viernes, 17 de octubre de 2008

44. SUPERNEIRA

No me he referido antes a la agresión sufrida por el profesor Neira cuando acudió al socorro de una mujer maltratada porque necesitaba cierto tiempo y perspectiva para escupir por esta boquita. Pensaba que cuando lo hiciera estaría más sereno y podría emitir un juicio más cabal; pero lo cierto es que estoy igual o peor que al principio y ya no puedo esperar ni un minuto más sin pronunciarme sobre el tema. Mucho se ha hablado en las últimas semanas sobre su acto heroico, sobre el matón que le propinó la paliza y sobre la pécora a la que asistió. Es más, esta última ha peregrinado por programas de televisión varios como el Tío Vivo de Tela Hinco sacando tajada de un asunto que, no nos olvidemos, ha concluido con el superhéroe postrado debatiéndose entre la vida y la muerte.

Por poner un poco de orden y concierto a la avalancha de pensamientos que me sobrevienen me van a permitir – y si no lo hacen les va a dar igual – que los refiera mediante los siguientes titulares:

El agredido: a algunos, tal vez a demasiados, se les ha olvidado que este es el más importante. En primer término por él mismo y en segundo lugar por la familia que puede dejar atrás si no le llegan buenas cartas para salir de esta mano. Porque manda huevos que acudas al auxilio de alguien y termines en la cama de un hospital visitado por el temido “Mr. Coma”. Y ayer le dieron la medalla al mérito de no sé qué y pasado le concederán la del no sé cuál – esperemos que no sea una a título póstumo ­–, pero el caso es que él está harto jodido mientras que su agresor come de caliente en la cárcel y la auxiliada se pasea cual mercenaria por un programa de televisión y otro también. Y no sé a ustedes, pero a mí eso me enciende y saca lo peor que llevo dentro. Me atrevería a afirmar incluso que despierta al pequeño dictador que todos portamos en nuestro interior: “Si me dejaran a mí solucionarlo…” Además, aviva la odiosa tendencia de que siempre que presenciemos algún incidente de este tipo miremos para otro lado y apuremos el paso no sea que nos vaya a tocar a nosotros la china. Porque insisto en que, si bien ahora el pobre Neira ha sido elevado a la categoría de héroe, como mínimo precisa de un millón de tubos para poder respirar. Y eso lo saben hasta los negritos del Paraguay.

El agresor: su acción confirma que, a diferencia de las películas, en la vida real suelen ganar los malos cuando no todas las veces, al menos la mayoría. Para más inri, ahora alegará que estaba drogado o enajenado y entre patatín y patatán le saldrá baratita la broma. Además, si le da en prisión por estudiar un ciclo de Formación Profesional de grado medio o hacer un cursillo de papiroflexia on-line, le rebajarán la pena entre seis u ocho años, para finalmente abandonar el talego casi sin que las primeras canas le hayan asomado en el cogote.

La auxiliada: resulta que ahora nos viene con que no la estaban agrediendo y que el tal Neira es un entrometido que fue a oler en un entierro para el que no había comprado cirios pascuales. “Total, si me estaba calzando un par de hostias mi novio era porque seguramente me las merecía”, le ha faltado manifestar. No contenta con eso se ha embolsado una talegada buena por ir a contar su mierda y encima tenemos que oír a algún lerdo manifestar que la pobre no está bien y que necesita asistencia psiquiátrica para superar el trance. ¡Mis cojones treinta y tres! ¿A que para engordar su cuenta corriente no estaba tan mal la criaturita? Seguro que le ha causado un stress de aquí te espero lo de ver sumarse cifras a esgaya en su libretica de ahorros.

La prensa: algunos medios, en su línea de lucrarse con las miserias y penurias de los demás, han tirado de chequera y han pagado generosamente a la susodicha para que diera su versión de los hechos. Además, no pocos fatos de la profesión han recurrido a la siempre manida coletilla de que están informando sobre lo que interesa y por supuesto de que afortunadamente existe libertad de expresión en este país. Y la gente como somos gilipollas y además nos va la marcha y el morbo, pues a tragar lo que nos echen o lo que nos merecemos, nunca se sabe.

Finalmente, no nos queda otra que esperar anhelantes la pronta recuperación del profesor, el cual cada vez es menos noticia en esta sociedad globalizada en la que ni la peor de las catástrofes del mundo mundial se mantiene en antena mucho más allá de una semana. Si ya lo decía Machado: Todo pasa y todo queda; pero al fin y a la postre, mal que nos pese y aunque nos empeñemos, lo nuestro es pasar. ¡Qué boldre!

