El pasado viernes 5 de septiembre TVE-1 emitió en su programa documental Comando Actualidad un especial “Fiestas Populares” que se merece una reflexión y hasta dos. De cuantas celebraciones se recrearon me quedo con el comentario de tres por cuestiones de espacio e interés: la “Tomatina” de Buñol, la “Nit de l´Alba” de Elche y el “Toro de la Vega” de Tordesillas.
LA DESCRIPCIÓN
La “Tomatina” tiene lugar en la provincia de Valencia, concretamente en un pueblo de 10.000 habitantes que por mor de la celebración atrae a 30.000 curiosos fiesteros que colapsan sus calles. El objetivo fundamental es que el montante poblacional en pleno se dedique a dar y recibir tomatazos a diestro y siniestro.
La “Nit de l´Alba” ve la luz, nunca mejor dicho, en los límites de Alicante y consiste mayormente en hacer estallar durante toda una noche un variado surtido de pirotecnia. Entre las diversas manifestaciones en las que hace acto de presencia la pólvora, a un servidor la llamó especialmente la atención las guerras de petardos y carretillas (una suerte de bengalas incendiarias) que se ejecutan en diferentes recintos debidamente acotados de la ciudad bajo la atenta mirada de fuerzas de seguridad del estado y sanitarios.
El “Toro de la Vega” se celebra en tierras vallisoletanas y el intríngulis del festejo no es otro que el de perseguir a un bóvido macho a la carrera con la firme intención de darle muerte a base de lanzazos para honrar a la Virgen de la Peña.
EL JUICIO
En cuanto a la primera se refiere, la “Tomatina”, alguno me expondrá que la cosa no hace daño a nadie a no ser que te endiñen en un ojo, que es simpaticona, original, diferente y que rezuma buen rollo por los cuatro costados. Sin embargo, personalmente contemplo con notable estupefacción el desperdicio de toneladas de esta hortaliza que a los pobres agricultores se les paga a cuatro perras y a los desprotegidos consumidores se les clava a 3 euros el kilo.
Observando las guerras de petardos y carretillas de la “Noche de la Alborada” me aventuro a confirmar sin peligro a equivocarme la condición masoquista del ser humano. O eso o que algunos se aburren demasiado, porque no me explico qué placer puede reportar el hacinarse en un redil pertrechado de minibombas para contemplar su estruendo y sufrir las múltiples quemaduras que provocan. De hecho no me cabe duda que la celebración ilicitana en algunos lugares del mundo se confundiría con un conflicto bélico.
Por lo que se refiere al “Toro de la Vega” sus detractores alegan que es una muestra más de maltrato animal y sus defensores que se trata de una tradición que se remonta al siglo XV. Efectivamente, ¡al siglo XV y no al XXI!, muy señores míos. Se me ocurre que en pleno 2008 seamos capaces de distanciarnos de los divertimentos medievales y humanizarnos un tantito. O tal vez no. El caso es que ya había condenado yo a los tordesillanos cuando una de sus oriundas se pronuncia en estos términos durante el programa: “Vale que el animal sufre, pero a nosotros por matar a un toro nos llaman garrulos y al Juli maestro, no es justo”. Y razón no le falta a la moza. Incluso si me apuras su delito es ciertamente menor, pues la festividad pucelana se celebra una vez al año y cualquier torero que se precie da muerte en torno a una centena de morlacos anualmente. Pero ya se sabe: mata a un hombre y te llamarán asesino, mata a un millón y te llamarán conquistador. Lo cierto es que lo de este país con la tauromaquia es enfermizo, pues hacemos partícipe al animalico en cuestión a tutiplén. Lo lidiamos, lo corremos, lo enmaromamos, lo embolamos, lo lanceamos y un largo etcétera de atrocidades varias. Eso sí, nos curamos en salud alegando que el torito bravo apenas sufre, pues se trataría de una especie concebida esencialmente para darle muerte. Empero, parece evidente que lo de ausencia de sufrimiento no se lo cree ni el tonto del pueblo. Vamos, le tiene que hacer una gracia a la bestia que la quemen, arrastren, golpeen y/o pinchen de no te menees. Y eso que un servidor se considera moderadamente aficionado a la Fiesta Nacional y descarnadamente apasionado de José Tomás. No sé, visto lo visto tal vez tenga que replanteármelo.
