Escribo estas líneas tras soportar estoicamente y apelando a la paciencia que no tengo –los que me conocen saben que esta no se encuentra entre mis virtudes– a cuantos sujetos he tenido que escucharles en los últimos meses comentarios del tipo: “Ya era hora de que os bajasen el sueldo a los funcionarios”, “Vosotros no producís nada y encima os mantenemos”, “Sois unos privilegiados” o “Se os tenía que acabar el chollo alguna vez”.
Paradójicamente, los que se manifiestan en estos términos no son los que están padeciendo la cara más cruda y hostil de la presente crisis. Esos pobrecitos míos no tienen tiempo para desear el mal ajeno. Bastante tienen con emplearse a fondo para llegar a fin de mes y sacar su prole adelante. Concretamente a los que se les ocurren semejantes frescas son los mismos que en tiempos de vacas gordas me decían altivos cosas como “Por lo que tú ganas yo no me levanto ni de la cama” o “¡A los hijos de otros iba yo a aguantar!”. Los mismos que cuando yo me quedaba el fin de semana estudiando a base de echarle cafeína y dioptrías al asunto, presumían los lunes de los cubatas que se habían calzado en su farra de 72 horas sin interrupción. Los que cuando yo tiraba de suela de zapato y abono transporte para desplazarme ya conducían un Golf GTI y le regalaban a la chorba esclavas de oro grabadas.
Otros son los que amasaron pasta a manos llenas durante su etapa de exitosos empresarios autónomos. Aquellos que abrían y cerraban el negocio cuando les salía del cimbel y rechazaban encargos a discreción porque era trabajo lo que les sobraba. Esos que algunos meses no sabían ni en qué gastarse el parné que sumaban a sus cuentas corrientes.
Son también los que, cerriles hasta el infinito, no acaban de entender que joderle la vida a los funcionarios va a salpicarles de una forma que ni se imaginan. Pienso, por ejemplo, en el ámbito educativo, donde les aseguro a estos críticos gratuitos que sus hijos van a recibir a partir de ahora peor instrucción que hace unos años. ¿Por qué? Muy sencillo: a buen seguro se van a encontrar profesionales más cabreados y con ganas de devolver la afrenta al prójimo, pues es hasta cierto punto razonable que uno se enoje cuando en el mismo año te bajan el sueldo y te incrementan el horario laboral. ¿No querías caldo? Pues toma dos cazos. Además, queridos maldicientes, aun cuando los profesionales que les miento decidan no desmotivarse y tomarla con el alumnado, les aseguro que a partir de ahora sus retoños engrosarán aulas cada vez más pobladitas de personal. Donde antes cabían 30 lebreles, ahora metemos 38, que hay que ahorrar en profesores. ¡Sí señor, calidad educativa a diestro y siniestro! A este respecto, siempre que se mientan asuntos como el bilingüismo o la implantación de nuevas tecnologías, se me revuelven las tripas teniendo en cuenta las ratios que manejamos. Atufa a empezar la casa por el tejado, a dotar el inmueble con televisión vía satélite cuando lo que apuran son las goteras, a pedir un préstamo para irse de vacaciones.
A todos estos censores solía contestar inicialmente con la callada por respuesta, insistiéndome en acudir al no siempre reconfortante: “No ofende quien quiere sino quien puede”. Seguidamente, con el tiempo, acumulé la suficiente dosis de enojo y contrariedad para espetarles lo de “haber estudiado, las universidades están abiertas y a las oposiciones se puede presentar quien guste”. Posteriormente opté por tirar de guasa y sarcasmo para que cada vez que me venían con eso de “¡Cómo vives!”, devolverles un ácido “¡Cuatro que podemos!”. Pero todo tiene un límite, amigos, incluso una mente considerablemente formada como la mía a la que se le supone sobrada capacidad para pasar olímpicamente de comentarios con tan alto contenido de ignorancia y bajeza ética. Así, uno se cansa de soportar que otros anhelen tu mal para satisfacer su estúpido y envidioso consuelo. Muy español por otra parte eso de reivindicar el empeoramiento de las condiciones del prójimo en lugar de la mejora de las de uno mismo. Que me bajan el sueldo, pues que te lo bajen a ti también; que tengo pocas vacaciones, entonces que mermen las tuyas. Sí señor, conciencia de clase obrera de las que hacen época. Rematada por muchos cuando se lo increpas cabalmente con el manido “No te ofendas. Es mi opinión. Tú tendrás la tuya y la respeto, aunque no la comparto”. Ante lo que ya solo se me ocurre devolverles sentencias del tipo “Pues yo ni respeto tu opinión y ni te respeto a ti, así que cada uno por su lado y aquí paz y después gloria”. Es más, a partir de ahora se me antoja que a cuantos cuestionen mis condiciones laborales voy a replicarles como se merecen y/o parecen estar reclamando: ¿Qué os parezco un privilegiado? Os jodéis. ¿Qué pensáis que gano mucho y trabajo poco? Os jodéis. ¿Qué opináis que disfruto de muchas vacaciones? Os jodéis. En resumidas cuentas. Os jodéis.
Almasy©
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