Almasy©

Serrat & Sabina: “Cantares”


viernes, 10 de octubre de 2008

43. Promesas incumplidas


Coincidiendo con alguna fecha señalada del calendario o de nuestras existencias, no es extraño que nos propongamos el cumplimiento de algunos retos o promesas que en la inmensa mayoría de las ocasiones no suelen llegar a buen puerto. Verbigracia, todos los Años Nuevos, recién acabada la última campanada del reloj de la Puerta del Sol, ronda el siempre habitual propósito de apuntarte a un gimnasio a fin de perder los kilitos de más que a uno le sobran y ya de paso esculpir en la medida de lo posible tu cuerpo de pera. Y lo cierto es que la primera parte del asunto suele llevarse a efecto. Me refiero a lo de inscribirte. Ahora bien, lo de ir ya es harina de otro costal. El primer día sí que no faltas, ataviado felizmente con tu bolsita de deporte recién comprada en el Decathlon y tu muda para después de la ducha. Incluso hablas con el monitor del garito para que te planifique un exhaustivo entrenamiento que permita tornear esos músculos que dudas tener. No obstante, tu decepción comienza cuando lo que abordas no es sino una sala con diferentes aparatos de tortura en la que una pila de machacas vigoréxicos parecen disfrutar con el asunto. Cosas más raras he visto, pero, cielo santo, lo de disfrutar levantando peso sin más fin práctico que el de muscularte no me acaba de entrar por el ojo. ¡Y encima al levantador le hacen pagar por ello, cuando toda la vida de Dios el noble arte de la carga y descarga ha sido religiosamente remunerado! A buen seguro que los curritos del Mercamadrid se descojonan cada vez que alguien les mienta esta paradoja. El segundo y el tercer día insistes por eso del orgullo personal y al cuarto las fuerzas empiezan a flaquear y buscas excusas: llego muy cansado del trabajo, tengo que atender a la parienta o al pariente, me he lesionado o el horario de apertura no se ajusta a mi disponibilidad suelen ser los pretextos más recurrentes. Tal vez aguantas un mes por eso de que lo pagaste, pero al siguiente te borras del mapa y das las pertinentes largas cuando algún responsable del gimnasio se pone en contacto contigo para interesarse por tus ausencias: “lo siento, me he mudado a otro país”. La putada es cuando se te ocurrió la brillante idea de pagar seis meses por adelantado para ahorrarte una mensualidad o el abono de la matrícula. Craso error, queridos, pues semejante acto equivale a tirar tu pecunia por la taza del váter.

Otra de las mayores promesas incumplidas suele ser el dejar de fumar. También acostumbramos a hacer coincidir este reto con eventos tales como tu cuarenta cumpleaños o el nacimiento de tu primer bebé. Una vez marcada la fecha existen dos estrategias fundamentales en esto de abandonar el fumeque: lo dejo paulatinamente o lo dejo radical. En ambos casos les advierto que si no hace acto de presencia la tenacidad estás jodido de antemano. El lo dejo poco a poco consiste en reducir progresivamente el número de pitos que te comes al día con el propósito de que aquello que se convirtió en un vicio adquiera la categoría de ocio. El problema es que la cabra tira al monte, amigos, y un paisano que se zumba 3 cajetillas al día tiene remotas probabilidades de conformarse con un cigarrillo después de las comidas. Por lo que se refiere a los drásticos, estos habitúan a fijar fecha y hora para el gran momento, y minutos antes de que llegue se aprietan todos los pitillos que pueden a modo de despedida final. Entonces se avecina la “Hora D” y los primeros instantes sin el fatal vicio suelen ser hasta reconfortantes. “Si ya os decía yo que lo dejaba cuando quisiera”. Empero, según avanza el segundero comienzan a emerger los sudores y la mala hostia. A otros les da por abonarse al consumo de chicles o caramelos, con lo cual cambian las visitas al neumólogo por las del dentista. Finalmente algunos lo consiguen, aunque superado el pertinente mono físico y sobre todo psíquico se lamentan por el engorde que les ha supuesto el gran desafío. De hecho, en no pocas ocasiones pareciera que hubiesen sustituido la nicotina y el alquitrán por el clembuterol. Pues ya lo saben, ex-fumadores, ahora toca apuntarse al gimnasio. ¡Je, je, un poco cabroncete sí que soy, lo admito!