Hoy me corresponde ponerme soez, vulgar, chabacano, hasta cafre si me apuran, así que advierto a cuantos sean sensibles a los exabruptos se abstengan de leer esta entrega. No obstante, considero que tengo sobradas razones para permitirme ciscarme en todo lo que se menea, pues ¡VUELVE FÍSICA o QUÍMICA! Para los más despistados les remito a la entrega 21 del viernes 28 de marzo de esta bitácora, en la que ya les mentaba las beldades de la serie televisiva en cuestión, que vuelve a la parrilla de ANTENA TRÍO los lunes en prime time, o sea, cuando todo Dios se pone delante de la caja tonta. El pasado 1 de septiembre la cadena privada que les miento repuso el último capítulo de la primera temporada y me obcequé en visionarlo a fin de comprobar si el programita de marras había experimentado alguna transformación desde que yo lo abandonara allá por el tercer episodio. ¿A que tuve paciencia aguantando tanto? Sin embargo, la cosa no solo seguía en la misma línea sino que había degenerado aún más. Concretamente este último capítulo de la que debería haber sido la primera y única entrega de la teleserie si no fuésemos tan gichos en materia de gustos, nos presentaba una recua de vivencias protagonizadas por un conjunto de profesores y alumnos de un supuesto centro educativo cualquiera. Para muestra algunos botones que me ponen los pelos como escarpias:
Un alumno de bachillerato se beneficia a su novia adolescente y a la profesora de Filosofía, pirriadita hasta los huesos por el núbil mancebo en cuestión.
Una profesora de inglés abandona a su marido, también profesor del centro, tras un escarceo amoroso con otro miembro del claustro. Lo de miembro va con segundas y hasta con terceras. Para más inri la criaturita está preñada hasta las orejas, sin desvelar ni al maduro cornudo ni al joven profesor enrollado con el que se ha refocilado quién es el feliz progenitor del hijo que espera.
Otra alumna se rebaja a la condición de esclava sexual del macarra del instituto, exhibiéndole su cuerpo en insinuante baile de striptease para ganarse el incondicional afecto del varón mientras este la graba con el móvil en compañía de sus amigotes. Además dicho macarra prácticamente convive con la nena en casa de la directora del instituto, quien a su vez ejerce las veces de madre adoptiva de la niñata tras el fallecimiento de los padres en accidente automovilístico. Por otra parte, sin abandonar a la entrañable pareja, el niño chungo es consumidor habitual de ketamina, droga que generosamente ofrece a su piba para su deleite y colocación. Esta accede solícita a las exigencias del hombrecito y la cosa termina como el Rosario del Aurora: un ciego de la pija en mitad de una piscina e ingreso hospitalario al canto por mor del subidón.
El amigo del macarra, un niñato rico de postín, parece ser maltratado por su padre, que amén de dólares parece darle al crío hostias como panes. Cuando la profesora de Filosofía y la de Lengua se enteran e intentan ayudarlo, el alumno se pronuncia con esta última con cariñosas píldoras tales como hija de puta y gilipollas metomentodo. A todo esto la profesora de Lengua aprovecha para liarse con un tío que a su vez estuvo enrollado con la de Filosofía, pero como la de Lengua pasaba por allí tras ser despechada por el de Gimnasia, ambos aprovecharon la oportunidad para hacerse un favor mutuamente.
La alumna hippie-eco-progre del insti es pretendida por un rapaz cuyo hermano fue antaño novio de la susodicha, pero la cosa no prosperó porque al muchacho le dio por suicidarse. Ahora el hermano mayor le enmienda la plana al difunto fraterno tirándole los trastos a la niña de las rastas bajo la atenta mirada del amigo gay de ambos, que en algún momento de la historia malentiende que la cosa puede ir también con él en plan trío.
¿Qué les parece amigos? ¿A que los que no han tenido el gusto de deleitarse con la serie televisiva que nos ocupa pierden el culo porque llegue el próximo lunes para poder gozar de semejante espectáculo? E insisto como en entregas anteriores que no es la moral nacional-católica la que me impulsa a maldecir que se proyecte esta teleserie y otras similares, sino que la gente que trabaja en la misma presume de estar bien documentada y de reflejar fielmente la realidad cotidiana de alumnos y profesores. ¡Y una mierda como un niño de 3 años! Afortunadamente las cosas son mucho más triviales e insulsas y aunque en diversos momentos unos y otros nos podamos haber topado con alguna de las realidades que nos traslada esta ficción televisiva, lo que suele reinar casi a diario es la normalidad. Lo que pasa es que esta no vende, como tampoco lo hacen las buenas noticias. ¡Sociedad morbosa de los cojones!
