Aunque estoy lejos de que me nombren amo de casa del año, no han faltado en mi vida veces en las que me puesto seriamente manos a la obra con la limpieza del hogar. No demasiadas, es verdad, pero al menos las suficientes para saber cuán esclavo y poco agradecido resulta eso de dedicarse a sus labores. El término en sí se las trae ¿no creen?, pues si solo fueran las labores propias del ama de casa las que esta afronta tendría un pase; pero lo cierto es que las sufridoras domésticas curran de lo lindo para todos los que moran en el habitáculo sin recibir una recompensa que se corresponda dignamente con sus enormes sacrificios.
Pero lo que resulta ya de traca es que en las estadísticas oficiales a estas heroínas, y hablo en femenino porque siguen siendo preferentemente mujeres las que desempeñan esta labor oscura, se les considere población inactiva. ¡Si no paran las jodías! Abogo pues solemnemente por idear un término que las saque de esta farsa de la inactividad, ya que de todos es bien sabido que pocos trabajos requieren tanto esfuerzo y dedicación como el de un ama de casa. Eso sí, los cálculos de algunas revistas en materia de calorías quemadas realizando tareas del hogar son absolutamente falsos, pues de cumplirse a mi señora madre ya ni se la vería de lo sílfide que se habría quedado.
Y sobre aquellas que comparten la doble condición de currantas y amas de casa no tengo palabras. ¡Extraterrestres! ¡Suicidas! ¡Masoquistas! ¿No queríais caldo?, pues tomad dos cacetadas. Porque lo de la liberación de la mujer ha sido una milonga que no ha hecho sino triplicar la cuota de responsabilidad de las féminas: madres, esposas y trabajadoras. ¡Casi na´ pal duro!
Por poner un solo reparo a las amas de casa es que algunas de ellas, pobrecitas mías, se han entregado tanto a su rol que se han acabado convirtiendo en una pequeñas dictadoras de sus dominios. Tal es así que cuando a alguno le da por arrimar el hombro, léase cocinar, vigilan cada uno de sus pasos cuasi inquisitorialmente no sea que te deslices medio pelo. “Pica las patatas más pequeñas”, “Esa sartén no”, “No eches tanta aceite”, “Cuidado no salpiques”, “Cuaja la tortilla bien”, “Pasa la bayeta a la placa antes de que se solidifique la grasa”. Sin embargo, se lo perdonamos, faltaría más, porque a muchas, probablemente a la mayoría, las hemos confinado entre cuatro paredes y han concluido creyéndose que solo valen para “eso”. ¡Ni por asomo! Y aunque así fuera, es que “eso”, oiga usted, es la rehostia y el que diga lo contrario miente cual marrajo barriobajero. De hecho, a tenor de lo expuesto, resuelvo proponer un sincero homenaje para todas las amas de casa del mundo mundial. Por su labor a la sombra, en incontables ocasiones ni agradecida ni pagada, que nos ha permitido a muchos otros desarrollar nuestras carreras despreocupándonos de labor doméstica alguna. Y las cosas, créanme, no se hacen por sí solas ni por arte de birlibirloque. Y si no me creen prueben a fregar los baños cerrando los ojos y concentrándose; ya verán qué relucientes quedan. ¡Relucientes de mierda!
En definitiva: ¡Grandes, más que grandes sois! ¡Palmario ejemplo de entrega incondicional! ¡Qué coño un homenaje! ¡Un monumento como una catedral y una fiesta nacional que conmemore a todas esas imprescindibles olvidadas! ¡Que viva mucho y bien la madre que os parió, bonitas!
Almasy©
PASTORA: Cuanta vida


