domingo, 24 de junio de 2012

197. Memoria fin de curso


No me gusta especialmente escribir sobre temas de actualidad porque entiendo que están tan manidos por otros medios que pudiesen saturar a los lectores de esta bitácora. Sin embargo, en esta ocasión, y aunque solo sea por simple y llana deformación profesional, me veo en la obligación de poner por escrito algunas reflexiones en esta entrega que bien pudiera considerarse una memoria fin de curso.

Supongo que sabrán que está tocando a su fin un año complicado para todos los que habitamos el universo educativo. Y no solo porque a los docentes nos hayan empeorado significativamente nuestras condiciones laborales, tanto a nivel de horas de dedicación como de salario, sino porque la mayor parte de las piezas que componen el puzle escolar se han visto afectadas negativamente por el paquete de medidas adoptadas por nuestros gobernantes. Efecto dominó, creo que se llama.

Lo peor sin duda no han sido el aumento de dichas horas de trabajo ni la más que anunciada reducción de salario –una más–, sino el encabronamiento generalizado que estos ajustes han provocado entre el personal. Así, puedo afirmar haber visto a docentes altamente enojados acudir a su puesto de trabajo. Con cara de pocos amigos un día sí y otro también, sin ánimo para intercambiar alguna chanza o comentario jocoso que animasen nuestra existencia diaria. Poco predispuestos para tomarse un café con el que aliviar tensiones y fomentar el buen ambiente –en algunos casos, todo hay que decirlo, porque ya no disponen de hueco alguno para hacerlo, en otros, sencillamente porque no se lo pide el cuerpo–. Y un trabajador malhostiado, llámese docente, médico, empleado de banca o charcutero, rinde peor, se coordina peor con aquellos que debe entenderse para hacer buena esa utopía llamada “trabajo en equipo”, corrige peor, propone actividades extraescolares menos sugerentes. Incluso no propone ninguna. Porque carece del tiempo del que antes disponía o simplemente porque está más cabreado que un mono y aunque pudiese estirar su tiempo para seguir haciendo lo que antes hacía, le frenan mensajes interiores del tipo: “sí hombre, con la que está cayendo encima voy yo a organizar una excursión”, “para lo que me lo van a agradecer”, “claro, encima de puta a poner la cama”. En definitiva cumple con la pertinente parte educativa que le corresponde –la grande, no nos engañemos, es tarea de los padres, o al menos debería– en peores circunstancias de las que podría si sus condiciones laborales no se hubiesen visto afectadas y eso, lo creamos o no, se traduce en una peor atención a nuestra materia prima: el alumnado, y por extensión a sus familias.

Lo peor ha sido también el volver a asociar al profesorado con vocablos que nada tienen que ver con nuestra práctica cotidiana: huelga, vacaciones, pereza. Al menos con la de una inmensa mayoría, porque aquí tampoco podemos ni debemos ponernos medallas corporativas y negarnos a la evidencia: hay docentes que se merecen estas medidas y peores aún, puesto que son profesores como podrían haber sido mamporreros. Sin embargo, como toda medida democrática que se precie la hostia se ha repartido cristianamente tanto entre los que SÍ cumplen –esos que aman su profesión, que le dan vueltas a qué actividad proponer el curso siguiente, que se empecinan en reciclarse con un curso sí y otro también que mejore su práctica docente, que les cuesta un triunfo poner una calificación porque saben lo que esta implica, que se presentan cada día sabiendo que su horario de trabajo ocupa, grosso modo, las mañanas de lunes a viernes, que no se quitan el traje de profesor cuando acaba la jornada laboral, sino que entienden que somos docentes 24 horas al día, 7 días a la semana– como entre los que NO –esos que aterrizan desde primera hora con el cronómetro puesto, no sea que se pasen un segundo de su horario, que si tienen clase un viernes a 6ª ponen mala jeta al jefe de estudios porque tradicionalmente ese día a esa hora lo dedicaban a hacer la compra en el Mercadona, que en los huecos aprovechan para acercarse al mercadillo del barrio en busca de alguna ganga, que solo les falta poner las calificaciones de igual modo que Franco firmaba las sentencias de muerte: comiendo picatostes, que lo más parecido a un curso de formación que han hecho ha sido una mierda muy gorda online que les sirva para el cobro del sexenio, que constituyen la prueba fehaciente de que el proceso de oposiciones tiene sus taras, que no solo no se oponen a las medidas adoptadas sino que les parecen cojonudas porque ejercen de fabulosa coartada para justificar su leitmotiv: “si antes hacía poco, a partir de ahora menos”.