Me llaman un día cualquiera del curso pasado al instituto de una cadena de televisión privada de cuyo nombre no quiero acordarme, aunque tratándose de la telebasura a la que me referiré se imaginarán que el abanico de posibilidades se reduce a ANTENA TRÍO, TELA HINCO o LA SECTA. Preguntan por el jefe de estudios, o sea por el menda, y en cuanto me pongo al aparato se inicia rauda una avalancha de preguntas y respuestas a la que me sumo vertiginosamente:
-¿Como jefe de estudios ha abordado usted temas de orientación sexual?
-Sí claro, ¿por qué?
-Verá, estamos preparando un programa de debate sobre la información en materia de sexo de la que disponen los adolescentes. ¿Le interesaría participar en calidad de contertulio experto en un programa piloto?
-Bueno, sí, ¿por qué no?
-De acuerdo, le rogamos por favor se persone en nuestros estudios de grabación para realizar una prueba de cámara rutinaria el día de tal a la hora de cual.
El ingenuo que suscribe se presenta entonces en el tiempo y espacio indicados y comienza a asistir a la retahíla de mentiras vertidas una detrás de otra por el medio en cuestión. En llegando, la cosa ya apesta porque allí todo el mundo te da besos para recibirte y no sé ustedes, pero yo los míos prefiero regalarlos a quien me apetece y cuando se me antoja. Clima buen rollito recalcitrante en definitiva y la primera en la frente: cumplimentar un cuestionario de adolescente para el supuesto experto y la cesión de mis derechos de imagen. Además, me percato enseguida que de prueba de cámara rutinaria nada, sino que aquello era un casting en toda regla para medir el grado de carnaza que estás dispuesto a escupir por esa boquita que Dios te ha dado. Estoy a punto de largarme cuando me digo: “¡Qué coño! ¿A ver cómo sigue esto?” Durante la cumplimentación de los impresos propios de la Superpop me topo con otros pretendientes al casting que confirman mis sospechas. Freakies de toda índole de esos que dejan a la adolescencia a la altura del barro desfilan ante mis ojos. “¿51?” “Ese soy yo”. Pegatina al pecho y pa´ dentro: ¡a jugar!, como decía Joaquín Prat en El Precio Justo. Un par de chavales recién salidos de la universidad pero con muy mala leche para su todavía corta edad abordan la dichosa prueba de cámara y el bombardeo de cuestiones Made in Carnaza. Yo en mi sitio, correcto, educado, diplomático, sin entrar al trapo, casi institucional, me atrevería a afirmar incluso. Vamos, que yo creo que no intereso lo más mínimo. “Ya te llamaremos”. Lo curioso es que sí me llamaron y lo digo sorprendido porque el sentido común y la coherencia a los que yo me agarré pensaba que no tenían cabida en las televisiones privadas. Me da en la nariz que no encontraron a nadie más gilipollas que yo al que endilgarle el marrón y tiraron de agenda para contactarme como último recurso. Ni que decir tiene que les dije nones.
Visto la visto y vivida la hazaña que acabo de narrarles, créanme que es hoy el día en que casi añoro eso de tener solo dos canales. No te complicabas la vida: “¿Qué pongo? ¿La 1 ó la 2?” “La 2 llega hoy con niebla, pon la 1”. De lo que me quedo con ganas es de mentarles el nombre del programita en cuestión por si finalmente lo emitieran para que eviten su visionado y la consiguiente urticaria que les ocasionaría. Lo que ocurre es que los muy cabrones te obligan por escrito a mantener la boquita cerrada sobre lo que allí sucedió. ¡Toma democracia de postal!
