que no responde a mis expectativas he osado utilizarlo. Tengo esa fea costumbre”. Tercer error. En Atención al Cliente no se puede ser sincero. Siempre hay que ir con alguna trola por delante del tipo: “No, es que me la regaló mi abuela y no acaba de gustarme el color de los botones”, o “es que la compré bajo los efectos de algún estupefaciente y fíjese, si yo no la necesito, que no tengo barba, de hecho mi segundo apellido es Barbilampiño”. “No se lo podemos cambiar ni devolverle el dinero, se trata de un artículo de higiene personal”. Lo que en cristiano viene a ser un “te jodes y te lo quedas por los siglos de los siglos, tonto las tres”. Entonces me empiezo a calentar. De menos a más, según contempla el reglamento. “¿Cómo dice?”. “Que se trata de un artículo de higiene personal”. Primera noticia que tengo, máxime teniendo en cuenta que en todas las peluquerías en las que me he rasurado el cráneo nos esquilan a uno detrás de otro con la misma cortapelos sin desinfectar. “Pero oigan, fueron ustedes los que me asesoraron en la compra – pensaba entonces en los exigentes cursos de formación a los que habrían sometido al dependiente que me atendió: “A ver chaval, ¿tú sabes de algo?”. “Bueno, solo soy ingeniero aeronáutico, tengo un máster en navegación aérea y hablo 4 idiomas”. “Muy bien, hale, entonces derechito a la sección de pequeño electrodoméstico, campeón”. – y además, en ningún momento me advirtieron de las condiciones que usted me plantea ahora”. “Venían explicitadas en un letrero junto a la cabecera en la que se encontraba el producto”. “Pero oigan, que soy español. ¿Dónde se ha visto a un español leyendo un cartel, o unas instrucciones? Eso nunca”. “Lo siento, no podemos hacer nada. Le repito que la política de la empresa establece que los productos de higiene personal no se cambian”. Mi calentura entonces alcanzando su punto álgido. “¿Pero qué política de empresa ni qué infante muerto?”. “¿Acaso cuando les vienen a devolver unos zapatos le preguntan al cliente si está aquejado por un papiloma plantar? ¿Y si se trata de un bañador? ¿En ese caso le cuestionan si porta ladillas o algún herpes vaginal juguetón digno de mención?”. “Hay más gente esperando”, me increpa entonces una señora de la cola. “Sí, concretamente son ustedes 9”, respondo. Tensión en el ambiente. Mucha tensión. La operaria recula unos metros hacia atrás y tira de teléfono. Me imagino la conversación. “Sr. Ramírez – el encargado, en España siempre hay un encargado – que tengo aquí a un gilipollas que me está tocando los ovarios. ¿Qué hago?”. “Dile que nones”. “Uy lo que me ha dicho. Ustedes no saben con quién se juegan los cuartos”. No queda otra: “¡Marchando una de hoja de reclamaciones!”.

Almasy©

lunes, 9 de julio de 2012

198. Vicios y virtudes de la Roja



Ocurrió otra vez, haciendo bueno lo de que "no hay dos sin tres". La Roja volvió a conquistar un título deportivo internacional de calado. Nuevamente el fútbol nos puso en el mapa e hizo que durante dos semanas el resto del planeta dejase de mofarse de nuestras miserias e incluso llegase a envidiarnos y hasta deseara ponerse en nuestra piel. Fueron apenas unos días en los que pudimos mirar por encima del hombro a alemanes, franceses, ingleses... y espetarles toreramente un "vosotros tendréis trabajo y dinero para llegar a fin de mes; pero nosotros somos campeones de Europa de fútbol, chincha, rabincha, tira de la cincha".

Definitivamente el balompié devolvió también la bandera a todos aquellos que la necesitaban. Diseñada en tiempos de Carlos III –circunstancia que la mayoría desconoce–, había quedado sin embargo secuestrada por el Franquismo y todo aquel que se identificó con ella o hizo exhibición de la misma años atrás sabía que corría el riesgo de ser calificado de facha. Por el contrario, ahora vuelve a ondear resplandeciente en los balcones y coches de todos aquellos que la consideran algo más que un simple trapo coloreado.

