viernes, 24 de abril de 2009

68. La Selva

No versarán estas líneas sobre una manada de gorilas en la niebla. Tampoco abordaré la descripción del material con el que se confeccionaba Tarzán el taparrabos. La Selva, entre otras muchas cosas, es un restaurante de barrio ubicado en la madrileña calle de Antonio Grillo, junto al mercado de los Mostenses y a tiro de piedra de la transitada y turística Gran Vía. Sin duda alguna el mejor en materia de menú del día de cuantos haya conocido.

Lo descubrí durante mi experiencia docente en el rancio instituto Cardenal Cisneros, sito en la Calle de los Reyes, a escasos 100 metros del garito que les miento. Por aquel entonces residía todavía con mis progenitores y estos tuvieron la feliz idea de ponerse de obras en el hogar familiar. Tocaba así buscarse un recinto alternativo en el que satisfacer dos necesidades básicas como el aseo y la manduca. Para la higiene personal me decanté por un gimnasio. Pocas pesas hice, bien lo sabe Dios, pero me pegué una duchas de 30 minutazos que no se las salta un gitano. Por lo que se refiere a llenar la barriga, La Selva fue mi mayor descubrimiento.

Tardamos en conocernos algunas semanas, pues inicialmente me decanté por otros restaurantes tipo franquicia tales como Vips, Ginos y Mc Donalds, todos ellos ubicados en la plaza de los Cubos. Vamos, que no me duelen prendas en reconocer que por entonces era un tantito mariconazo gastronómicamente hablando.

Fue un profesor de economía del centro, viejo lobo de mar, el que me llevó de la manita hasta las inmediaciones de La Selva una lluviosa tarde de abril. Se trataba inicialmente del típico antro en el que por su aspecto a primera vista jamás hubiera ingresado, pues a priori cutre fue lo más bonito que se me pasó por la cabeza para definirlo. ¡Alma prejuiciosa de cántaro! ¡Cuán equivocada estaba tu perturbada mente!

Tras la barra nos recibió un tipo grueso, Antonio, quien nos espetó un par de cañitas con una jugosa tapa a fin de facilitar nuestra espera hasta ser acomodados en una mesa. Y por tapa entiendo todo lo que no sean unas putas aceitunas. ¡A cualquier cosa lo llaman tapa! Pasados unos minutos, Carmelo, un cachondo de Carabanchel, nos acompañó a una mesa y nos cantó el menú. Yo esperaba los cinco clásicos primeros y los cinco clásicos segundos de toda la vida, o sea, el potaje y los filetes empanados; sin embargo, nada más referirnos la nómina de viandas, me pregunté si aquello era La Selva o el jodido Bulli de Ferrán Adriá, pues las exóticas exquisiteces que me recitaron eran dignas de esos programas de cocina en los que no hay Dios viviente que consiga hacerse con los bizarros ingredientes requeridos para la elaboración del plato en cuestión. Sopa de melón, lacón con queso de tetilla fundido, parrochas al jengibre, musaka de verduras, salmorejo y un sinfín de recetas poco habituales en nuestra dieta estaban al alcance de mi paladar.

Concluida la comanda, nuevamente mi mal pensante sesera ideó un oscuro devenir. "Ya verás como es poca cantidad y tengo que salir de aquí y comerme un bocadillo para poder afrontar la tarde con garantías". ¡Pobre diablo! ¡Nuevamente erraste! ¡Si casi tengo que llamar a una grúa para que me sacase del garito! Calidad y cantidad unidas de la mano, casi nada. Y a poco más de 9 euros. ¡Pellízquenme, que esto no puede ser verdad! Lo dicho, el mejor restaurante de menú del día de todo Madrid.

Almasy©




Riki López: "El menú del bar Rambo"

viernes, 17 de abril de 2009

67. Tengamos el viaje en paz


Boris Izaguirre acaba de publicar Y de repente fue ayer, novela ambientada en la Cuba de Batista. En su promoción, el escritor, showman y chico-para-todo venezolano afirma no haber visitado jamás la isla caribeña. Es más, alardea de no pretender hacerlo nunca y cuestiona a todos aquellos que se sienten atraídos por esta peculiar nación a la que le queda de revolución lo que a mí de católico, apostólico y romano. Precisamente al hilo de estas afirmaciones me sobrevinieron las líneas que poblarán esta entrada.

Entiendo que existen, como mínimo, dos tipos de turistas, a saber: los que visitan países acomodados y los que se inclinan por estados que atraviesan serias dificultades. Particularmente, pudiendo elegir, soy de los primeros porque, aunque suene huero, cuando salgo de vacaciones no me reconforta en absoluto contemplar sufrimiento alguno a mi alrededor. De hecho, me encanta acudir a naciones que estén por delante de la que habito, pues siempre me atrajo rodearme de los mejores para aprender de ellos. Hasta la fecha había respetado a los que optaban por pasar sus días de asueto en países tercermundistas o en cuestionables vías de desarrollo, faltaría más; pero como con cierta frecuencia estos han criticado mi supuesta frivolidad ahora me corresponde despacharme a gusto y darles lo suyo.