Corría el año ´91 cuando viajé por primera vez a los Estados Unidos de América. Lejos todavía del 11-S, con las Torres Gemelas flamantes e intactas y los aeropuertos muchos menos esquizofrénicos que en la actualidad, me sorprendió especialmente lo solos que estaban los americanos. La mayor parte caminaba con los cascos en las orejas y la mirada gacha, evitando cualquier contacto visual con el resto de viandantes. Desconfiados, temerosos, distantes, huidizos, destilando grandes dosis de misantropía. ¡Menos mal que en España no vivimos así! Pensé entonces. No obstante, este país otrora conocido como Hispania, se me antoja cada vez más individualista a cinco meses vista de dar la bienvenida al 2009, recordándome visiblemente aquellas sensaciones que percibiera en la tierra de las barras y estrellas. Muy vivos están aún en mi memoria aquellos viajes en autobús desde Madrid al León de mis amores en los que esperaba anhelante el momento en el que encontrarme con mi desconocido compañero de viaje para tirarme rajando las casi cuatro horas que durara el trayecto (si era desconocida y estaba buena, mucho mejor, no voy a engañarles). Se me viene a la cabeza asimismo eso de olvidarme las llaves y pedírselas a la vecina, quien las tenía desde siempre para regarnos las plantas en vacaciones o para apañar el litro de leche que le hiciera falta en la elaboración de su exquisita bechamel. Ahora, sin embargo, nos hemos enfundado también los cascos y las máscaras, evitando cualquier tipo de conversación con el individuo de la butaca de al lado y una copia de las llaves de nuestra morada casi no se la dejamos ni a la madre que nos parió.
Cada vez nos cuesta más tocarnos, abrazarnos, sonreírnos, besarnos. Caminamos deprisa, no sea que nos topemos con algún sujeto conocido y debamos iniciar la incómoda tarea de cruzar unas palabras. También se lleva eso de pulsar con celeridad el botón del ascensor para evitar coincidir con alguien que nos obligue a conversar del siempre socorrido tiempo y por supuesto no recuerdo una sola ocasión en los últimos 10 años en la que haya intercambiado sal o azúcar con nadie. Incluso las relaciones con nuestros seres más queridos se han ido modificando de manera preocupante, tanto en el ámbito familiar como en nuestro círculo de amistades. En pocos hogares, por ejemplo, hay menos de dos televisores, incluso no es descabellado afirmar que existen muchos con un aparatito por barba para que cada uno visione lo que más se ajuste a sus gustos, lo cual acaba distanciando humana y hasta físicamente a los miembros de la familia. Y si la caja tonta ha causado estragos, el puto móvil ya ni les cuento. Porque díganme si no han contemplado alguna vez con estupefacción a esas cuadrillas de amigos cenando en un restaurante eludiendo mutar palabra alguna entre ellos y decantándose por enarbolar el diabólico celular a fin de conversar con otros colegas que no están allí.
Resulta cada vez más ocasional eso de preguntar nada a nadie, no sea que nos contesten o se rían de nosotros. Por dejar, hemos dejado hasta de protestar aunque pensemos que tenemos razón, como si nos diera pereza y/o temor exponer argumentos y atender a las réplicas de nuestro interlocutor. Hasta en los trabajos comienzan a ser poco habituales las milenarias conversaciones plagadas de frivolidades varias entre el personal, optándose por regatear al compañero de turno y salir disparados como arma que lleva el diablo en cuanto suena la bocina que marca el final de la jornada.
No obstante, aún queda un resquicio esperanzador: seguimos necesitando que nos escuchen aunque aparentemos no ser conscientes de ello. ¿O acaso no hemos ejercido todos alguna vez estoicamente como confesores de un alma necesitada de largarnos su historia? Incluso nosotros mismos hemos precisado, al menos una vez en la vida, de un ser que nos atienda pacientemente lo que nos aflige e incluso castiga, confirmando de este modo, mal que nos pese, que somos seres sociales.
Tirando en el día de autos de mi todavía corta pero intensa experiencia como docente y jefe de estudios en el IES RAYUELA de Móstoles, me adentro a transmitirles el particular análisis que este menda es capaz de ofrecer sobre algunos aspectos del Universo Educativo presente, si bien he de reconocer que no me agrada especialmente abordar en una entrega de esta bitácora asuntos tocantes a mi profesión fundamentalmente por dos motivos:
Porque lo de llevarse el tajo a casa dicen los expertos que no es saludable y no tengo especial interés en convertirme en uno de esos adictos al laburo que precisa de terapia de grupo para superar el trance.
Porque los que siempre tienen las batallitas del curro en la boca acaban aburriendo a las ovejas. ¡Cuánto bien se hizo en este terreno aboliendo el servicio militar! ¡La de matracas castrenses que tuve que soportar yo abrazado a una cervecita cuando los amiguetes “Nasíos pa´ Matar” que servían a España volvían de permiso ávidos de hacernos partícipes de sus gestas guerreras a cuantos nos privaron de tan glorioso honor! ¡Al que suscribe concretamente lo declararon inútil por gafotas! ¡Bendita inutilidad!