Almasy©



Quique González: "Hay partida"

viernes, 3 de octubre de 2008

42. El Emperador


Abrió los ojos al alba, como era costumbre desde que seis lustros ha su padre le legara las riendas de su vasto imperio. Como cada mañana no recibió el día con alivio, sino que paladeó tempranamente la pesada carga que lo acompañaba a diario. Intuitivamente recordó las palabras que le grabó su progenitor para aligerar la responsabilidad de dirigir sin descanso a una descomunal cantidad de seres humanos con sus correspondientes vidas: “Hijo mío, recuerda que un hombre inútil es aquel que no sabe mandar u obedecer, y a ti te ha correspondido lo primero”. Sin embargo, momentos antes de que aparecieran sus criados para agasajarle, supo que aquel amanecer sería distinto, pues por primera vez desde que ostentara el cargo, iba a permitirse el lujo de pararse a reflexionar sobre su cometido unos instantes. Trajo a su cabeza entonces aquella tesis que le narrara un visitante de Oriente, equivocada o certera, pero tesis al fin y al cabo, que todo dirigente debía permitirse de vez en cuando ciertas dosis de pesimismo y decepción a fin de imaginar un futuro menos lastrado en el que el viento soplara de popa. Lo cierto es que no se sentía especialmente depresivo esa mañana, ni le aquejaba mal alguno, al menos que sus galenos le hubieran indicado, pero se propuso apenarse simplemente recordando el sinfín de situaciones desilusionantes que le tocaba vivir casi a diario directamente relacionadas con su cargo. Se propuso, eso sí, no dejar que la pesadumbre lo paralizase, pues equivaldría a estar exangüe, y ese era un estado que todavía no tenía la fortuna de poder permitirse. Simplemente se trataría de gritar, de clamar al cielo para que el vaso que se había ido llenando de contrariedades, malentendidos y delaciones, finalmente rebosara y liberase toda la podredumbre que lo había llenado. Le asustó, sin embargo, pensar en que la nómina de decepciones en su caso sería tal vez demasiado extensa, fruto probablemente de confiar sobremanera en las bondades del ser humano a pesar de evidenciar que este suele hacer gala de las más abyectas conductas con inusitada frecuencia. “Y lo peor”, se confirmó a sí mismo, “es que uno no aprende, olvidando con inexplicable facilidad las miserias de cuantos le rodean y esperando siempre que todos saquen lo mejor que llevan dentro. ¡Pobre iluso! ¿Cuándo aprenderás?”

Entornó los párpados apenas unos segundos, suficientes para sentir dolor al comprobar que no gobernaba meramente para sentirse realizado, ni por la satisfacción del deber cumplido que le hubieron inculcado sus padres, sino que supo que en no pocas ocasiones lo hacía para que otros simplemente agradecieran su labor. Inmediatamente martillearon su cabeza algunas preguntas: “¿Seré demasiado pretencioso?, ¿Estaré aquejado del mal de los aires de grandeza que tantos otros gobernantes han padecido?, ¿Egocéntrico?, ¿Narcisista? Tal vez, pero sincero también”. Entonces evocó vívidamente la pena que lo invadía cada vez que había dado todo lo que llevaba en sus entrañas sin que nadie se lo agradeciera ni percibiese el pedazo de vida que se le había ido en el intento. Es más, recordó las innumerables ocasiones en las que después de los esfuerzos derrochados incluso lo habían tachado de déspota, de negligente, de obrar con mala fe y hacer uso de maniobreros subterfugios. Resolvió así que, independientemente de cuanto hiciera, no era sino uno más. “De hecho”, se convenció, “si supiésemos lo prescindibles que somos, sentiríamos una agonía similar a la de los cíclopes, seres mitológicos que conocen de antemano el día y hora de su expiración”. Procedió seguidamente a idear que tal vez no fuese el único que necesitaba un “gracias” a menudo y continuó autoconfirmándose que era absolutamente falso que uno no escribiera para que le contesten, que no fuese hoy anfitrión para mañana ser huésped, que no regalara para que le regalasen. “Porque podremos ser más o menos detallistas, pero todos precisamos unas gotitas de cariño y de amor correspondido con cierta asiduidad. Y me vendrán algunos con lo de que se da porque se quiere y no porque se espere algo a cambio o porque sea tu responsabilidad. Pues yo no. Al menos no todos los días. Siento reconocerlo pero es así”.

