jueves, 10 de febrero de 2011

147. Suegros y señales

Recuerdo una ocasión en la que un buen amigo me pidió consejo para su primera visita oficial a casa de los suegros. Quise hacerle un asesoramiento cuasi profesional basado en mi propia experiencia y en la observación exhaustiva de los comportamientos de mis congéneres. Dividí así mi modus operandi, que a la postre iba a ser el suyo, en dos grandes apartados: la estampa estética con la que debía personarse y las conversaciones que tenía que promover y evitar durante el encuentro.

En primer término abordamos vestuario y complementos. Mi amigo porta habitualmente un par de pendientes, uno en la oreja de los de toda la vida, que tiene un pase, y otro en la napia rollo vinco. Ya saben, de esos que les ponen a los gochos para evitar que hocen. Yo le recomendé retirar al menos el del naso y él me contestó que nones, que su suegro tendría que aceptarle tal como era, sin prejuicios. Coincidí en que el hábito no hace al monje y hasta que las apariencias engañan, pero él se resistía a retirar el piercing en cuestión. Y vuelta la burra al trigo con lo de que él era así y que el suegro tendría que pasar por el aro. “Y pasará, y acabarás por restregarle el vinco por la jeta hasta el día del juicio”, acerté a aventurar, “pero no te engañes, el padre de la criatura ese día de primera toma de contacto agradecerá que el que se presente en sociedad como novio de su hija tenga la mayor cara de bobo posible. Una cara que denote ingenuidad, ternura y hasta pavisosez. Que sea mirarte a los ojos y pensar que tienes rostro de toli integral y que eres incapaz de beneficiarte lo más mínimo a la niña de sus ojos. Que desconoces el significado de la palabra magreo y que lo más lujurioso que se te puede pasar por la cabeza es mirarle los tobillos”.

En segundo término nos centramos en preparar el decisivo estadio de la conversación que se mantiene cuando llega el momento mesa y mantel. Para no meter la pata es imprescindible ser receptivo a las señales que se hayan podido recolectar antes se sentarse a engullir. “Por ejemplo, imagina que en el momento de las presentaciones, durante el tome señora suegra le he traído unas flores, tome señor suegro le he traído una botella de vino, detectas una escultura de bulto redondo consagrada a Francisco Franco en mitad de la salita de estar sobre un pedestal de mármol de Carrara con incrustaciones de oro y diamantes. Eso es una señal”. En este caso lo razonable sería poner pies en polvorosa, pero imaginemos que la chica merece la pena y que quieres aguantar el tirón del padre por muy facha que este sea. Entonces toca tragar saliva y seguir la corriente para sumar puntos. Que el suegro comenta: “Este Zapatero nos lleva a la ruina”; tú entonces respaldando con creces: “Esto con Franco no pasaba”; y él erre que erre: “Vamos, si es que mira uno las cifras de paro y te entran ganas de suicidarte”; y tú por el carril: “Esto con Franco no pasaba”; y la madre que llega con la tartera de albóndigas: “Siento deciros que me han quedado algo saladas”; y tú sin novedad en el frente: “Esto con Franco no pasaba”.

Almasy©




Quique González & Iván Ferreiro: "Vidas cruzadas"


jueves, 3 de febrero de 2011

146. Perogrulladas, reflexiones, frescas (PRF).

1. Se dice que:

No se puede hacer nada contra las crisis del sistema capitalista, pues son cíclicas.

PRF:

Cambiemos de sistema.


2. Se dice que:

El hombre es malo por naturaleza (Locke, grosso modo). El hombre no es malo por naturaleza, sino que se hace malo en sociedad (Rousseau, grosso modo).

PRF:

Vamos, que somos malos.


3. Se dice que:

El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

PRF:

O sea, que además de malos (véase PRF nº 2), somos idiotas.


4. Se dice que:

-Verá quería comprarme un coche y necesito que me asesore porque no me gustaría equivocarme en la elección.

PRF:

-Le comento: si compra usted el más caro tiene prácticamente todas las probabilidades de acertar.


5. Se dice que:

-¡Ay, cómo me gustaría ser rico!

-Pues te advierto que el dinero no da la felicidad.

PRF:

-No me has entendido. Yo lo que quiero es ser rico, no feliz.


6. Se dice que:

Mal de muchos, consuelo de tontos.

PRF:

Ya, pero consuelo al fin y al cabo y en tiempos de guerra cualquier agujero es trinchera.


7. Se dice que:

No corren buenos tiempos para la lírica.

PRF:

¿Y cuándo corrieron?


8. Se dice que:

En España no cabe un tonto más.

PRF:

No preocuparse que ya verás cómo le hacemos un hueco. ¡Pase el siguiente!


9. Se dice que:

Los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano. Y se les reconoce en situaciones difíciles.

PRF:

De un manco. Todo me iba bien y encontré caras; todo me iba mal y encontré espaldas.


10. Se dice que:

Presenció la terrible injusticia, pero calló y miró para otro lado. Una vez más, otra más.

PRF:

No era consciente que de tanto mirar para otro lado le acabaría doliendo el cuello.


11. Se dice que:

Todos los caminos llevan a Roma.

PRF:

Ya tú, pero por algunos se da un rodeo del copón.


12. Se dice que:

Sorpresas te da la vida.

PRF:

Y hostias. A mansalva.


13. Se dice que:

La historia sirve para evitar en el futuro errores del pasado.

PRF:

El ser humano no sabe de historia.


14. Se dice que:

Pienso, luego existo.