La Roja también ha sido responsable de disipar nuestra dudas de cara a las rebajas veraniegas: “me compro la camiseta de la selección sí o también”, “valga lo que valga” –que si mal no recuerdo ronda los 70 eurazos contantes y sonantes uno detrás de otro–, “aunque no tenga pa´ comer este mes”, “pese a quien pese”, “y si al crío no se le pueden comprar los libros de texto no se le compran, y punto pelota”; “pero yo sin la Roja no que quedo”.

Volvimos además a salir a la calle, y esta vez sin cara de indignados. Todo lo contrario, jubilosos y alborotados, con ánimo de festejar un hito que cambiará las vidas de la mayoría. Tal vez mañana se disipe la corrupción, abandone mi situación de parado, disminuya la ratio en la clase de mis hijos, deje de correr peligro esa supuesta prima lejana de la que nos hablan los noticiarios –de hecho, es tan supuesta como que yo no la he visto en mi puta vida– y a buen seguro que el copago sanitario pase a la historia como un mal sueño. Fijo.

Asimismo, comprobamos en las citadas celebraciones cómo los nuestros juegan como nadie pero se cuecen como todos. Porque aunque manejen el esférico como los ángeles no dejan de ser españoles, y no conocemos nada mejor para acompañar nuestras celebraciones que el bebercio. Porque son jóvenes y a buen seguro que la mayoría de ellos parcos en educación. Si tienen el graduado escolar me doy con un canto en los dientes y de bachillerato y estudios superiores mejor ni hablamos. Tal vez por este motivo, de igual modo que desconocen la cantidad de dinero que han amasado hasta la fecha, también ignoran que no dejan de ser un referente para todos aquellos niños que los admiran y, mucho me temo, los quieren emular. Y con esto no quiero decir que no tengan derecho a cogerse una torrija de campeonato de Europa; pero en privado. No delante de millones de espectadores que observen cómo sus ídolos lanzan sin tapujos un mensaje inequívoco: “ante cualquier éxito que coseches, mámate”.

Almasy©


Violadores del Verso: "Vicios y Virtudes"



Esta bitácora se despide hasta el mes de septiembre u octubre. Feliz verano.

domingo, 24 de junio de 2012

197. Memoria fin de curso


No me gusta especialmente escribir sobre temas de actualidad porque entiendo que están tan manidos por otros medios que pudiesen saturar a los lectores de esta bitácora. Sin embargo, en esta ocasión, y aunque solo sea por simple y llana deformación profesional, me veo en la obligación de poner por escrito algunas reflexiones en esta entrega que bien pudiera considerarse una memoria fin de curso.

Supongo que sabrán que está tocando a su fin un año complicado para todos los que habitamos el universo educativo. Y no solo porque a los docentes nos hayan empeorado significativamente nuestras condiciones laborales, tanto a nivel de horas de dedicación como de salario, sino porque la mayor parte de las piezas que componen el puzle escolar se han visto afectadas negativamente por el paquete de medidas adoptadas por nuestros gobernantes. Efecto dominó, creo que se llama.

Lo peor sin duda no han sido el aumento de dichas horas de trabajo ni la más que anunciada reducción de salario –una más–, sino el encabronamiento generalizado que estos ajustes han provocado entre el personal. Así, puedo afirmar haber visto a docentes altamente enojados acudir a su puesto de trabajo. Con cara de pocos amigos un día sí y otro también, sin ánimo para intercambiar alguna chanza o comentario jocoso que animasen nuestra existencia diaria. Poco predispuestos para tomarse un café con el que aliviar tensiones y fomentar el buen ambiente –en algunos casos, todo hay que decirlo, porque ya no disponen de hueco alguno para hacerlo, en otros, sencillamente porque no se lo pide el cuerpo–. Y un trabajador malhostiado, llámese docente, médico, empleado de banca o charcutero, rinde peor, se coordina peor con aquellos que debe entenderse para hacer buena esa utopía llamada “trabajo en equipo”, corrige peor, propone actividades extraescolares menos sugerentes. Incluso no propone ninguna. Porque carece del tiempo del que antes disponía o simplemente porque está más cabreado que un mono y aunque pudiese estirar su tiempo para seguir haciendo lo que antes hacía, le frenan mensajes interiores del tipo: “sí hombre, con la que está cayendo encima voy yo a organizar una excursión”, “para lo que me lo van a agradecer”, “claro, encima de puta a poner la cama”. En definitiva cumple con la pertinente parte educativa que le corresponde –la grande, no nos engañemos, es tarea de los padres, o al menos debería– en peores circunstancias de las que podría si sus condiciones laborales no se hubiesen visto afectadas y eso, lo creamos o no, se traduce en una peor atención a nuestra materia prima: el alumnado, y por extensión a sus familias.

