jueves, 10 de marzo de 2011

151. La cuenta atrás


Ya cuento impaciente los días, las horas, los minutos, hasta los segundos. He instalado en mi computadora –palabra mucho más vintage que ordenador, por cierto– una cuenta atrás bien vistosa que me anuncie lo que resta. Lo he apuntado en la agenda y en cuantos organizadores analógicos y digitales manejo. En la citada computadora, en el móvil, en el almanaque que me regalaron los de Talleres Clemente cuando me compré el coche. He estado a punto de tatuarme el evento. Había pensado en algo rollo mesiánico como “Ya está aquí”, “Ya llegó”, “Salvados” o tal vez una máxima con tintes apocalípticos del estilo “El Infierno tendrá que esperar”. Me estoy refiriendo a lo poco que resta para que Mariano Rajoy se convierta en el nuevo presidente del gobierno por aclamación popular.

Créanme que la espera me consume, me agota, me satura. A bocados me como las uñas aguardando el gran momento. Porque cuando el nuevo presidente y sus acólitos aterricen en el poder una nueva era se iniciará en la historia de país.

A buen seguro, nada más tomar posesión del cargo, me devolverán el salario arrebatado injusta y pérfidamente por el gobierno socialista presidido por “El Cejas”. ¡Qué coño devolverme, Mariano y los suyos me lo triplicarán reconociendo la función pública que desempeño! Ya lo estoy viendo tirando de móvil y dirigiéndose a la Aguirre con esa dislalia tan mona que le caracteriza en estos términos: “Esperancita querida, luz verde para agasajar al Sr. Almasy y ponérmelo a la altura de un catedrático de universidad cuando menos. Y que se explicite en la nómina para que nunca olvide la mano que le da de comer”. “Don Mariano, me ofende”, le respondería, “¡cómo voy a olvidar que todo lo que tengo y soy se lo debo a usted!”.

Además, entiendo que el tremebundo incremento salarial de los enseñantes vendrá acompañado de la correspondiente reforma educativa que acabe con esta farsa de la LOE que nuevamente nos han colado los del Pesoe. “¡Basta ya!”, dirá el nuevo ministro de educación del Pepé. E inmediatamente esbozará el borrador de la RELOCE, ley que contemplará valores como el esfuerzo, la excelencia, el impulso de las nuevas tecnologías y fundamentalmente la propagación del bilingüismo por tierra, mar y aire a todos los rincones de la Península. De hecho, se acabarán definitivamente las clases en español, pues total es una mierda de idioma que solo hablan quinientos millones de holgazanes aplatanados por el sol. ¡Cuán hermoso será en mi caso explicar la Historia y la Geografía de España en la lengua del excelso Shakespeare y no en la del mediocre Cervantes! Ya me estoy metiendo en el papel: “The Cid was an Spanish hero who fought against the muslims…”, “The Alberche is one of the most important rivers in the Madrid Community…”. ¡Ya era hora de ponerse a la altura de Gran Bretaña, Francia o Alemania, naciones donde a buen seguro estudian la historia y la geografía de su país en una lengua extranjera!

Se acabará también esa ridícula reforma del límite de velocidad en autovía y podré apretarle las tuercas a mi endiablado bólido, que el pobrecito mío tiene el motor azorrado por culpa de Rubalcaba y sus secuaces. “Lo pué usté poner a 180 km/h sin despeinarse”, me informó el castizo comercial del concesionario cuando lo compré. Y al día siguiente Alfredín and company se sacan de la manga una ley absurda a la par que fascista. Menos mal que la cordura volverá también a nuestra red viaria con los nuevos inquilinos de la Moncloa.

Mi compadre Perico, que regenta un bar junto a una parada de taxis, también está como loco con la buena nueva. “Digo yo”, comenta, “que se volverá a fumar en los bares, ¿no?”. “¿Acaso lo dudas Periquín? ¿No has visto los purazos que se mete pal cuerpo Mariano?”. Y no le miento más grandes éxitos en esta línea porque Periquín anda algo flojo del corazón y yo creo que no se lo resistiría; pero me juego un cojón y parte del otro a que el Pepé reabre la posibilidad de fumar hasta en el interior de hospitales y centros educativos. Fijo. No en vano hablamos de un partido adalid de las libertades que pondrá sobre la mesa cuestiones como “¿y quiénes son ustedes para prohibirme a mí echarme un cigarro antes de entrar en consulta, o mientras hago un examen? ¿No estoy en mi derecho? ¡Fascistas, que son ustedes son unos fascistas!”.