Si lo piensas fríamente los que optan por visitar países pobres parece que disfrutaran contemplando sus miserias. Se vanaglorian de empaparse de su gastronomía, de sus costumbres, de sus monumentos; pero lo cierto es que luego ellos vuelven a casa por Navidad y el indígena se queda en su madriguera. Y encima debe agradecerle la visita al feliz turista occidental que ha dejado un puñadito de dólares con los que ir tirando. En muchos de estos estados incluso te colocan nada más llegar un biombo personificado en una pulserita de plástico que te permitirá recorrer el hermético complejo turístico diseñado para tu disfrute. Ni se te ocurra atravesarlo, pues entonces te toparás con la ropa sucia y los muebles viejos que no son tan dignos de contemplación. Sin embargo, algún esnob insiste en aventurarse hacia la cruda realidad nativa con el propósito de narrar su atrevimiento en alguna tertulia del primer mundo.

Otra cosa es desplazarse a estas naciones con dificultades por motivos laborales o labores humanitarias, lo cual admito y elogio respectivamente; pero que no me toquen el escroto esos que presumen de cosmopolitismo y nos tachan de sibaritas a los que preferimos el lujo las pocas veces que podemos pagárnoslo. Faltos de sensibilidad, fríos y calculadores, también he escuchado. En fin, a mí me parece que hay que tenerlos bien puestos para estar tomándote tranquilamente un té con pastas en una terracita de Calcuta al lado de un mutilado que acabas de sortear y junto a un sonriente niño de 8 años descalzo que ha estado 10 horas cosiendo balones de reglamento y te sonríe complaciente a fin de ganarse tus sobras. ¡Un poquito de por favor, oiga!

Almasy©




MAGNETO: "Vuela vuela"

jueves, 9 de abril de 2009

66. Ya no se oye...

Hace un par de semanas mi idolatrado Pérez-Reverte reflexionaba en su artículo del suplemento EL SEMANAL sobre el valor de la palabra y más concretamente la de honor. Casi nada. Se lamentaba el siempre malhumorado escritor de la devaluación de esta, viniendo a reivindicar, una vez más, eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No coincido exactamente con esta última afirmación, pues sería ciertamente frustrante pensar que solo nos resta empeorar; pero sí admito que determinadas palabras y giros de nuestro idioma se han visto desposeídos de la importancia de la que gozaban. Y no es que hayan perecido, sino que las hemos dejado de usar en determinadas situaciones en las que siempre estaban presentes casi mecánicamente. Oigo, verbigracia, cada vez menos a los padres instar a sus criaturas a la utilización del tradicional “¿qué se dice?” para que ellos acaben la escena con un “gracias”. Tampoco frecuenta nuestro vocabulario últimamente eso de “¿cuál es la palabra mágica?” como invitación al “por favor”.

Pero sin duda alguna lo que más me acongoja es la repentina desaparición de los “juro” y “prometo” que tanto usábamos antaño. Recuerdo como estos servían para diferenciar certeramente la fiabilidad de tus palabras. Bastante seguro pero con ligeras dudas: “prometo”; absolutamente seguro y creíble: “juro”, salvo cuando querías colar la trola del siglo y abogabas por el juramento cruzando los dedos a escondidas a fin de no condenarte a morar en los Infiernos. El “te lo juro”, además, tenía diversas escalas que servían para recalcar la veracidad de tus sentencias, siendo el “te lo juro por mi madre” el que no dejaba lugar a ninguna sospecha. Los creyentes tenían también disponible el “te lo juro por Dios”, si bien este no convenía utilizarse salvo en situaciones de extrema gravedad, pues rezaba el correspondiente mandamiento que no podía emplearse el nombre del Creador en vano.

Tampoco se oyen demasiados “te quiero”, lo cual indica que cada vez nos queremos menos. Eso o que no nos lo decimos tanto como deberíamos. Con la cantidad de malestares que solucionaríamos de un plumazo y lo que nos cuesta articular estas tres prodigiosas sílabas.

Finalmente, dedicándome como me dedico a la Educación, me preocupa sobremanera que un importante número de nuestros jóvenes haya erradicado de su vocabulario el “de mayor me gustaría ser”. Muchos te contestan con un lacónico “no sé” cuando les cuestionas sobre sus perspectivas de futuro, dejándote claro que no son capaces ni de soñar. Deben considerarlo un lujo y prefieren aceptar la cruda realidad. Mal hecho, pues como sentenciaba mi venerado Galeano, la utopía sirve, como mínimo, para caminar. Lo cual no es poco.

Almasy©



ZEBDA: Tomber la chemise