Lo peor ha sido también el volver a asociar al profesorado con vocablos que nada tienen que ver con nuestra práctica cotidiana: huelga, vacaciones, pereza. Al menos con la de una inmensa mayoría, porque aquí tampoco podemos ni debemos ponernos medallas corporativas y negarnos a la evidencia: hay docentes que se merecen estas medidas y peores aún, puesto que son profesores como podrían haber sido mamporreros. Sin embargo, como toda medida democrática que se precie la hostia se ha repartido cristianamente tanto entre los que SÍ cumplen –esos que aman su profesión, que le dan vueltas a qué actividad proponer el curso siguiente, que se empecinan en reciclarse con un curso sí y otro también que mejore su práctica docente, que les cuesta un triunfo poner una calificación porque saben lo que esta implica, que se presentan cada día sabiendo que su horario de trabajo ocupa, grosso modo, las mañanas de lunes a viernes, que no se quitan el traje de profesor cuando acaba la jornada laboral, sino que entienden que somos docentes 24 horas al día, 7 días a la semana– como entre los que NO –esos que aterrizan desde primera hora con el cronómetro puesto, no sea que se pasen un segundo de su horario, que si tienen clase un viernes a 6ª ponen mala jeta al jefe de estudios porque tradicionalmente ese día a esa hora lo dedicaban a hacer la compra en el Mercadona, que en los huecos aprovechan para acercarse al mercadillo del barrio en busca de alguna ganga, que solo les falta poner las calificaciones de igual modo que Franco firmaba las sentencias de muerte: comiendo picatostes, que lo más parecido a un curso de formación que han hecho ha sido una mierda muy gorda online que les sirva para el cobro del sexenio, que constituyen la prueba fehaciente de que el proceso de oposiciones tiene sus taras, que no solo no se oponen a las medidas adoptadas sino que les parecen cojonudas porque ejercen de fabulosa coartada para justificar su leitmotiv: “si antes hacía poco, a partir de ahora menos”.

Nada agradable ha sido tampoco padecer la proliferación de activistas de postal que se pasean por el mundo dando lecciones a los demás. Muchos de ellos enfundados permanentemente en su elástica de marea verde –que a más de uno y más de dos le ha ahorrado sin duda disquisiciones ante el armario a la hora de decidir qué ponerse cada mañana– y alardeando de su defensa a ultranza de lo público; aunque luego lleven a sus hijos a la escuela privada porque “en el instituto público de al lado de casa hay mucho inmigrante” o prefieran Adeslas a la Seguridad Social en materia médica “porque la lista de espera es menor”. ¡Nos ha jodido Mayo! ¡Tú como todos, que diría Mourinho a Guardiola! Y también la de algunos para los que las protestas no son únicamente una forma de conciencia político-social, sino de vida y hasta de ocio. Así, igual que a mí me gusta en mi tiempo libre bajarme al parque con mis hijas, ir al teatro con mis hijas, pasearme por el centro comercial con mis hijas o entregarme a una noche de sexo desenfrenado si la parienta está por la labor y las hijas dormidas –esto último poco o nada frecuente–, a otros les pone lo de irse de mani o de asamblea. Cosa que me parece estupenda, pero no andemos tocando las gónadas al personal gratuitamente. A mí no me cabe duda alguna: entre la revolución y mis hijas, siempre estarán mis hijas. Para tanto no tengo tiempo.

Poco seductor se me antoja por otra parte el clima de resignación creado por todos y por ninguno. Así como de considerar estas medidas como una suerte de paréntesis en la historia educativa del país. Craso error. Como lo fue considerar el nazismo como un paréntesis en la historia de Alemania, el estalinismo en la de Rusia o el franquismo en la de España. Son tan reales como las de cualquier otro período y así debemos asumirlas y vivirlas, porque de lo contrario sería negar la existencia de todos aquellos que las padecemos. Y es que nos gusten o no son las que la mayoría de la población ha respaldado con sus votos, y no me vale ahora el “si lo hubiese sabido”. Ahora nos las comemos con papas. Por gilipollas. Por anormales. Así de sencillo. La próxima ocasión que la gente se lo piense mejor y si resulta que sigue una y otra vez apoyando a los gobiernos que las despliegan simplemente podremos alegar un “tenemos lo que nos merecemos”. Porque nos agrade o no en esto consiste este deficiente sistema conocido como democracia: en aplaudir lo que me gusta y en apechugar con lo que no. No valen medias tintas. El paquete es completo e indivisible.