La edad de jubilación volverá justa y razonablemente a los 65 años, e incluso si me apuran, se contemplará la posibilidad de bajarla a los 45, pues el nuevo gobierno perseguirá por encima de todo el bienestar del ciudadano y que este se libere de la carga laboral aproximadamente en la mitad de su vida para que disfrute de los placeres terrenales cuando todavía goza de una impecable salud. Eso sí, sin pasarse de la raya que luego habrá que rendir cuentas ante el Altísimo.

Se acabará definitivamente con los derechos de autor y podremos descargarnos de internet hasta los discos que no estén editados y en materia de política exterior saldremos de todos los conflictos internacionales en que nos hayamos inmersos y volveremos al lugar donde nunca debimos salir: Irak, por supuesto. El único rincón del planeta donde se nos recibe con salvas y nuestro ejército puede desempeñar sosegadamente misiones de paz, que para eso son los ejércitos, oiga usted. Que si hoy reparto a los bagdadíes botes de leche condensada para que se chupen los dedos. Que si mañana les acerco a los de Mosul unas latas de atún en conserva que les van a saber gloria bendita. Y mientras los americanos a lo suyo: buscando armas de destrucción masiva, que es gerundio. Lo de buscando, lo otro ya no.

Y como esto mucho más. Muchísimo. Todo, diría yo. Una detrás de otra. Concluirá la corrupción, se desintegrará la burbuja inmobiliaria, desaparecerá por completo el paro, el aborto se prohibirá por decreto ley y dejaremos de nombrar a los homosexuales con apodos ramplones (“Gay”) para devolverles nombre y apellido (“Maricón de Mierda”).

Ay, caray, ya lo estoy viendo, que cerquita está. Tanto que puedo tocarlo. Ya cuento impaciente los días, las horas, los minutos, hasta los segundos.

Almasy©

Los Enemigos: "La cuenta atrás"

jueves, 3 de marzo de 2011

150. Homenaje

Parece que fue ayer y ya cuento, contamos, con 150 entradas en esta bitácora. Corría octubre de 2007 y me convencí de ser un escritor doméstico que no se conformaba con leerse a sí mismo. Y es que uno es más de memorias que de diarios. Hoy simplemente quería agradeceros a vosotros, seguidores incondicionales, que la sigáis haciendo posible con vuestras puntuales lecturas. Que cada uno se dé o no por aludido:

A ti, que me dejas desayunar contigo cada viernes, al calor de ese café mañanero que sabe a gloria bendita. Permitiéndome contemplarte esbozando una sonrisa, retorciendo el gesto, aprobando o desaprobando el manojo de letras que he dispuesto ese día.

A ti, que buscas un hueco entre biberones y pañales para apostarte frente a la pantalla y abordar la historia que compuse para ti. Pensando en ti. Solo en ti. “Eso se lo dirás a todas”, pensarás.

A ti, que sé que me respetas y me aprecias tanto como yo te aprecio y te respeto a ti, pese a que me leas la cartilla con asiduidad porque dices que me meto mucho con “El Cejas”. No es para tanto, mujer, si en el fondo, muy en el fondo, hasta le tengo cariño.

A ti, que sé que tu apretada agenda te impide seguirme semanalmente y que has optado por pegarte un atracón de entradas en cuanto hallas ese momentito de ocio que tanto te cuesta encontrar.

A ti, que me cuentas que te imprimes cada entrega porque te gusta saborearla en el tren camino de la facultad. Te pido disculpas encantado si alguna vez te has embebido tanto que te has pasado de estación.

A ti, que ejerces de promotor literario certera y desinteresadamente, recomendando a propios y extraños que se acerquen a la Espiral en busca y captura de una historia que les llene. Porque les hace reír, porque les hace llorar, porque les hace pensar, por algo.

A ti, que jamás reconocerás que me lees pero lo haces.