Nada agradable ha sido tampoco padecer la proliferación de activistas de postal que se pasean por el mundo dando lecciones a los demás. Muchos de ellos enfundados permanentemente en su elástica de marea verde –que a más de uno y más de dos le ha ahorrado sin duda disquisiciones ante el armario a la hora de decidir qué ponerse cada mañana– y alardeando de su defensa a ultranza de lo público; aunque luego lleven a sus hijos a la escuela privada porque “en el instituto público de al lado de casa hay mucho inmigrante” o prefieran Adeslas a la Seguridad Social en materia médica “porque la lista de espera es menor”. ¡Nos ha jodido Mayo! ¡Tú como todos, que diría Mourinho a Guardiola! Y también la de algunos para los que las protestas no son únicamente una forma de conciencia político-social, sino de vida y hasta de ocio. Así, igual que a mí me gusta en mi tiempo libre bajarme al parque con mis hijas, ir al teatro con mis hijas, pasearme por el centro comercial con mis hijas o entregarme a una noche de sexo desenfrenado si la parienta está por la labor y las hijas dormidas –esto último poco o nada frecuente–, a otros les pone lo de irse de mani o de asamblea. Cosa que me parece estupenda, pero no andemos tocando las gónadas al personal gratuitamente. A mí no me cabe duda alguna: entre la revolución y mis hijas, siempre estarán mis hijas. Para tanto no tengo tiempo.

Poco seductor se me antoja por otra parte el clima de resignación creado por todos y por ninguno. Así como de considerar estas medidas como una suerte de paréntesis en la historia educativa del país. Craso error. Como lo fue considerar el nazismo como un paréntesis en la historia de Alemania, el estalinismo en la de Rusia o el franquismo en la de España. Son tan reales como las de cualquier otro período y así debemos asumirlas y vivirlas, porque de lo contrario sería negar la existencia de todos aquellos que las padecemos. Y es que nos gusten o no son las que la mayoría de la población ha respaldado con sus votos, y no me vale ahora el “si lo hubiese sabido”. Ahora nos las comemos con papas. Por gilipollas. Por anormales. Así de sencillo. La próxima ocasión que la gente se lo piense mejor y si resulta que sigue una y otra vez apoyando a los gobiernos que las despliegan simplemente podremos alegar un “tenemos lo que nos merecemos”. Porque nos agrade o no en esto consiste este deficiente sistema conocido como democracia: en aplaudir lo que me gusta y en apechugar con lo que no. No valen medias tintas. El paquete es completo e indivisible.

Escasamente sugerente se presenta también la consideración de la profesión de docente para la opinión pública. Así, en la cola de la pescadería, cuando antes solo se oía eso de “¡menudas vacaciones!”, ahora se le han sumado matices: “¡con las vacaciones que tienen encima se quejan!”. Y que nadie se haga pajas mentales con eso de que tenemos el apoyo mayoritario de alumnos y padres y otras mierdas similares propias de la factoría Disney. De hecho, yo he ido percibiendo cómo el inicial “estamos con vosotros en la lucha” ha ido mutando por un “joder, que mi hijo está perdiendo muchas clases con vuestras huelgas y este año tiene la selectividad; joder, que yo quiero que os llevéis al niño a visitar Segovia, que al final me va a tocar a mí, y ahora me venís con que no hacéis extraescolares, joder…”. Lejos pues de entender que los docentes, ante todo y sobre todo somos trabajadores con derecho a movilizarnos cuando nuestras condiciones laborales, sean las que sean, se ven perjudicadas. De igual modo que lo tendría un tipo que gana 500.000 euros anuales y goza de 5 meses de vacaciones si pasase a ganar 450.000 y a disfrutar únicamente de 4 meses y medio. Yo personalmente no pienso pedir perdón siempre que esto ocurra y seguiré enarbolando algunas de las banderas ya expresadas en anteriores entregas de esta misma bitácora. Inicialmente las más políticamente correctas y educadas: “no es que los profesores tengamos muchas vacaciones, es que tú tal vez tengas pocas”, o bien,  “no exijas que empeoren las condiciones de los demás, reivindica que las tuyas mejoren”, para seguidamente, y si estas no funcionan, pasar a las más ácidas: “las universidades están abiertas y las oposiciones al alcance de todos los que quieran partirse la crisma, dejarse la juventud y acumular un saco de dioptrías”, “cuando tú conducías un coche con 18 años el único volante que estaba a mi alcance era el del conductor del autobús que me llevaba a la universidad”, e incluso tirar de gallardía torera si la ocasión lo requiere: “¿Cómo dices? ¿Que los profesores vivimos bien? Cuatro que podemos”. O mejor dicho, “que podíamos”.