Escasamente sugerente se presenta también la consideración de la profesión de docente para la opinión pública. Así, en la cola de la pescadería, cuando antes solo se oía eso de “¡menudas vacaciones!”, ahora se le han sumado matices: “¡con las vacaciones que tienen encima se quejan!”. Y que nadie se haga pajas mentales con eso de que tenemos el apoyo mayoritario de alumnos y padres y otras mierdas similares propias de la factoría Disney. De hecho, yo he ido percibiendo cómo el inicial “estamos con vosotros en la lucha” ha ido mutando por un “joder, que mi hijo está perdiendo muchas clases con vuestras huelgas y este año tiene la selectividad; joder, que yo quiero que os llevéis al niño a visitar Segovia, que al final me va a tocar a mí, y ahora me venís con que no hacéis extraescolares, joder…”. Lejos pues de entender que los docentes, ante todo y sobre todo somos trabajadores con derecho a movilizarnos cuando nuestras condiciones laborales, sean las que sean, se ven perjudicadas. De igual modo que lo tendría un tipo que gana 500.000 euros anuales y goza de 5 meses de vacaciones si pasase a ganar 450.000 y a disfrutar únicamente de 4 meses y medio. Yo personalmente no pienso pedir perdón siempre que esto ocurra y seguiré enarbolando algunas de las banderas ya expresadas en anteriores entregas de esta misma bitácora. Inicialmente las más políticamente correctas y educadas: “no es que los profesores tengamos muchas vacaciones, es que tú tal vez tengas pocas”, o bien,  “no exijas que empeoren las condiciones de los demás, reivindica que las tuyas mejoren”, para seguidamente, y si estas no funcionan, pasar a las más ácidas: “las universidades están abiertas y las oposiciones al alcance de todos los que quieran partirse la crisma, dejarse la juventud y acumular un saco de dioptrías”, “cuando tú conducías un coche con 18 años el único volante que estaba a mi alcance era el del conductor del autobús que me llevaba a la universidad”, e incluso tirar de gallardía torera si la ocasión lo requiere: “¿Cómo dices? ¿Que los profesores vivimos bien? Cuatro que podemos”. O mejor dicho, “que podíamos”.

Almasy©


BARBRA STREISAND: "Memory"



viernes, 8 de junio de 2012

196. Fauna suburbana



Pongamos que entramos en el suburbano de Madrid –popularmente conocido como metro– a eso de las 10 in the morning. Una hora no precisamente punta pero sí lo suficientemente afilada como para perpetrar una radiografía de la fauna que habita en lo que podríamos llamar “el vagón tipo”.
Pese a no toparnos con el tumulto de unas horas antes, lo primero que nos sorprende es el tufillo característico de este transporte. Así como a mina revenida. No en vano nos encontramos bajo tierra y por estos lares no se prodigan los efluvios florales. De hecho, al tradicional eslogan publicitario acuñado por la Comunidad para notificarnos las excelencias del suburbano capitalino: “Metro de Madrid, ¡Vuela!”, bien podríamos añadirle un “¡… y huela!”. Mas centrémonos en el asunto que nos ocupa hoy, que no es la flora sino la fauna del medio en cuestión. Pues bien, entre esta última a buen seguro que hacen acto de presencia, espécimen arriba, espécimen abajo:

a) El viejo verde. Ese que aprovechando cualquier atisbo de masa arrejuntada le arrima la cebolleta a alguna fémina.

b) El lector. Que parece devorar los libros, ávido de letra y más letra, apurando el capítulo no sea que no le dé tiempo a concluirlo antes de que llegue su parada.

c) El lector del lector. Al que parece habérsele olvidado su lectura en casa y se tiene que conformar con echarle un vistazo a la que porta el viajero a su vera. Al descuido, por el rabillo del ojo, articulando el cuello de manera que pueda alcanzar su objetivo sorteando el hombro de su víctima.