A ti, que me consta que te apetece hacer un comentario o mandarme un correo al hilo de una entrega que te haya seducido, pero no acabas de arrancar. Anímate hombre, mujer, que no muerde.

A ti, que casi nunca faltas a la cita, alimentando ese contador de visitas con numeritos que recoge cada ingreso.

A ti, que enriqueces mi pobreza intelectual con eruditas consideraciones y referencias que apenas acierto a entender.

A ti, que con tus sabios y extensos comentarios obsequias al personal casi con una entrega paralela en toda regla.

A ti, que me consta que persigues y denuncias los deslices ortográficos, que no ortopédicos, y gramaticales en los que incurro fruto de la precipitación y hasta de la ignorancia. Te agradezco sinceramente que me ilumines.

A ti, que me indicaste que últimamente esta bitácora es lo único que lees.

A ti, que reprendes maternalmente mis exabruptos. Te juro que estoy intentando moderarme. O al menos administrar más espaciadamente los tacos de los cojones que penden por doquier de mi deslenguado ser y estar.

A ti, que en cierta ocasión me dijiste que te alegro la semana con cada entrega. ¡Menuda responsabilidad! Y también a ti, que afirmas que no te convence, pero insistes semana a semana. ¿No será que sí te convence?

A ti, que aunque hace tiempo que no nos vemos porque nos separan kilómetros o circunstancias, afianzamos un nexo indestructible cada vez que nos encontramos en la red.

A ti, que ni siquiera hemos tenido oportunidad de conocernos en carne y hueso, y sin embargo, ¡sabes tanto de mí!

A ti, que me acompañas desde el principio de esta andadura y a ti que te incorporaste tarde, bien y para siempre. Espero.

A ti, que reconoces que lees una entrega sí y veinte no. Pues que sepas que solo por esa una merece la pena el aterrizaje digital de cada semana.

A ti, que me alientas cuando las musas me abandonan y me tienta concluir la aventura. Gracias por disuadirme para que no lo haga, para que no me raje, para que perpetúe esta afición que ha mutado casi en obligación.

A ti, a vosotros, a los que estáis y a los que vendrán.

Almasy©



LOS RODRÍGUEZ: "Brindo"

jueves, 24 de febrero de 2011

149. El viejo profesor

“Toda una vida condensada aquí, en dos cajas de cartón”. El viejo profesor recogía sus enseres invadido por un abigarrado cóctel de sentimientos que iban desde la nostalgia hasta el alivio. Que estaba cansado era una verdad absoluta, pero no podía quitarse de la cabeza si jubilarse era la decisión acertada. “¿Tal vez un par de años más?”. No tenía tampoco muy claro en qué ocuparía sus días cuando la mañana siguiente lo sorprendiera tomando su café del desayuno sin la urgencia de apurarse para llegar a clase. Pensaba también en sus tardes, dedicadas todavía, después de los tiempos, a preparar novedosos materiales para sus discentes. “Reciclarse, lo llaman ahora”. A elaborar otros modelos de exámenes, a descubrir rincones que visitar en viajes que de estudios tenían poco. “Es que me aburre hacer siempre lo mismo”, solía contestarle a los que le recriminaban que siguiese implicándose tanto en su labor docente. “Vicente, que no vas a heredar el centro”, se mofaban algunos de sus allegados.

“Me ocuparé de mis nietos, leeré todo lo que tengo pendiente, empezaré a ir al gimnasio en el que llevo lustros apuntado, viajaré a conocer los lugares que me encandilaron apenas contemplando una foto”. Mentía. Se mentía, pues lo cierto es que el pánico lo atenazaba y no encontraba el aliento necesario para buscar alternativas a la que había sido su rutina hasta la fecha. “Treinta y cinco años de dedicación resumidos en dos cajas de material de oficina”, se repetía apesadumbrado. “¿Y qué querías, una medalla, un busto tuyo a la entrada? Espabila, querido, que ya tienes una edad”, le contraatacaba su esposa.