Reflexionó asimismo sobre la cantidad de amigos y experiencias perdidas por el camino desde que se decidiera a ocupar el trono. No pudo sino consternarse evocando los felices momentos vividos en las academias militares junto a jóvenes notables de otras naciones, cuando todo era sencillo, pues simplemente debía ocuparse de formarse y vivir intensamente. Sin embargo, todo eso había quedado atrás y aunque era consciente de no haber modificado ni un ápice de su personalidad, se lamentó porque entendía que desde su coronación ya nadie lo veía de igual modo. Lejos quedaban también los instantes en que pasara desapercibido y pudiera pasear sin ser el centro de atención y ser reclamado para decidir sobre cuanto le rodeaba. “Todo ese malestar se compensa por la satisfacción de servir a tu imperio”, le había consolado su padre aquella ocasión en la que le sinceró sus inquietudes.

Entonces, cuando todavía se filtraban los primeros rayos del sol en su alcoba, entró su servidor de cámara y una especie de impacto helado pareció arrebatarlo del sueño en el que dudó haberse visto inmerso. “Señor, ¿se encuentra bien?, le preguntó el solícito criado. “Sí claro”, acertó a tartamudear, “simplemente estaba un poco traspuesto, proceda a iniciar la rutina de costumbre”.

Almasy©



Héroes del Silencio: "Maldito Duende"

viernes, 26 de septiembre de 2008

41. Best Seller


Suele definirse con este anglicismo a todo libro vendido como churros, como si cada vez que necesitásemos dotar de cierto empaque a algo debiéramos hacer uso de un término ajeno al castellano. ¡Si don Miguel levantara la cabeza! En el mundo del celuloide se habla de película taquillera y en el de la música siempre que una canción pega allá donde aterriza nos referimos a un hit (nuevamente la lengua de Shakespeare imponiéndose a la de Cervantes). Pero no se trata hoy de discernir el porqué del éxito mundial del inglés, sino de reflexionar sobre los pormenores que conducen a una manifestación artística (llámese libro, película o tema musical) a ser aclamada por el público.

El retrato robot del best seller suele ser: tocho de unas 600 páginas bien encuadernadas, de venta en toda tienda que se precie (el último de Zafón lo vi expuesto hasta en la línea de cajas del Media Markt), de fácil lectura (desde el sofá de tu casa al asiento del metro) y tradicionalmente vilipendiado por la crítica cultureta, que siempre que vislumbra un éxito de ventas aboga por tacharlo de falto de calidad. Y es precisamente este último asunto sobre el que mayormente me gustaría recapacitar en la presente entrada, pues todavía está por ver el primer best seller que goce del beneplácito de aquellos que se ganan la vida evaluando cada nueva manifestación artística que ve la luz. Que si es un bodrio comercial, que si adolece de calidad literaria por los cuatro costados, que si su éxito está únicamente fundamentado en la publicidad y que si su autor no pasará a la posteridad (menudo consuelo por otra parte los que si lo han hecho pero en vida padecieron la más absoluta indigencia hasta que se apagó la luz y entonces conocieron exclusivamente la gloria postmortem). Pues qué quieren que les diga: unas veces sí y otras no. En ocasiones es cierto que nos meten el libro en cuestión por los ojos pese a su condición de bazofia y lo acabamos leyendo propios y extraños; sin embargo, en numerosas situaciones vemos cómo en un bombazo editorial se alían el talento literario y la acogida de los lectores sin que la crítica dé su brazo a torcer. Erre que erre con lo de que si se vende no vale. ¡Qué manía! ¡Cuánto ahínco en tachar de cerriles a todos los que se animan a leer un superventas! ¡Ni que anduviésemos tan sobrados de lectores como para espantarlos acusándolos de consumir basura! ¿Pero qué se esconde detrás de esta centenaria tendencia? Me sobrevienen a la cabeza algunas posibilidades:

1. La más benévola de cuantas expondré es la que admite que la crítica esté en lo cierto y todos los best seller que se paren son inmundicias de primer orden solo aptas para el consumo de catetos a los que no se les puede exigir mayor esfuerzo intelectual.

2. Con algo más de inquina se me ocurre que pueda esconderse un cierto espíritu de superioridad con tintes elitistas capitaneado por una minoría que se encargaría sistemáticamente de echar por tierra todo superventas que asome las narices.