Almasy©


BARBRA STREISAND: "Memory"



viernes, 8 de junio de 2012

196. Fauna suburbana



Pongamos que entramos en el suburbano de Madrid –popularmente conocido como metro– a eso de las 10 in the morning. Una hora no precisamente punta pero sí lo suficientemente afilada como para perpetrar una radiografía de la fauna que habita en lo que podríamos llamar “el vagón tipo”.
Pese a no toparnos con el tumulto de unas horas antes, lo primero que nos sorprende es el tufillo característico de este transporte. Así como a mina revenida. No en vano nos encontramos bajo tierra y por estos lares no se prodigan los efluvios florales. De hecho, al tradicional eslogan publicitario acuñado por la Comunidad para notificarnos las excelencias del suburbano capitalino: “Metro de Madrid, ¡Vuela!”, bien podríamos añadirle un “¡… y huela!”. Mas centrémonos en el asunto que nos ocupa hoy, que no es la flora sino la fauna del medio en cuestión. Pues bien, entre esta última a buen seguro que hacen acto de presencia, espécimen arriba, espécimen abajo:

a) El viejo verde. Ese que aprovechando cualquier atisbo de masa arrejuntada le arrima la cebolleta a alguna fémina.

b) El lector. Que parece devorar los libros, ávido de letra y más letra, apurando el capítulo no sea que no le dé tiempo a concluirlo antes de que llegue su parada.

c) El lector del lector. Al que parece habérsele olvidado su lectura en casa y se tiene que conformar con echarle un vistazo a la que porta el viajero a su vera. Al descuido, por el rabillo del ojo, articulando el cuello de manera que pueda alcanzar su objetivo sorteando el hombro de su víctima.

d) La maquilladora. Esa que ha apurado el sueño hasta el último segundo y tiene que ornamentarse el careto durante el viaje. La tía tiene una práctica de cojones, pues pese al traqueteo y los empellones que pueda propinar algún maquinista inexperto, se perfila los güellos como si de un delineante se tratase.

e) El melómano. Distinguiendo aquí al avaro, que solo quiere su música para él y se coloca unos cascos que impiden al resto disfrutar de sus piezas; y al generoso, que anhela compartir con el resto de los mortales su currada selección de temas y opta por accionar la función altavoz de su reproductor para deleite de los presentes.

f) El dormilón. Que extiende sus horas de descanso trocando confortable lecho por rígido asiento sin titubear un instante al tiempo que desarrolla un sexto sentido para no pasarse jamás de los jamases la parada que le corresponde.

g) El tarado. Que habla solo y frecuentemente fomenta la bronca increpando a propios y extraños. Se le reconoce porque la gente lo evita y suelen quedar asientos vacíos a su lado.

h) La pureta enlacada cortinglesera. Que tras asestarle un aldabonazo mortal a la tarjeta de crédito del marido que se resiste a jubilarse, te pone ojitos tiernos para que le cedas el asiento.

i) El estudiante. Que despliega su artillería de apuntes y manuales de camino a clase como si se encontrase en una biblioteca. “Repasa en casa, cabrón, que no me dejas sitio para airear las gónadas”, apetece soltarle.

¿Se animan a completar el zoo?