No obstante, también se comenta que resulta terapéutico escupir pestes por la boca de vez en cuando con el fin de quedarse relajado, así que en la jornada de hoy se me ocurre, por ejemplo, referirme vehementemente a varios aspectos concernientes a mi profesión:
*LOS MANDAMASES: Estos no son otros que los mismos que manejan el cotarro en esta España “ladrillil” en la que nos ha tocado vivir, o sea, especuladores sin la EGB y políticos que se dicen liberales a los que nadie reconoce votar en muchas ocasiones, pero que luego cosechan sorpresivas y arrolladoras mayorías absolutas en las urnas. Solo una pequeña lección de historia para los menos duchos en esta noble ciencia sobre el término “liberal” tan en boca de todos en la actualidad: ¿Sabían que toda la clase política española de la mayor parte del siglo XIX y principios del XX, ya fuesen progresistas de pura cepa o ultraconservadores, se llamaron liberales? Por este motivo les invito a que siempre que oigan este término se interesen por lo que pueda llevar asociado: “¿Qué clase de liberal?” Preguntaría yo en cualquier caso.
No necesariamente el especulador y el político a los que me he referido siguen sendas divergentes, de hecho entre ambos suele establecerse una relación tácita que en temas escolares también lo maneja todo cual mercancía susceptible de comprarse y venderse, resultando asimismo evidente que lo lucrativo debe asociarse necesariamente a lo privado y lo público a la beneficencia. Y como lo público no es rentable, vamos a reducirlo, verbigracia, en un 70 % por mor de la crisis. ¡Uy, lo siento, se me ha escapado la palabra prohibida! ¡Quería decir desaceleración!
*LOS PADRES DE LAS CRIATURAS: Harto de oír, que no escuchar, a los que hablan de una sociedad culpable en general, me atrevo a puntualizar que las desviaciones académicas y disciplinarias de los alumnos son culpa de sus padres, aunque solo sea por una cuestión de números y de afectos. No hay más que reflexionar en esta línea: un profesor pasa con un alumno 3 ó 4 horas a la semana, junto con otros 20 ó 30 hijos de su padre y de su madre en la misma clase y además se supone que le tienen que enseñar una asignatura. Mientras que sus padres lo han parido y pasan con él 4 ó 5 horas diarias, o al menos deberían, y además lo quieren ¿no? Lo que pasa es que más de uno tuvo un hijo al pedo, como el que compra un perro en Navidades. Y los problemas llegan cuando se dan cuenta que al niño con sacarle a mear y cagar 3 veces al día no es suficiente. ¡Que el muy jodido resulta ser una personita que siente y padece de la que tienes que ocuparte!
*LEGISLADORES Y OTRAS MENTES PENSANTES: Por lo que se refiere a los legisladores, estos están condicionados por intereses partidistas que han convertido los códigos educativos en una ola que sube y baja según la marea: Villar Palasí, LOGSE, LOCE, LOE... A mí ya me da la risa y sugiero a estos lumbreras orgánicos que la próxima ley se llame “LE” y la siguiente “L” a secas, continuando de esta manera la tendencia de ir quitando una letra por ley al acrónimo en cuestión. Total, si los que van a joderse son solo unos profesores, padres y alumnos que ya no saben a qué guión atenerse ante tanto cambio improcedente.
Amén de los legisladores están los ideólogos oficiales del Régimen de turno, normalmente pedagogos para los que se me ocurren al menos dos preguntas:
¿Ha pisado alguna vez un aula?
¿Se encontraba usted bajo los efectos de algún estupefaciente cuando pergeñó tan brillante idea? ¿Tal vez opio?
Y mira que uno es fan de la máxima de Galeano: “la utopía sirve para caminar”; pero de lo utópico a lo descabellado va un trecho. Menos mal que a los que estamos en la trinchera todavía nos resta un poquito de sentido común con el que pasarnos por el forro algunos de los apartados más incongruentes de los textos legales que nos imponen sin consulta alguna como si no nos afectaran. Hasta que nos pillen.