d) La maquilladora. Esa que ha apurado el sueño hasta el último segundo y tiene que ornamentarse el careto durante el viaje. La tía tiene una práctica de cojones, pues pese al traqueteo y los empellones que pueda propinar algún maquinista inexperto, se perfila los güellos como si de un delineante se tratase.

e) El melómano. Distinguiendo aquí al avaro, que solo quiere su música para él y se coloca unos cascos que impiden al resto disfrutar de sus piezas; y al generoso, que anhela compartir con el resto de los mortales su currada selección de temas y opta por accionar la función altavoz de su reproductor para deleite de los presentes.

f) El dormilón. Que extiende sus horas de descanso trocando confortable lecho por rígido asiento sin titubear un instante al tiempo que desarrolla un sexto sentido para no pasarse jamás de los jamases la parada que le corresponde.

g) El tarado. Que habla solo y frecuentemente fomenta la bronca increpando a propios y extraños. Se le reconoce porque la gente lo evita y suelen quedar asientos vacíos a su lado.

h) La pureta enlacada cortinglesera. Que tras asestarle un aldabonazo mortal a la tarjeta de crédito del marido que se resiste a jubilarse, te pone ojitos tiernos para que le cedas el asiento.

i) El estudiante. Que despliega su artillería de apuntes y manuales de camino a clase como si se encontrase en una biblioteca. “Repasa en casa, cabrón, que no me dejas sitio para airear las gónadas”, apetece soltarle.

¿Se animan a completar el zoo?

Almasy©


El príncipe gitano: "In the ghetto" 
(Aunque atendiendo al inglés que me gasta el tipo, bien podría ser In the metro)

viernes, 25 de mayo de 2012

195. Palabras



Los que me conocen saben de mi amor por las palabras. Y también de mi pasión por aquellas que, convenientemente combinadas, dejan las cosas claritas: “Me cago en tu puta madre”, verbigracia, no deja lugar a dudas. Tampoco un buen “gilipollas”, articulado eso sí por gente del norte, a la que se nos llena la boca de contundencia cuando lo soltamos saboreando cada sílaba como si de una sentencia de muerte se tratase –siento decir que cuando un amigo del Tajo para abajo me llama “gilipollas” me entra la risa floja­–. Sin embargo, pese a mi afán por los vocablos explícitos, no le hago ascos a un buen eufemismo. Por cierto, y por mucho que diga quien lo diga, no me cabe duda alguna de que los eufemismos los inventaron las abuelas. Como lo oyen. Concretamente en aquellas visitas al pueblo en las que uno llegaba sobrepasado de kilos y su abuela le decía: “¡Ay mi nieto, qué hermoso y qué lozano está!”. “¡Abuela, está gordo!”, corregía el cabrón de tu hermano. “¡Qué va a estar gordo, a lo sumo fuerte!”.

De los últimos eufemismos sobre los que he reparado me han seducido con creces “fallecer” y “aseo”. Por lo que se refiere a “fallecer”, hablamos de la versión políticamente correcta de “diñarla”, salvo en el caso del universo hippie, que por aquello de su ardor floral prefieren “irse a criar malvas” y del colectivo de fisioterapeutas, que se inclinan por “estirar la pata”. Me gusta “fallecer” porque suena a “desmayarse”, seguramente por la impresión que debe causar vislumbrar a la puta Parca empuñando su temible guadaña.

En cuanto a la palabra “aseo”, me priva sobremanera porque esconde a las mil maravillas la podredumbre que puede llegar a implicar. Tanto es así que, cuando uno pregunta en algún local por el “aseo”, su interlocutor solo puede imaginárselo yendo simplemente a lavarse las manos y retocarse el tupé en un espacio inmaculado con aroma a petunias. Lejos pues de váter, letrina, tigre o retrete, que solo mentarlas evocan un cuchitril con el pestillo de la puerta jodido, el perchero reventado –y estas dos circunstancias en invierno, acarreando abrigo y bolso no me negarán que complican notablemente el asunto– y un mísero agujero maloliente en el que virus, bacterias y otros pobladores asiduos a la pestilencia parecer estar esperándolo a uno con el colmillo afilado.

