Me seduce comenzar esta entrega preguntándome si vemos la televisión que demandamos o simplemente consumimos la que se nos oferta. La pregunta no es baladí y emparenta con clásicos universales como el de “¿qué es anterior, el huevo o la gallina?”. El caso es que la situación me preocupa especialmente ahora que mi hija comienza a fijar la atención en los mensajes audiovisuales y desde ya me considero en la obligación de filtrar convenientemente los contenidos televisivos a los que se acerca. Y quién dice filtrar, dice apagar directamente el aparatito de marras cual censor fascista sin que aflore el menor remordimiento de conciencia en mi cerebro, en mi cerebelo, en mi bulbo raquídeo o donde demonios se alojen los remordimientos de un paisano. Algunos pensarán que esto es remar contracorriente e incluso que hago mal en proteger a la criatura de la avalancha de estiércol que puebla la parrilla, pues tarde o temprano se va a empapar de él y pareciera mejor que lo fuera consumiendo en pequeñas dosis para que luego no le sobrevenga el aluvión. “No la puede usted meter en una burbuja, caballero”, me sugeriría el psicopedagogo fetén de turno; pero lo cierto es que sí, que me voy a empeñar con denuedo en apartarla de la telemierda reinante. ¿Acaso no es nuestro deber afectivo y legal que nuestros vástagos crezcan fuertes y sanos? Pues es la salud mental de mi princesa la que está en juego, así que no pienso cejar en el empeño de amparar su sesera.
Me empeñaré así un día sí y otro también para que no sucumba ante la tiranía, verbigracia, de “Telahinco”, ni tampoco ante la de “Antena Trío”, “Apexta”, “Cuatreros”, “Interdemoniaquía” o similares. Intentaré inculcarle, no necesariamente es seguro que lo consiga, que la mayor parte de las situaciones televisivas que padecemos no son normales, simplemente son habituales. Le rogaré encarecidamente que no se avergüence ni me avergüence acudiendo a un programa de televisión en el que dé rienda suelta a sus impulsos carnales y se magreé con algún pavo taladrado al que no se le conoce oficio ni beneficio para deleite de 45 millones de potenciales telespectadores acólitos de Onán. Por mucho que algunas iluminadas que se llaman periodistas califiquen a este formato de encerrar a veinte tarados poligoneros en una casa como un experimento sociológico de primer nivel. También me esforzaré para que cuando quiera iniciarse en las lides del cortejo, esto a poder ser muy muy muy tarde, se haga valer poniendo sobre la mesa su inteligencia, su saber estar, su sentido del humor y algunas otras cualidades universales que ya solo nos suenan cuando reponen de madrugada algún film en blanco y negro; y nunca blandiendo unas tetas de plástico que, créanme, su padre no le pagará. Le comentaré también que la justicia es algo serio, honorable, una dama virtuosa a la que se debe respetar y contemplar hasta temeroso preferiblemente desde la distancia, intentando así disuadirla de cualquier tendencia a interponer demandas absurdas que no hacen sino saturar el aparato y necesariamente demorar las cuestiones de mayor calado. Echaré el bofe para que sepa distinguir la espontaneidad y la naturalidad de la chabacanería y del analfabetismo consentido y hasta aplaudido por otros más analfabetos si cabe y le explicaré cuál es el verdadero significado de las palabras “contertulio” y/o “colaborador” que hacen acto de presencia en la telemierda para designar a los ministros del atentado audiovisual con la firme intención de dulcificar su labor y lavar su imagen. En ambos casos a los sustantivos que me refiero les falta el apellido: “Contertulio de la Telemierda”, “Colaborador de la Telemierda”. Ven como ahora queda más claro. Entre estos, acaso más decepcionantes los que esgrimen estar en posesión de alguna titulación universitaria, pues no hacen sino confirmar que actualmente en la universidad entra cualquiera y que hace tiempo que esta institución perdió la condición de ofertar estudios superiores.
Pido finalmente al Cielo y al Infierno que no se confirme la hipótesis que manejo de un tiempo a esta parte: un país es la televisión que consume, porque apañados estamos, e invito a que todos cuantos nos iniciemos en la noble tarea de educar retoños echemos el resto para protegerlos de la inmundicia que nos ofrecen o reclamamos, sigo teniendo mis dudas en torno al orden de los factores, que en este caso algo sí alteraría el producto. Paradójicamente, a veces la solución no está demasiado lejos, pues poco me equivoco si afirmo que a escasos centímetros de casi todas las casas con caja tonta que conozco, incluida la del que suscribe, suelen ubicarse unas fabulosas estanterías en las que reposan libros, esos entes encuadernados con páginas y letras que, amén de decorar, calzar mesas e impedir que el polvo se haga fuerte, aguardan expectantes a que un lector les libere de la historia que esconden. Verdad verdadera.
Almasy©
Kaso Perdido: "Teleadictos"