*PROFESORES: No considero que seamos tan “Don Nadies” como se nos presenta con asiduidad, aunque bien es cierto que tampoco tenemos camiones con los que colapsar la M-40 para que se nos haga caso. Nuestro mayor problema radica probablemente en la falta de cohesión de la que hacemos gala como colectivo, prueba evidente de la cual son nuestras irrisorias huelgas de todo a 100 (ahora de todo a 1 euro). Concretamente en la última, con su correspondiente manifestación, se hicieron eco únicamente los del telediario que emite La2 bien entrada la madrugada. Con la coña de que tenemos educación y además se supone que la impartimos nos toman por el pito del sereno y no suscitamos respeto alguno. De miedo mejor ni hablamos. Y con esto no quiero defender que tengamos que iniciarnos en la quema de papeleras y libros de texto para hacernos notar; pero lo cierto es que con 4 silbatos, 3 pancartas y 1 carraca parecemos más bien un grupo folclórico que de reivindicadores.
Por otra parte, nos hemos acostumbrado últimamente a lanzar coartadas generalistas estereotipadas que justifiquen nuestras frustraciones: la Administración es una Hija de la Gran Puta, la Sociedad está corrompida, los Alumnos no tienen ni interés ni respeto por nada, sus Padres no nos respaldan y bla, bla, bla, bla… Las excusas son como los culos: todo el mundo tiene una; pero hasta los negritos del Paraguay saben que un altísimo porcentaje de nuestra práctica docente diaria mejoraría si nos atáramos los machos y empezásemos la revolución desde dentro, aplicándonos la máxima que popularizara JFK: “Deja de preguntarte qué puede hacer el Estado por ti y empieza a cuestionarte qué puedes hacer tú por el Estado”. Lo que pasa que eso cuesta trabajo.
Sobre mi doble condición de docente y jefe de estudios en el presente año académico he de calificarla como de experiencia positiva, aunque me sigue rechinando especialmente el ejercer a un mismo tiempo de cargo directivo y compañero, circunstancia que se me antoja tan difícil e incompatible como aunar los cargos de presidente de la patronal y sindicalista. A este respecto una buena amiga suele defender que lejos de un director o un jefe de estudios lo que se requiere al frente de un instituto es un capataz.
*LOS ALUMNOS: Nos guste o no son los que justifican nuestro trabajo con su correspondiente salario a final de mes y este aspecto no debe ser obviado por cuantos nos dedicamos a esto. Otra cosa es tragar con todo para conservar el puesto y espetar el manido al tiempo que suicida “entra en el sueldo”; sin embargo, es incuestionable que a veces nos olvidamos de la vocación de servicio consustancial a nuestra profesión de educadores y nos quejamos más que los abuelos con reuma. Tal vez deberíamos empezar a venir llorados de casa, porque tenemos lo que tenemos y seguramente no sea mucho peor que lo que hubo. Tanto es así que el siempre recalcitrante “cualquier tiempo pasado fue mejor” se rebate tirando de hemeroteca y comprobando que precisamente en cualquier tiempo nos hemos quejado del caótico estado de nuestro sistema educativo. ¿O acaso esos que tanto lamentan la situación actual prefieren volver, por ejemplo, a los tiempos en los que se pasaba “más hambre que un maestro escuela”? ¿Que a veces te cabreas y llegas incluso a segregar bilis por el ser y estar de determinados alumnos? Hasta ahí correcto, pues todo el mundo es libre de frustrarse un día y hasta dos, clamar al cielo y soltar cuatro exabruptos; pero ¿qué hacemos con los chavales más disruptivos y/o pasotas? ¿Los utilizamos para experimentos científicos? ¿Fabricación de jabón tal vez? Pues va a ser que no. Toca emplearse de diferente modo y asumir que probablemente no todo consista en que sepan que un adjetivo es la palabra que acompaña al sustantivo para determinarlo o calificarlo, o que la fotosíntesis es el proceso metabólico específico de ciertas células de los organismos autótrofos, por el que se sintetizan sustancias orgánicas a partir de otras inorgánicas, utilizando la energía luminosa. A pesar de que lo indique el currículo de Lengua y de Biología que han redactado los mismos legisladores de los que les hablaba anteriormente.
Por otra parte, considero que entre todos hemos idiotizado a nuestros pupilos a base de prohibiciones que no les dejan crecer, derechos que no saben asumir, concesiones que no se han ganado, regalos que no han merecido y leyes de escolarización obligatoria que a muchos encadenan demasiado tiempo a una galera en la que no les apetece remar.