Almasy©


El príncipe gitano: "In the ghetto" 
(Aunque atendiendo al inglés que me gasta el tipo, bien podría ser In the metro)

viernes, 25 de mayo de 2012

195. Palabras



Los que me conocen saben de mi amor por las palabras. Y también de mi pasión por aquellas que, convenientemente combinadas, dejan las cosas claritas: “Me cago en tu puta madre”, verbigracia, no deja lugar a dudas. Tampoco un buen “gilipollas”, articulado eso sí por gente del norte, a la que se nos llena la boca de contundencia cuando lo soltamos saboreando cada sílaba como si de una sentencia de muerte se tratase –siento decir que cuando un amigo del Tajo para abajo me llama “gilipollas” me entra la risa floja­–. Sin embargo, pese a mi afán por los vocablos explícitos, no le hago ascos a un buen eufemismo. Por cierto, y por mucho que diga quien lo diga, no me cabe duda alguna de que los eufemismos los inventaron las abuelas. Como lo oyen. Concretamente en aquellas visitas al pueblo en las que uno llegaba sobrepasado de kilos y su abuela le decía: “¡Ay mi nieto, qué hermoso y qué lozano está!”. “¡Abuela, está gordo!”, corregía el cabrón de tu hermano. “¡Qué va a estar gordo, a lo sumo fuerte!”.

De los últimos eufemismos sobre los que he reparado me han seducido con creces “fallecer” y “aseo”. Por lo que se refiere a “fallecer”, hablamos de la versión políticamente correcta de “diñarla”, salvo en el caso del universo hippie, que por aquello de su ardor floral prefieren “irse a criar malvas” y del colectivo de fisioterapeutas, que se inclinan por “estirar la pata”. Me gusta “fallecer” porque suena a “desmayarse”, seguramente por la impresión que debe causar vislumbrar a la puta Parca empuñando su temible guadaña.

En cuanto a la palabra “aseo”, me priva sobremanera porque esconde a las mil maravillas la podredumbre que puede llegar a implicar. Tanto es así que, cuando uno pregunta en algún local por el “aseo”, su interlocutor solo puede imaginárselo yendo simplemente a lavarse las manos y retocarse el tupé en un espacio inmaculado con aroma a petunias. Lejos pues de váter, letrina, tigre o retrete, que solo mentarlas evocan un cuchitril con el pestillo de la puerta jodido, el perchero reventado –y estas dos circunstancias en invierno, acarreando abrigo y bolso no me negarán que complican notablemente el asunto– y un mísero agujero maloliente en el que virus, bacterias y otros pobladores asiduos a la pestilencia parecer estar esperándolo a uno con el colmillo afilado.

Almasy©


QUEEN: "Bohemian Rhapsody"

viernes, 11 de mayo de 2012

194. Objetivamente desordenadas

Jn. II, 13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén, y halló en el templo vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y cambistas sentados. Hizo un azote de cuerdas, y los echó a todos del Templo con las ovejas y los bueyes, tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y dijo a los vendedores de palomas: “Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. 

Contexto: la presente entrega no llega después de ninguna experiencia personal dolorosa en la que la Iglesia Católica y yo nos hayamos visto inmersos. No estudié en los curas, ni estuve a punto de ordenarme sacerdote, ni serví como monaguillo en parroquia alguna, situaciones estas que suelen destilar un cierto tufillo traumático solo con mentarlas. Es más, de joven -o si lo prefieren, de más joven- llegué incluso a echar raíces en una parroquia de barrio con la que disfruté de tres campamentos de verano que se cuentan entre las experiencias más satisfactorias de mi existencia. Conozco a gente maravillosa en el circuito eclesiático -como en otros muchos circuitos-, pero hay cosas con las que no se puede ni se debe tragar. Hoy simplemente denuncio una de tantas.

(Dedicado a "P", que fue cura y se acabó saliendo. Y a "M", el sacerdote más insumiso que he conocido jamás. Y también a "T", por tirarse el rollo -no puedo desvelar el favor que me hizo porque podría meterlo en un problema- y por empezar oficiando una misa de boda como corresponde: "¡Qué os voy a decir yo del matrimonio si no estoy casado!").

***

¿QUIÉN?: Monseñor Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Espiscopal, o sea, el que expone públicamente el sentir y el pensar oficial de los mandamases de la Iglesia Católica Española.

¿CUÁNDO?: 27 de abril de 2012, sí, sí, han leído bien, de 2012, siglo XXI, edad contemporánea.

¿QUÉ?: "las relaciones homosexuales son objetivamente desordenadas, (...) pero si es una enfermedad o no, no es competencia de la Iglesia. Para eso están los médicos y psiquiatras, y hay muchas opiniones". Literal, sin tuneo alguno por mi parte y enterándome ahora que un psiquiatra no es un médico.