3. Y por qué no pensar que en lugar del espíritu de superioridad que les acabo de presentar lo que exista sea un complejo de inferioridad por parte de algunos enteraos culturales que únicamente defienden a los escritores que no venden un libro y aburren a las ovejas modorras con sus eruditas obras.

4. Por último, y como las teorías de la conspiración me dan más miedo que la nube, me quedo simplemente con llamar a un cambio de tendencia. Insto a que el talento literario y la acogida del público no sean necesariamente antagónicos e irreconciliables y al mismo tiempo a que esos que se llaman lumbreras de pro sean capaces de producir algo que seduzca a las multitudes. En definitiva, abogo por liberarnos de prejuicios y llamo a que entre cuantos amamos los libros pongamos las mejores condiciones para que se lea. Bueno, regular o malo; pero que se lea, ya tendremos tiempo de ir mejorando el menú. También ruego encarecidamente que siempre que nos quejemos de que “no hay nada en la tele” empuñemos un libro y nos aventuremos a descubrir qué esconde. Empezaremos por tocarlo sutilmente, con mimo, como si se tratara de una copa de frágil vidrio e inmediatamente después lo pasaremos por el filo de nuestra nariz para embriagarnos con los variopintos aromas que desprende. A continuación hojearemos sus páginas y su letra, desentrañando a priori si su lectura será agradable o si por el contrario nos costará más de una visita al oculista, para finalmente subirnos al tren y viajar por los universos que se nos propongan. Conoceremos entonces a los héroes y villanos que pueblan esos mundos, a los vencedores y vencidos que protagonizan las más variopintas historias. Empatizaremos con ellos, los amaremos u odiaremos, reiremos a carcajada tendida con sus disparatadas ocurrencias o derramaremos hasta la última lágrima que llevamos dentro cuanto una fatalidad los azote. Recorreremos parajes inefables, combatiremos dragones y brujas, seduciremos o seremos seducidos y nos embarcaremos en travesías inenarrables. ¿Alguien es capaz de proponer alguna oferta mejor que la que nos brinda un libro?

Almasy©




Antònia Font: "Alpinistes Samurais"


sábado, 20 de septiembre de 2008

40. El Enterao



En cualquier grupo humano que se precie no puede faltar un enterao que todo lo sepa. Ya sea en el trabajo, en la familia o entre nuestro círculo de amistades, no cabe hablar de plenitud si no figura en nómina un entrañable sabelotodo.

El enterao creció aprobándolo todo sin estudiar un ápice, para laborar actualmente como un enchaquetado comercial de inmobiliaria de barrio que larga trolas a diestro y siniestro cual charlatán de feria.

En sus años mozos ligaba siempre, hasta con varias damas la misma noche, motivo por el cual no se entiende que acabara casándose con una pécora de belleza escondida. Vamos, la más fea de la comarca cuando menos. Mora en un chalet céntrico y suele conducir un coche deportivo de gran cilindrada con el que llega siempre antes que nadie a todos los sitios. Cualquier día le conceden una medalla. Lo curioso es que jamás dice haber sido multado, a pesar que de todos es bien sabido que, amén de sus excesos de velocidad, acostumbra a llevar a media mañana un par de copazos de coñac en el cinto. No obstante, él presume de beber sin emborracharse y de comer sin engordar, lo que sugiere la posibilidad de que se trate de un ser de otro planeta ataviado con desagüe en lugar de aparato excretor.

Siempre acaba comprándose lo mismo que tú pero a mejor precio, alegando conocer a un amigo de un amigo que se lo trae directamente a él de fábrica. El enterao sabe de cualquier oficio y ha viajado a todos los rincones del universo, dando así consistencia a una tesis sobrenatural: es omnisciente y posee el don de la ubicuidad. Nunca calla, siempre tiene algo que decir y lo expone con vehemencia presidencial allá donde va para iluminar a cuantos mortales carecemos de sus dones divinos.

El enterao ha leído cuanto se ha publicado, escribe versos a la altura de Neruda, canta como un ruiseñor, baila como los ángeles, da consejos médicos rayanos con los de House y practica todos los deportes con mañas cuasi olímpicas. De hecho, si no lo han visto en Pekín 2008 es, y cito literalmente, “porque yo no he querido”.

En definitiva, a tenor de lo expuesto, podría concluirse que el enterao es una suerte de envidioso patológico, acomplejado crónico y mentiroso compulsivo. Pero se le quiere.

Almasy©



Hombres G. "Sufre Mamón"