Almasy©


QUEEN: "Bohemian Rhapsody"

viernes, 11 de mayo de 2012

194. Objetivamente desordenadas

Jn. II, 13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén, y halló en el templo vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y cambistas sentados. Hizo un azote de cuerdas, y los echó a todos del Templo con las ovejas y los bueyes, tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y dijo a los vendedores de palomas: “Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. 

Contexto: la presente entrega no llega después de ninguna experiencia personal dolorosa en la que la Iglesia Católica y yo nos hayamos visto inmersos. No estudié en los curas, ni estuve a punto de ordenarme sacerdote, ni serví como monaguillo en parroquia alguna, situaciones estas que suelen destilar un cierto tufillo traumático solo con mentarlas. Es más, de joven -o si lo prefieren, de más joven- llegué incluso a echar raíces en una parroquia de barrio con la que disfruté de tres campamentos de verano que se cuentan entre las experiencias más satisfactorias de mi existencia. Conozco a gente maravillosa en el circuito eclesiático -como en otros muchos circuitos-, pero hay cosas con las que no se puede ni se debe tragar. Hoy simplemente denuncio una de tantas.

(Dedicado a "P", que fue cura y se acabó saliendo. Y a "M", el sacerdote más insumiso que he conocido jamás. Y también a "T", por tirarse el rollo -no puedo desvelar el favor que me hizo porque podría meterlo en un problema- y por empezar oficiando una misa de boda como corresponde: "¡Qué os voy a decir yo del matrimonio si no estoy casado!").

***

¿QUIÉN?: Monseñor Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Espiscopal, o sea, el que expone públicamente el sentir y el pensar oficial de los mandamases de la Iglesia Católica Española.

¿CUÁNDO?: 27 de abril de 2012, sí, sí, han leído bien, de 2012, siglo XXI, edad contemporánea.

¿QUÉ?: "las relaciones homosexuales son objetivamente desordenadas, (...) pero si es una enfermedad o no, no es competencia de la Iglesia. Para eso están los médicos y psiquiatras, y hay muchas opiniones". Literal, sin tuneo alguno por mi parte y enterándome ahora que un psiquiatra no es un médico.

Te voy a explicar yo lo que es desordenado, querido Monseñor:

*Desordenada es la condena que hacéis no solo de las relaciones homosexuales, sino de colchones de salvación para la humanidad como los anticonceptivos. Porque se tiene derecho a echar un polvo sin arriesgarse a concebir un niño que ni se quiere ni se puede mantener. Por simple y llano amor al arte y por extensión para prevenir enfermedades de trasmisión sexual como el SIDA, que por si no os habéis enterado todavía es algo más grave que un constipado. Y ya en países subdesarrollados ni te cuento. Si a los pobrecitos míos les ayudásemos a cortar el grifó, ¡cuánto mejor les iría!

*Desordenado es que en una institución como la escuela pública siga siendo de obligada oferta la asignatura de una confesión religiosa concreta, que en cursos como 2º y 4º de ESO tiene tantas horas de impartición como la Física y la Química de 3º de ESO o la Biología y Geología del mismo curso. Eso sí, me consuela saber que la ley de la gravedad, las valencias de átomos o radicales, la evolución humana y la morfología de la corteza terrestre se podrán explicar como un milagro propiciado por la obra y gracia de Dios, que es muy socorrido y vale pa´ to´. 

*Desordenado es que el Estado Español, ese que se rige por una Constitución en la que reza -verbo que me viene a huevo para esta entrega-: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal", siga financiando vuestras buenas obras -que haberlas haylas-; pero también vuestras atrocidades -que haberlas haylas-, con casillita incluida en la declaración de la renta, mientras que para otros terrenos como la investigación científica se estén aplicando unos recortes salvajes. Por ejemplo para el tratamiento y la curación del cáncer. Así que ya saben, si lo padecen encomiéndense a Padre, Hijo o Espíritu Santo, que para el caso son lo mismo.