En definitiva, con tanto por hacer solo me queda volver a mentar a la amiga de la que les hablaba líneas arriba, quien en estas ocasiones tan cargaditas de cuestiones por resolver suele soltar un contundente al tiempo que esperanzador: “¡A la tarea!” Pues eso.
En boca de no pocos argentinos he oído que el fútbol ha contribuido decisivamente en su país a superar las sucesivas crisis y trances varios en los que esta nación se ha visto inmersa en los últimos años: Malvinas, Dictaduras Militares, Corralito… Concretamente un delicioso matrimonio con el que me topé en un inolvidable viaje a Grecia (Sara y Pocho) me explicaba cómo con las excelencias de sus clubes y sobre todo de la Selección, a gran parte de los argentinos se les olvidaba eso de cagarse de hambre; pero a muy pocos les he escuchado maldecir al jueguecito de las pelotas y argumentar que precisamente a lo que pueda haber ayudado haya sido a enmascarar las cosas verdaderamente importantes que tocaba resolver: alimentarse, trabajar, acceder a un techo en el que cobijarse y acumular unos ahorrillos que dilapidar a gusto del consumidor.
La Selección Española acaba de ganar la Eurocopa y la situación me pinta similar a la de nuestros queridos hermanos de ultramar. Lo que pasa es por estos lares somos algo más soberbios todavía y ni se nos pasa por la cabeza que nos pueda ocurrir lo mismo a nosotros los civilizados gallegos: “¡Ellos están a años luz de España, casi en el umbral del subdesarrollo, pues no dejan de ser pobres sudacas orgullosos de poco más que de Maradona, Evita y un Borges al que no han leído ni cuatro!” He alcanzado a deducir del discurso de los muchos a los que les he sacado el tema. Sin embargo, al que suscribe la situación no le parece tan dispar, incluso en multitud de apartados se me antoja hasta idéntica. Y no quiero ser agorero y pronosticar el desencadenamiento del Nuevo Apocalipsis (para eso ya está Don Federico), pero lo que sí está claro es que el Deporte Rey cada vez está más peligrosamente enraizado en esta piel de toro llamada España sirviendo al Régimen de turno para disfrazar lo que nos duele de veras. Nada extraordinario por otra parte, pues cualquier tiempo ha tenido su entretenimiento opiáceo particular para solazar a las masas y alejarlas de los verdaderos problemas que les aquejan. Las culturas precolombinas tuvieron el juego de pelota, los romanos el circo y la España anterior al siglo XX la tauromaquia, por poner algunos ejemplos. Actualmente lo que se lleva a nivel mundial es el balompié, salvo en el díscolo Estados Unidos, y concretamente en España nuestra idolatría por lo que se supone un mero deporte ha derivado en una adicción que nos enturbia la mente a la hora de enfrentarnos a la cruda realidad. Y ojo que no me pronuncio ahora en estos términos aprovechando arribistamente la crisis que nos aqueja, sino que esta reflexión viene de muy atrás. Concretamente del año 1995, cuando los clubes de fútbol Sevilla y Celta de Vigo fueron descendidos a segunda división B por cuestiones de carácter tributario-administrativo. Entonces esas dos ciudades literalmente tomaron las calles para manifestar su férrea oposición a tan salvaje atropello y la Liga de Fútbol Profesional se la tuvo que envainar y concluyó admitiendo una liga de 22 equipos. ¡Café para todos!, como en la Transición. No recuerdo haber visto tantos miles de personas juntas en concentraciones para demandar un trabajo justo con un paro del 20 % en los ´80 o una vivienda digna con el Euribor camino del 6 % en la actualidad. Jamás. De hecho solo recuerdo una masa similar en las manifestaciones celebradas tras alguno de los tristes atentados de ETA. Y aunque desde 1995 ya ha llovido, sigo viendo las mismas masivas concentraciones siempre al hilo de eventos futbolísticos casi exclusivamente. Ligas, Champions, Intercontinentales, Copas del Rey… y ahora la Eurocopa, que nos viene a huevo en estos momentos de marcada desaceleración (siento haber empleado anteriormente la palabra prohibida: crisis). Incluso ahora resulta que los españoles somos más listos, más guapos, resolutivos y triunfadores por haber demostrado en 540 minutos -6 putos partidos- que 11 paisanos nuestros son más duchos en el arte del balón que 11 de Rusia por dos veces, 11 de Grecia, 11 de Suecia, 11 de Italia y 11 de Alemania. ¡Acabáramos!