Observó con ternura desorientada los mapas que lo habían acompañado en sus clases de historia y acarició suavemente el poema de Celaya que había mandado enmarcar cuando ingresó en el centro. Conocía de memoria cada letra, cada punto, cada coma. “Educar es lo mismo que poner un motor a una barca… hay que medir, pensar, equilibrar… y poner todo en marcha”. Sonrío contemplando la montonera de exámenes que dejaba en los estantes. “A vosotros no os quiero ver más”. Y continuó evocando a Don Gabriel. “Pero para eso, uno tiene que llevar en el alma un poco de marino… un poco de pirata… un poco de poeta… y un kilo y medio de paciencia concentrada”. “Más razón que un santo tenía el genial vasco”.

Apuró un último vistazo por la ventana y abandonó el despacho para deslizarse sigiloso y cabizbajo por el largo pasillo de salida. Tal vez su último paseo por él. Con cada paso desfilaron delante de sus ojos miles de recuerdos, de generaciones, de sonrisas y lágrimas. Más sonrisas que lágrimas. Finalmente bajó los diez peldaños que daban acceso a la calle. Se paró un instante junto a la caseta del conserje y cruzaron miradas. “Adiós Don Vicente, que le vaya bien”. “Adiós Ramón, igualmente, ya vendré a haceros una visita”.

Almasy©



JOAQUÍN SABINA: "Tan joven y tan viejo"

jueves, 17 de febrero de 2011

148. Paternidad

No desembarco hoy con el anhelo de presentarme en sociedad como un padre modelo sabelotodo. Dios me libre. Pero sí considero que tras dos años ejerciendo de progenitor me voy haciendo una idea aproximada de los entresijos de este mundillo que es la paternidad. Incluso creo que me atrevería a publicar un libro de esos que firman pedagogos de postín dando lecciones sobre las pautas de adiestramiento que debemos seguir los padres. Sin duda alguna lo titularía “Las claves para la educación de su vástago o vástaga: ensayo y error” e incluso me aventuraría con una segunda parte que abordara la adolescencia: “De cómo ser más pesado que su retoño o retoña”; pero vayamos por partes, que diría el descuartizador.

En primer término decirles que hasta el nacimiento de mi hija Carla no había pasado por una experiencia similar. Por grandeza, por jondura, por intensidad. Precisamente por ello el reverso del asunto es también de calado y así como les reconozco que no cambio mi actual condición ni por todo el oro de Moscú, también les confieso que se sufre con cojones. Que si hoy no me come, que si ayer no me durmió, que si resulta que le sube la fiebre y he de partir raudo a Urgencias, que si no acaba de arrancar a andar, que si no termina de hablar, que si hace un rato vomitó y ahora está con superávit de mimo, que si le ha untado el lomo a un crío o un crío le ha untado el lomo a ella en el parque –si hay que elegir siempre mejor que unte ella–, que si… Para más inri, los que tienen más trayectoria en el cotarro me adelantan que los “que si…” no cesan jamás, sino que mutan por otros no menos macanudos: que si no ha vuelto todavía de fiesta y son ya las 7 de la mañana, que si no me estudia, que si no acaba de encontrar novia y se va a quedar para vestir santos, que si no termina de colocarse laboralmente y ya van 39 castañas, que si se ha casado pero no me acaba de dar nietos el muy hereje, que si no viene a comer los domingos por la pécora de mi nuera, que no para de malmeter…

Adivino además desde ya mismo que se cierne sobre mi ser la condición de director de orquesta, en su versión más ligera, y hasta de tirano, en su modalidad más perversa, que todo progenitor porta en su interior. Que si quiero que se apunte a fútbol a ver si suena la flauta y me sale un Ronaldo que me retire, que si quiero meterlo en el conservatorio a ver si resulta que es un Mozart en potencia capaz de petar auditorios, que si lo empujo a clases de inglés, francés, ruso, árabe y chino mandarín para que me sirva de intérprete en mis viajes estivales, que si… Asimismo, acompañamos estos deseos blandiendo prestos el pertinente justificante moral que no ensucie nuestra conciencia: “es que quiero lo mejor para él”, “es que le quiero dar lo que yo no tuve”; y aunque es evidente que somos los principales responsables de abrirles camino al andar, no es menos cierto que con frecuencia vemos en el vástago la solución a nuestras frustraciones y sueños desbaratados. El futbolista que yo no fui, el pianista que no puede ser, el políglota que se perdió por el camino. Será así.

Almasy©



LOS RONALDOS: "Adiós Papá"