Te voy a explicar yo lo que es desordenado, querido Monseñor:

*Desordenada es la condena que hacéis no solo de las relaciones homosexuales, sino de colchones de salvación para la humanidad como los anticonceptivos. Porque se tiene derecho a echar un polvo sin arriesgarse a concebir un niño que ni se quiere ni se puede mantener. Por simple y llano amor al arte y por extensión para prevenir enfermedades de trasmisión sexual como el SIDA, que por si no os habéis enterado todavía es algo más grave que un constipado. Y ya en países subdesarrollados ni te cuento. Si a los pobrecitos míos les ayudásemos a cortar el grifó, ¡cuánto mejor les iría!

*Desordenado es que en una institución como la escuela pública siga siendo de obligada oferta la asignatura de una confesión religiosa concreta, que en cursos como 2º y 4º de ESO tiene tantas horas de impartición como la Física y la Química de 3º de ESO o la Biología y Geología del mismo curso. Eso sí, me consuela saber que la ley de la gravedad, las valencias de átomos o radicales, la evolución humana y la morfología de la corteza terrestre se podrán explicar como un milagro propiciado por la obra y gracia de Dios, que es muy socorrido y vale pa´ to´. 

*Desordenado es que el Estado Español, ese que se rige por una Constitución en la que reza -verbo que me viene a huevo para esta entrega-: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal", siga financiando vuestras buenas obras -que haberlas haylas-; pero también vuestras atrocidades -que haberlas haylas-, con casillita incluida en la declaración de la renta, mientras que para otros terrenos como la investigación científica se estén aplicando unos recortes salvajes. Por ejemplo para el tratamiento y la curación del cáncer. Así que ya saben, si lo padecen encomiéndense a Padre, Hijo o Espíritu Santo, que para el caso son lo mismo.

*Desordenados son el caos, la muerte y la destrucción desplegados por vuestras abyectas gestiones a lo largo de la historia. Léase Inquisición, tribunal religioso encargado de perseguir, juzgar y castigar delitos contra la fe -o sea, todo- durante la friolera de ocho siglos. Léase Guerras Santas -románticamente conocidas como Cruzadas-, esas mismas por las que hoy a los musulmanes que las enarbolan llamamos fanáticos, terroristas y alguna que otra perla más. Léase apoyo tácito y hasta explícito a regímenes totalitarios sostenidos por el miedo y la amenaza, sin ir más lejos el Franquismo, que por mucho que digamos, sigue latente. Léase connivencia con bandas armadas como en el caso del IRA en Irlanda, y aquí en casa con Euskadi Ta Askatasuna, ETA para los amigos, recomendando en este punto la atenta lectura de obras como la que firma Álvaro Baeza: ETA nació en un seminario, y también tirar de hemeroteca para investigar cuántos eclesiásticos fueron asesinados por el mentado grupo terrorista en todos sus años de cruel existencia. ¿Ninguno? ¿Por qué?

*Desordenada es la opulencia con la que muchos de los que os llamáis representantes de Dios en la Tierra seguís viviendo. ¡Cielo Santo, si es entrar en el Vaticano y entender por qué Lutero lió la que lío hace ya cinco siglos!

*Desordenados son los múltiples casos de pederastia que muchos amparáis y hasta justificáis: "La carne es débil y al fin y al cabo somos humanos", os he oído decir a más de uno en aquellas ocasiones en las que sale a la luz algún escándalo de esta índole. ¿Pero no quedamos en que erais los representantes de Dios en la Tierra?

*Desordenado es vuestro inmovilismo, vuestra contumaz inadaptación a los tiempos que corren. Vamos, que habéis evolucionado menos que el teletexto.

Por último, Monseñor, al psiquiatra os vais tú y tu santa madre, que tuvo que quedarse de un a gusto cuando te parió.

Amén.

Almasy©

P.D. Un buen amigo maricón -me tiene terminantemente prohibido usar los vocablos "homosexual" o "gay" porque dice que son de ricos- me comentaba al hilo de las citadas declaraciones de Monseñor: "De desordenados nada, que mi Javi y yo tenemos la casa colocadísima y limpia como el jaspe". Ahí queda eso. Escogóllalo.