¿Pero qué hacemos entonces? ¿Ciscarnos en el jurgol en cuestión y negarnos a los alimentos? Pues va a ser que no. Se me ocurre que por qué no empezamos a utilizarlo para otros fines en lugar de combatirlo. Propongo solemnemente, verbigracia, que los futbolistas salgan al terreno de juego ataviados con camisetas en cuya pechera recen lemas como: ¡Euribor al 2 % ya! o ¡Por el litro de gasoil a 90 céntimos! ¡Qué tiempos aquellos! ¿Se acuerdan? También podríamos usarlos para la defensa de valores cuasi olvidados como la sinceridad, ocurriéndoseme en este terreno que cada vez que finjan un penalti pidan perdón por los altavoces del campo y recomienden a la chavalería que no incurran en su mismo error.
¿Les cuento un secreto para terminar? Pues que lo que les pueda haber parecido una feroz y despiadada crítica contra el Deporte Rey proviene de un confeso y entregado amante del mismo como jugador y como espectador. ¡Toma Geroma pastillas de goma!
No es precisamente este que les habla propenso a enarbolar bandera alguna ni a entonar himnos de esos con los que a algunos se les eriza el pelo y se embriagan de patriotismo. De hecho, siempre he pensado que podría vivir en cualquier sitio. Pone a este respecto Aristarain en boca de Federico Luppi en “Martín Hache” que la patria son tus amigos. Y a veces ni siquiera eso, pues en no pocas ocasiones te vales contigo mismo y tus circunstancias tirando del manido más vale solo que mal acompañado. No obstante, el caso es que con cierta frecuencia presta eso de sentirse parte de algo y como las naciones se me suelen quedar grandes y la Selección no acostumbra a pasar de cuartos (salvo este año), prefiero buscar ese sentimiento de pertenencia en grupos reducidos, como reza la publicidad de las academias con cierta enjundia. En este caso les confieso que me siento parte de “Delirios”, compañía artística en la que me enrolé allá por la canícula de 2007 con el pretexto de vender al mundo las efemérides del 1808. Así, poco antes de que se asentara el sopor propio de la estación, nos reunimos un pianista, un guitarrista, una soprano, un fraternal informático y el que suscribe empuñando pluma y largando texto. De dicha confraternización emerge un espectáculo en el que, por espacio de una cincuentena de minutos, se dan cita el buen hacer de Carlos al teclado, la firmeza de César acariciando las seis cuerdas de su instrumento, la férrea suavidad de Magda entonando canciones legendarias, la entera sencillez de Roberto lanzando puntual la imagen que corresponda y las trovadorescas pretensiones de un servidor. Lo hacemos prácticamente por amor al arte, ese arte tan inútil como necesario y vital al mismo tiempo, dando lo mejor que llevamos dentro y siempre pendientes de corresponder al respetable por honrarnos con su presencia. Incluso a pesar de que en ocasiones te sobrevenga a la cabeza eso de que no está hecha la miel para la boca del asno, el público es quien justifica tu ser y estar al otro lado de las butacas.
Personalmente no encuentro nada más estimulante que la solidaridad que hace acto de presencia en cualquier composición artística grupal, pues todos y cada uno de los componentes de “Delirios” ponemos nuestros cinco sentidos, seis si los tuviéramos, en entrar en el momento justo, en lucir en lo individual para hacer lucir el conjunto y en regalar hasta la última brizna del arte y del duende que llevamos dentro. Siempre atentos, concentrados, embebidos en el acto que estamos ofreciendo a los pocos o muchos que nos contemplen –basta con que uno solo lo haga–, componiendo en definitiva algo parecido a una humilde sinfonía con la que no hacemos sino gritar hacia fuera lo que nos conmueve por dentro.
¿Qué todavía no han visto nuestro espectáculo? Allá ustedes si pueden vivir con esa pesada losa sobre su alma; mas les advierto que están a tiempo todavía de enmendar su condenación eterna. ¿Qué no saben dónde ni cuándo será la próxima representación? No se me aflijan, pues no hay como la World Wide Web para resolver este tipo de cuestiones existenciales. Concretamente les remitimos a www.entornoal1808.es para que determinen la cita que mejor se ajuste a sus ya de por sí harto saturadas agendas. ¿A qué esperan?