PRF:

Yo conozco a unos cuantos que no piensan. ¿Acaso están muertos?


15. Se dice que:

Hablando se entiende la gente.

PRF:

O no.


Almasy©


JARABE DE PALO: "Grita"




jueves, 27 de enero de 2011

145. En el teatro

Suelo ir al teatro todo lo que mi paternidad y convenio regulador del matrimonio me permiten. De lo último que he visto antes de Navidades destacaría Piedras en los bolsillos por su ambiciosa puesta en escena. Con dos únicos actores ventilándose todos los papeles sin abandonar un instante las tablas, lo cual me impresionó sobremanera. Y eso que iba resuelto para no encandilarme, pues parece que tengo especiales reticencias hacia los espectáculos protagonizados por estrellas de la televisión y/o el cine. Prejuicios, creo que se llaman. En este caso para con Fernando Tejero. Pero no aterrizo hoy con intención de hablarles de actores y sus quehaceres, sino de público, en este caso el que me encontré aquel día, que a buen seguro no diferirá en modo alguno del de otras jornadas.

La cosa empezó torcida porque nada más ingresar en el teatro una ola de calor sobrenatural te azotaba con violencia. Me entraron ganas de sugerir en taquilla que con la entrada facilitaran a los espectadores un tanga repintón, chanclas de piscina y para los más pudorosos, no es mi caso, una batita de lino blanco o en su defecto de guatiné, que a buen seguro será más económica. Agradecí, eso sí, que los acomodadores ya no acomoden, sino que simplemente pululen por ahí para orientar a los zotes incapaces de localizar un número de fila y de butaca. A estos sujetos andantes no identificados les preguntaría si se ven capaces de entender una obra de teatro, pues tengo mis dudas. Aunque bien es cierto que nunca llueve a gusto de todos y no me equivoco si aventuro que algún romántico echará de menos la linternita, la pepla de las propinas y el hormigueo de mandarle a alguien que te localice el asiento en el que ubicar tu ojete; pero tampoco es mi caso.

Encontré mi lugar sin complicaciones y me inicié en la tarea de echarle un vistazo al programa de mano. Nunca lo hago en profundidad, no sea me adelante algún entresijo que prefiero descubrir en la propia obra. Como de costumbre, cuando ya estás ubicado llega el latoso de turno instándote a que te levantes para dejarlo pasar. Esta operación se complica a más no poder en invierno, cuando amén de tu cuerpo cargas con abrigo, gorro, bufanda, guantes y mariconera. Aquel día me incomodó un cuarteto no precisamente de cuerda liderado por un tipo orondo, entrado en carnes. Lo que viene siendo un gordo de toda la vida. “¡Mi nieto solo está fuerte, grueso!”, me hubiese corregido su abuela. Para más inri, el muy fanegas ocupó el asiento contiguo al mío y la primera batalla se libró por ganar el reposabrazos que divide tu propiedad de la del vecino, de la cual resulté victorioso. No obstante, el tipo se vengó con creces, pues solo tuvo que abrirse de patas para reducirme a la mínima expresión. Menos mal que iba aseado, porque si la apertura de piernas hubiese ido acompañada de gaseamiento genital no hubiera resistido los 90 minutos del evento.

Me soliviantó también la dificultad para la escucha en ciertos pasajes. En algunos casos motivada por los actores, algunos de los cuales nunca aprendieron el significado del término “proyección”, en otras, por la arquitectura del edificio, que pareciera haberse guiado por criterios como: “el que pague entrada cara, que escuche, y el resto a mamarla” y finalmente por la torpeza y falta de educación de un respetable que en ocasiones no hay Dios que lo respete. El tipo a mi vera, verbigracia, comentando con desdoro la jugada de cada personaje y haciendo ruiditos de desaprobación a cada instante. “¡Valiente petardo!, ¿no te entrará un apretón que te haga correr presto a anidar en la taza del WC lo que resta de espectáculo?”, me tentó espetarle. Luego están los momentos toses y caramelos, otrora patrimonio de los paisanos talluditos aquejados de enfisema; pero ahora se ha sumado hasta el apuntador. Las toses a coro, contagiosas, pues empieza uno y se anima el personal en matemático efecto dominó y los caramelos enfundados en un papel harto ruidoso. Menos mal que a nivel condumio la cosa en el teatro todavía parece quedarse en los citados caramelos y algún traguito de agua, porque lo que es en el cine el asunto se ha ido de las manos. De hecho, ya no sorprende a nadie ver ingresar en la sala tipos con un bidón de coca-cola, un contenedor industrial de palomitas y una bandeja de suculentos, pringosos y crujientes nachos con queso que ejercerán de banda sonora complementaria al filme.

En circunstancias en las que el calor aprieta también suele aflorar el abanico, complemento reservado a señoras con sofocos y fans de “Locomía” que da bastante té cuando de atender un espectáculo se trata.

Para el final me he dejado lo mejor. O lo peor, según se mire. Los tontos de los teléfonos móviles, que curiosamente no suelen ser jóvenes, pues para estos el aparato en cuestión es una prolongación de su cuerpo que jamás descuidan, sino que se trata de poco avezados adultos para los que el móvil fue un descubrimiento del calibre de las Américas. Grosso modo los hay de dos tipos: al que le suena la melodía por tiempo indefinido y no acaba de atinar a apagarlo y el que directamente lo coge y mantiene una conversación a grito tendido con su interlocutor. Sobre todo a estos últimos, como dicen en la Argentina, por el orto les metía yo el celular.

Almasy©

La Lupe: "Puro teatro"