*Desordenados son el caos, la muerte y la destrucción desplegados por vuestras abyectas gestiones a lo largo de la historia. Léase Inquisición, tribunal religioso encargado de perseguir, juzgar y castigar delitos contra la fe -o sea, todo- durante la friolera de ocho siglos. Léase Guerras Santas -románticamente conocidas como Cruzadas-, esas mismas por las que hoy a los musulmanes que las enarbolan llamamos fanáticos, terroristas y alguna que otra perla más. Léase apoyo tácito y hasta explícito a regímenes totalitarios sostenidos por el miedo y la amenaza, sin ir más lejos el Franquismo, que por mucho que digamos, sigue latente. Léase connivencia con bandas armadas como en el caso del IRA en Irlanda, y aquí en casa con Euskadi Ta Askatasuna, ETA para los amigos, recomendando en este punto la atenta lectura de obras como la que firma Álvaro Baeza: ETA nació en un seminario, y también tirar de hemeroteca para investigar cuántos eclesiásticos fueron asesinados por el mentado grupo terrorista en todos sus años de cruel existencia. ¿Ninguno? ¿Por qué?

*Desordenada es la opulencia con la que muchos de los que os llamáis representantes de Dios en la Tierra seguís viviendo. ¡Cielo Santo, si es entrar en el Vaticano y entender por qué Lutero lió la que lío hace ya cinco siglos!

*Desordenados son los múltiples casos de pederastia que muchos amparáis y hasta justificáis: "La carne es débil y al fin y al cabo somos humanos", os he oído decir a más de uno en aquellas ocasiones en las que sale a la luz algún escándalo de esta índole. ¿Pero no quedamos en que erais los representantes de Dios en la Tierra?

*Desordenado es vuestro inmovilismo, vuestra contumaz inadaptación a los tiempos que corren. Vamos, que habéis evolucionado menos que el teletexto.

Por último, Monseñor, al psiquiatra os vais tú y tu santa madre, que tuvo que quedarse de un a gusto cuando te parió.

Amén.

Almasy©

P.D. Un buen amigo maricón -me tiene terminantemente prohibido usar los vocablos "homosexual" o "gay" porque dice que son de ricos- me comentaba al hilo de las citadas declaraciones de Monseñor: "De desordenados nada, que mi Javi y yo tenemos la casa colocadísima y limpia como el jaspe". Ahí queda eso. Escogóllalo.


Enrique Iglesias: "Experiencia religiosa"
 

martes, 24 de abril de 2012

193. Se acabó



Se acabó el musical, chicos, se acabó. Se acabaron esos ensayos de recreo en el que me coinciden tres bailes y solo tengo un cuerpo con el que ser y estar. Se acabó lo de devorar el bocata deprisa y corriendo porque hay que terminar un ocho de la coreo que se nos está atravesando. Se acabaron esas séptimas en las que me quedo a ensayar porque la comida y la siesta pueden esperar un rato más. Se acabaron los cuadrantes imposibles y los cientos de miles de emails a todas horas –literal–. Se acabaron los “Jaime, no me puedo quedar hoy a ensayar porque tengo conservatorio, o danza, o inglés, o curro…” y también las respuestas rollo: “No pasa nada” –cuando la excusa me pillaba de buen humor– y también las que iban más en la línea de: “Si sigues faltando no puedes seguir en este proyecto” –cuando el enfado, el cansancio y a veces hasta la desesperación hacían acto de presencia. Que lo hicieron–. Se acabaron los subidones cuando la cosa avanzaba, y también los bajones cuando parecía atascarse y no tirar hacia delante de ninguna de las maneras. Se acabó lo de pasar lista, revisar el estado de la cuestión amenazando con cortar cabezas a los más díscolos, arreglar canciones, colocar voces, comprar vestuario... Se acabaron los mensajes de ánimo y hasta alguna que otra bronca con sabor a ultimátum.
Poco importa ya si en el estreno, cuando dimos a luz un proyecto de todo un año en el que por encima del resultado me quedo con el proceso, se atrancó un paso, se fue un texto, no nos dio tiempo a cambiarnos o se nos deslizó algún gallo. Poco importa si una luz entró tarde, si un audio se coló antes de tiempo o si la petaca del micro no respondió como hubiésemos deseado. E importa poco porque el envoltorio en su conjunto fue tan extraordinariamente bello que disfrazó cualquier posible imprevisto de esos que le retuercen a uno el gesto y hasta le provocan alguna lágrima. E importa poco porque acertamos y nos equivocamos juntos, como un equipo, unidos por un proyecto común, por un latido compartido, por los eslabones de una cadena única, por una indivisible pulsera enmarañada en todas y cada una de nuestras muñecas.

Se acabó. Pena, penita, pena, que se acabó.

Almasy©




KARL JENKINS: "Adiemus"