Enrique Iglesias: "Experiencia religiosa"
 

martes, 24 de abril de 2012

193. Se acabó



Se acabó el musical, chicos, se acabó. Se acabaron esos ensayos de recreo en el que me coinciden tres bailes y solo tengo un cuerpo con el que ser y estar. Se acabó lo de devorar el bocata deprisa y corriendo porque hay que terminar un ocho de la coreo que se nos está atravesando. Se acabaron esas séptimas en las que me quedo a ensayar porque la comida y la siesta pueden esperar un rato más. Se acabaron los cuadrantes imposibles y los cientos de miles de emails a todas horas –literal–. Se acabaron los “Jaime, no me puedo quedar hoy a ensayar porque tengo conservatorio, o danza, o inglés, o curro…” y también las respuestas rollo: “No pasa nada” –cuando la excusa me pillaba de buen humor– y también las que iban más en la línea de: “Si sigues faltando no puedes seguir en este proyecto” –cuando el enfado, el cansancio y a veces hasta la desesperación hacían acto de presencia. Que lo hicieron–. Se acabaron los subidones cuando la cosa avanzaba, y también los bajones cuando parecía atascarse y no tirar hacia delante de ninguna de las maneras. Se acabó lo de pasar lista, revisar el estado de la cuestión amenazando con cortar cabezas a los más díscolos, arreglar canciones, colocar voces, comprar vestuario... Se acabaron los mensajes de ánimo y hasta alguna que otra bronca con sabor a ultimátum.
Poco importa ya si en el estreno, cuando dimos a luz un proyecto de todo un año en el que por encima del resultado me quedo con el proceso, se atrancó un paso, se fue un texto, no nos dio tiempo a cambiarnos o se nos deslizó algún gallo. Poco importa si una luz entró tarde, si un audio se coló antes de tiempo o si la petaca del micro no respondió como hubiésemos deseado. E importa poco porque el envoltorio en su conjunto fue tan extraordinariamente bello que disfrazó cualquier posible imprevisto de esos que le retuercen a uno el gesto y hasta le provocan alguna lágrima. E importa poco porque acertamos y nos equivocamos juntos, como un equipo, unidos por un proyecto común, por un latido compartido, por los eslabones de una cadena única, por una indivisible pulsera enmarañada en todas y cada una de nuestras muñecas.

Se acabó. Pena, penita, pena, que se acabó.

Almasy©




KARL JENKINS: "Adiemus"

viernes, 20 de abril de 2012

192. Hasta la muerte

De niño, me gustaba ir a ver trabajar al zapatero de mi pueblo. Mientras remataba la faena –todavía eran tiempos en que si algo se estropeaba se arreglaba en lugar de tirarlo– Miguel me contaba historias que me dejaban boquiabierto. Recuerdo palmariamente una que hoy me sirve como brillante introducción a la entrega que nos ocupa. “Chico, en esta vida hay que tener humor hasta para morirse. Fíjate si no mi amigo Amancio, que era un cachondo mental. El muy cabrón se fue antes que yo, incluso tuve ocasión de visitarlo cuando languidecía en el lecho en el que se le avecinaba la muerte. Yo iba con la mentira por delante: «Tranquilo Amancio, que ya verás cómo sales de esta». Él sonrió y mirándome fijamente a los ojos apenas me susurró: «Miguel, se va el caimán». Y se murió”.

Pues bien, siguiendo las enseñanzas del sabio Miguel, popularmente conocido en el mundo entero como “Chelín”, me dispongo en el día de hoy a analizar las ocurrencias con las que nuestro insigne ministro de Educación señor Wert –que tiene apellido de carburante de coche como mínimo­– se habrá quedado calvo –en este caso tal vez habría que precisar “más calvo” por aquello de que ya hace tiempo que el sujeto en cuestión parece no saber muy bien dónde le termina la cara y le empieza la cabeza– a la hora de recortar gastos en la cartera que dirige. A saber:

-Aumentar un 20 % la ratio en las aulas, o sea 30 en primaria, 36 en secundaria y 42 en bachillerato.

Eso sí, en Comunidades como Madrid, todos ellos religiosamente bilingües. Aunque digo yo que con esas cifras habrá que dotar al profesorado de cronómetro –sin alardes, con uno de los chinos valdría, que hay crisis– a fin de distribuir convenientemente el tiempo del que un alumno dispone para expresarse en la lengua de Shakespeare. Así a bote pronto, en una clase de, pongamos un 1º de ESO, a razón de 36 individuos, en un período lectivo de 50 minutos, me sale a 1 minuto 23 segundos por barba. Ni uno más.

-No cubrir las bajas docentes inferiores a dos semanas de ausencia.

Poco exigente, se mire por donde se mire. Además, significaría dejar de prestar un servicio, así que por qué no dar un paso más. Total, si puesto el culo a los azotes. De hecho, prohibiendo que los profesores se pongan enfermos asunto arreglado. Desde luego, que no se les haya pasado esa medida por la cabeza. ¿O sí?

-Aumentar la jornada laboral de los profesores.

Pero sin cortarse un pelo. Es más, abogo en este terreno porque nos conviertan en profesionales 24 horas, como algunas farmacias y cerrajeros. Ya me veo instalándome en casa un aparatico para impartir docencia y resolver dudas por videoconferencia. “Martínez, quítese el pijama y vístase con decoro que le estoy viendo”. “Cifuentes, acabe ya la madalena y límpiese la comisura de los labios que empezamos con las derivadas”. “Hombre por Dios, Domínguez, cierre la puerta del baño cuando tire de la cadena, que se me acopla el micrófono”. “Susaeta, enfoque correctamente la webcam que nos conocemos”.

-Restringir los complementos salariales docentes, esto es: trienios y sexenios.

Mucho mejor y sin restringir, reconvertirlos en milenios.

Mas no se apuren, oigan, todo coyuntural y reversible, como las cazadoras o los chubasqueros.

Almasy©

Mozart: "Requiem"


jueves, 12 de abril de 2012

191. Empatía


Doña RAE la define como la “identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”, y para determinadas profesiones como la de actor puede resultar un instrumento de incalculable valor. Para otras, en cambio, no tanto, por mucho que se diga. Verbigracia para la de historiador. Así a bote pronto bien pareciera que para este el ser capaz de sintonizar y ubicarse en el tiempo y en el espacio sobre el que escribe pudiese marcar la diferencia con otro incapaz de emprender semejante viaje. Pues según se mire, les diré. De hecho, la empatía homeopática, o sea, en contadas dosis oportunamente suministradas con el gotero de marras, tal vez permitiría verdaderamente contribuir a que el profesional de la historia recrease más y mejor la época que estudia; sin embargo, administrada en exceso, lo único que puede acarrear es la justificación de lo injustificable. Así por ejemplo el Holocausto ha sido explicado por numerosos analistas ebrios de empatía como un acontecimiento que debe entenderse inscrito dentro de un contexto bélico como el de la II Guerra Mundial, donde seis millones de muertos arriba o abajo poco importasen. Total, si de lo que tratan las guerras es de matarse. Hablando en plata: que abusando de la empatía podríamos llegar a perdonar cristianamente a Hitler por sus pecados esgrimiendo que debemos comprender sus acciones dentro del marco que le tocó vivir. O a lo sumo tacharle de un “hijo de puta de su tiempo”. No se equivoquen, fue un “hijo de puta” a secas, o si lo prefieren, “de todos los tiempos”.

Pero no se crean que el vocablo en cuestión se presenta única y exclusivamente en foros y ambientes profesionales de postín, sino que, como no podía ser de otra manera, tiene también su correspondiente versión cotidiana. Es el famoso: “Tío, sé cómo te sientes”. Muy habitual cuando uno atraviesa una coyuntura jodida que otro supuestamente ha experimentado con antelación. “Mis cojones treinta y tres sabes cómo me siento”, me apetece espetar en estas ocasiones. Poco importa si el suceso del que llora bien pareciese una calcomanía del que consuela. Y es que ca´ uno es ca´ uno y sus circunstancias, que diría Ortega y a buen seguro que también Gasset. Así, aunque podamos aceptar que si nuestro interlocutor ha vivido una experiencia semejante a la nuestra podría estar en condiciones de transmitirnos un ápice extra de comprensión afectiva, jamás de los jamases será capaz de ponerse en nuestra piel. Resumiendo y rediciendo pues: “Mis cojones treinta y tres”.

Almasy©

Rachmaninov: "Piano Concerto nº 2, mov. 1"